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Los cristianos son parte de la sociedad, y para verdaderamente amar al prójimo, deben hablar acerca de los temas importantes, pero hacerlo de una  manera que se entienda. Y como hemos venido viendo, debemos hablar sobre bioética, la disciplina de reflexión moral sobre lo que debemos hacer en áreas de salud. Al final de todo, la gente secular puede estar en desacuerdo con los cristianos, pero ese desacuerdo debe estar basado en entender lo que el cristiano está diciendo, y entonces rechazarlo.

Sin duda alguna, los cristianos están llamados a actuar como cristianos. Y en la palestra pública, la manera de hacerlo puede ser el trabajar duro para usar lenguaje y argumentos que, basados en la Escritura (aun sin citarla), apelen a cosas que todos conocen por la revelación natural y por el mundo que nos rodea. En este sentido, los cristianos son llamados a hacer su trabajo en la bioética, y en cualquier otra disciplina, con una esperanza refrenada:

Esperanza: la humanidad está debajo del gobierno y reino de Dios, y —aunque imperfecto— tiene un sentido del bien y el mal al cual se puede apelar.

Refrenada: los cristianos nunca traerán el reino de Dios por actuar bien en la sociedad.

La pregunta que quiero responder en este artículo es esta: ¿qué diferencia hace ser cristiano? ¿Qué cosas creen los cristianos que tienen un significado especial en los problemas difíciles de la bioética?

“Los dilemas bioéticos, tanto pequeños como grandes, pueden ser resueltos solamente en el contexto del llamado continuo [del cristiano] a conocer a Dios, confiar en Cristo, y caminar de acuerdo a su Santo Espíritu”. — David VanDrunen¹

Para pensar correctamente sobre la bioética como cristiano, debes conocer al Dios que adoras. La mayoría de las decisiones y los argumentos malos que hacen los cristianos vienen como resultado de no poner a Dios en la ecuación… o de no saber mucho de Él.

Si bien es cierto que todo lo que los cristianos creen acerca de Dios influencia el tipo de decisiones que hacen, me enfocaré en cuatro grandes cosas y cómo moldean la manera en que los cristianos ven la bioética:

  • La soberanía de Dios
  • La naturaleza humana
  • La naturaleza de la muerte
  • La realidad del sufrimiento

En esta ocasión me enfocaré en los primeros dos aspectos, y explicaré los otros dos en próximos artículos.

La mayoría de las decisiones y los argumentos malos que hacen los cristianos vienen como resultado de no poner a Dios en la ecuación… o de no saber mucho de Él.

La soberanía de Dios

Cuando las dificultades nos golpean, los cristianos nos hacemos algunas preguntas importantes acerca del Dios a quien adoramos. Cosas que pensábamos que no tenían importancia… o que eran importantes para los pastores y teólogos, o para cuando nos encontraran un tumor cerebral.

Estas preguntas se resumen así: ¿Le importa a Dios? Si Él es tan grande, ¿por qué estoy en esta situación? La doctrina de la soberanía de Dios, aunque inmensa y a veces intimidante (y en ocasiones usada de manera terrible), es una esperanza real en tiempos de dificultad. La doctrina se puede resumir así:

  1. Dios controla todo (Sal. 24:1-2).
  2. No hay Dios como Él (Is. 46:9-10).
  3. Nada está fuera de su control (Ef. 1:11-12, Mt. 10:29-30).

¿Cómo funciona la soberanía? A través de la providencia: el poder De Jesús de mantener todas las cosas bajo control, y reinar sobre todo (Col. 1:15-17).

Un Dios con este tipo de poder rápidamente crea en nosotros preguntas sobre la responsabilidad humana. ¿Somos responsables por todo lo que hacemos? De ser así, ¿qué tan responsables somos? Estas preguntas surgen todo el tiempo en la bioética. Por ejemplo: Si me da cáncer, ¿lo permitió Dios? Si es así, ¿debería buscar tratamiento? ¿O más bien dejar que el cáncer continúe y me quite la vida? ¿Es la quimioterapia una rebelión contra Dios?

La Biblia no nos da respuestas fáciles, pero tampoco nos deja totalmente a oscuras. La soberanía de Dios se proclama con fuerza en las Escrituras, pero también la responsabilidad humana. Aprendemos en la Biblia que el mal no viene de Dios (Stg. 1:13-18). Aprendemos que todos los humanos son responsables por sus acciones (Ro. 1:18-23). Alguien podría preguntar: “Si Dios es soberano, ¿somos responsables? Si somos responsables, ¿está Dios verdaderamente en control?”. A estas buenas preguntas el apóstol Pablo probablemente respondería con Romanos 9:18-21.

Al final, los humanos pueden intentar explicar y racionalizar la soberanía de Dios y la responsabilidad humana. Los humanos son muy buenos para eso, pero el hecho no cambia: Dios es soberano y nosotros responsables. Esto sonará como un misterio… y lo es. Yo no estoy por reconciliar ambas verdades. ¿Por qué? Porque a la Biblia no parece preocuparle eso, y a mí tampoco.

C. S. Lewis luchó mucho con Dios cuando murió su esposa. Sus reflexiones quedaron escritas en este pequeño y maravilloso libro, Una pena en observación. Al final de su batalla (infructuosa) de entender a Dios, escribió: “Y ahora que lo pienso, no hay un problema práctico delante de mí, para nada. Conozco los dos grandes mandamientos, y mejor me pongo a hacerlos”.²

No podemos saber las cosas que Dios no nos ha revelado, y mejor es dejarlo así. Lo que debemos recordar es que las acciones de Dios en este mundo son a favor de su pueblo. La soberanía por sí misma puede turbarnos. Si Dios es increíblemente cruel o injusto, y es todopoderoso, deberíamos constantemente (y con buena razón) estar aterrorizados de Él. Por fortuna, la palabra de Dios es clara con respecto a cómo funciona la soberanía.

“Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito”, Romanos 8:28.

“Sea el carácter de ustedes sin avaricia, contentos con lo que tienen, porque El mismo ha dicho: ‘NUNCA TE DEJARE NI TE DESAMPARARE’, de manera que decimos confiadamente: ‘EL SEÑOR ES EL QUE ME AYUDA; NO TEMERE. ¿QUE PODRA HACERME EL HOMBRE?’”, Hebreos 13:5-6.

También es importante saber que, siendo todopoderoso, Dios nunca nos dará más de lo que podamos soportar en Él. Hay cosas que amenazan con consumirnos, y parecen ser demasiado grandes, pero no es así. Cuando nos enfermamos, lo primero que necesitamos es saber que Dios está en control y sabe lo que hace. ¡Eso no quiere decir que nosotros siempre sabremos qué es lo que está haciendo! Cuando muere un niño, no podemos entenderlo, y no hay manera de hacerlo.

La vida cristiana no se vive con base en argumentos sólidos, sino en base a la fiel adoración de un Dios que dices saber lo que hace, ¡y nos ha traído hasta el lugar en donde estamos!³

Si me da cáncer, ¿lo permitió Dios? Si es así, ¿debería buscar tratamiento? ¿O más bien dejar que el cáncer continúe y me quite la vida? ¿Es la quimioterapia una rebelión contra Dios?

La naturaleza humana

Muchas preguntas de la bioética giran alrededor de lo que significa ser humano. Pensarás que es algo fácil de definir, sin embargo, hasta las mentes más brillantes batallan con eso.

Estos son algunos ejemplos de las preguntas con las que nos encontramos en el tema de la bioética, las cuales nos dejan perplejos: Los embriones, ¿son verdaderamente humanos? Las personas que tienen demencia total, ¿continúan siendo el mismo ser humano que eran, aunque ya no tienen conocimiento de quién eran, y ahora de hecho actúan diferente? Las personas con enfermedad crónica, quienes sufren constantemente y no pueden funcionar bien, aunque están verdaderamente vivas, ¿pero son verdaderamente humanas cuando toda habilidad de funcionar se esfuma? Estas y muchas, muchas otras preguntas giran alrededor de nuestras ideas de lo que significa ser humano.

Por fortuna, lo que nos guía no es solamente la razón o definiciones arbitrarias. La Biblia, de hecho, dice mucho sobre lo que significa ser humano. El lugar más importante para comenzar es Génesis 1:26-27, donde se nos dice que los todos los humanos han sido creados a imagen de Dios.

Es importante ver que los humanos fueron primordialmente destinados para vida, y para un tipo específico de vida. Hay muchas cosas que están “vivas”, la pregunta es, ¿qué hace de la vida humana diferente? Al menos dos cosas:

  1. Somos criaturas moralmente responsables (Ef. 4:24).
  2. Somos racionales e inteligentes (Co. 3:10).

En estos aspectos de la humanidad hay gran privilegio y responsabilidad. No solamente tenemos esta habilidad, sino que además se nos da la responsabilidad de usar estos aspectos de manera correcta en el mundo, cosa que vemos en el lenguaje de “dominio” en Génesis 1. Este privilegio y responsabilidad no es dado a ninguna otra criatura.

Además, así como Dios nos da un patrón de creatividad al actuar con dominio apropiado en el mundo, también somos llamados a descansar, así como Dios lo hizo en el día séptimo.

Hebreos 4:1-11 nos dice que debíamos haber entrado en ese descanso, pero no lo hicimos; pero ahora podemos en Jesús. A ese descanso deseamos entrar, pero no podemos en esta vida por el pecado. Nuestra esperanza está en Jesucristo, quien gana la victoria por nosotros, sacrificándose perfectamente y resucitando a gloria eterna, abriéndonos el camino para que entremos a ese descanso el cual Dios creó para nosotros.

Y todo esto, ¿qué tiene que ver con la bioética? Pues bien, mucho se habla hoy entre cristianos sobre ser “provida”. Estoy de acuerdo en que los cristianos debemos apoyar la protección de la vida, todo tipo de vida (incluyendo aquellos con alguna discapacidad o los ancianos, que son grupos que suelen ser ignorados por los cristianos), pero no debemos limitarnos. Los humanos no fueron creados para la vida aquí y ahora, sino para la vida que viene. Eso cambia la manera en que vemos cosas como los embriones y aquellos con enfermedades crónicas. La vida aquí no es todo lo que importa.

Cuando vemos la posición exaltada que tenemos en la naturaleza, debemos cambiar la manera en que vemos a otros, con cualquier capacidad que tengan, y quien quiera que sean. Son humanos, creados a imagen de Dios, creados “un poco inferior a los ángeles” (He. 2:7). La dignidad que Dios nos da debe ser proporcional a la manera en que tratamos a otros.

Otro aspecto de ser creados a imagen de Dios que afecta la bioética es el hecho de que somos criaturas sociales. Hasta los académicos seculares han notado algo que tomamos por sentado: que los humanos parecen tener una necesidad de estar alrededor de otros humanos, y crear relaciones válidas y profundas. Pocos tenemos la capacidad de vivir vidas solitarias, y muchas personas se deprimen no porque tengan muchos amigos, sino porque tienen muy pocos. Las decisiones que tomamos en diferentes ámbitos, particularmente en la bioética, afectan a las personas a nuestro alrededor, y esto no se puede evitar. Esto sucede de maneras concretas y otras no tanto.

Concretas: Por ejemplo, tener más hijos o decidir no tenerlos moldeará radicalmente tu estructura familiar y la manera en que interactúas con otras personas.

No tan concretas: Por ejemplo, tomar la decisión de rehusar un tratamiento acortará tu vida, de manera que quizá mueras más rápido (algo concreto), pero también dará testimonio a una realidad más grande, a la esperanza del evangelio (no tan concreto).

Cuando vemos la posición exaltada que tenemos en la naturaleza, debemos cambiar la manera en que vemos a otros, con cualquier capacidad que tengan, y quien quiera que sean.

También, en lo que respecta a la naturaleza social de los humanos, es interesante que tanto el hombre como la mujer fueron creados a la imagen de Dios (Gn. 1:27). Juntos hacen que exista la humanidad. Lo que muchas veces damos por sentado es algo muy importante: Dios quiso que existieran muchos humanos con muchas diferencias. Nota lo que los humanos deben hacer en Génesis 1:28. Se necesitan hombres y mujeres para multiplicarse, y muchos de ellos para tener dominio y someter la tierra. La imagen de Dios en los humanos se muestra en la variedad en la humanidad, y no solamente en ciertos tipos de personas o en ciertas características.

Los aspectos sociales de nuestra existencia significan que tenemos ciertas obligaciones hacia otras personas. Por diseño no se nos permite ser egoístas (cosa que no es virtud para nadie), y por esto le decimos a los niños de cuatro años que compartan, y al mismo tiempo damos razones para no hacerlo nosotros. Esta realidad, como veremos, tiene importantes ramificaciones en las decisiones de la bioética.

Otro punto importante es que los humanos poseemos cuerpos y almas. De nuevo, esto parece ser algo muy sencillo, pero es un aspecto muy importante de nuestra humanidad. Tendemos a ver nuestro cuerpo como algo muy secundario en nuestra existencia, pero no lo es. Lo que le sucede a nuestro cuerpo físico puede afectar para mal a nuestras almas con más rapidez que cualquier otra cosa.

Tendemos a ver nuestro cuerpo como algo muy secundario en nuestra existencia, pero no lo es. Lo que le sucede a nuestro cuerpo físico puede afectar para mal a nuestras almas con más rapidez que cualquier otra cosa.

Los cristianos siempre han tenido una relación sensible con sus cuerpos, a veces viéndolo como una mera realidad (en el mejor de los casos), y otras veces como una molestia terrible y hasta pecaminosa. Hoy, muchas personas batallan con pensar demasiado de sus cuerpos al dejar que la manera en que se ven y mueven los influencie de maneras desafortunadas. Puesto que este es el caso, es importante hablar de la relación entre cuerpo y alma.

El hecho de que efectivamente tenemos almas es un dato obvio que vemos en las páginas de la Escritura. Por ejemplo, los escritores del Nuevo Testamento usan la palabra griega que se refiere a la parte inmaterial de nuestro ser. También, en el tiempo entre nuestra muerte y resurrección, es el espíritu de la persona que está presente con el Señor (Ap. 6:9-11). Si claramente tenemos almas, es todavía más claro que tenemos cuerpos; pero, ¿importan?

Aunque algunos cristianos han pensado que los cuerpos no importan, la encarnación de Dios en Jesucristo nos apunta a la importancia en nuestros cuerpos. Jesús no solamente vivió en un cuerpo, sino que también murió en uno, y resucitó en uno. Si Jesucristo tiene un cuerpo por siempre, entonces no debemos dudar de su importancia. Nosotros no estamos esperando “liberarnos” de nuestros cuerpos, sino esperamos ser “vestidos” con nuevos cuerpos.

Aunque algunos cristianos han pensado que los cuerpos no importan, la encarnación de Dios en Jesucristo nos apunta a la importancia en nuestros cuerpos.

La importancia de nuestra alma y cuerpo tiene grandes implicaciones en la bioética. Por un lado, nuestro sufrimiento y dolor es realmente nuestro, así que importa, y librarnos de dicho dolor es algo bueno. No podemos hacer menos el sufrimiento en el cuerpo de las personas con base en nuestra convicción de que su alma continúa cuando mueren. Por el otro lado, es un gran consuelo a las personas con las que sufrimos en este cuerpo que esto no es todo lo que hay. Tener este balance es importante cuando nos encontramos con situaciones que nos afectan en nuestras vidas.


[1] David VanDrunen, Bioethics and the Christian Life: A Guide to Making Difficult Decisions (Wheaton: Crossway, 2009), 39.
[2] Clive Staples Lewis, A Grief Observed (San Francisco: Harper, 1994), 87.
[3] Sobre las respuestas a la pregunta del cáncer y la quimioterapia, le recomendamos este escrito del pastor John Piper: “No desperdicies tu cáncer”.
Imagen: Lightstock.
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