La bioética y la virtud del amor

La bioética y la virtud del amor

Vivimos en un mundo enamorado del amor, aunque pocos tengan una buena definición de lo que es.

Navegar en este mundo caído no es sencillo, y la Biblia no nos da respuestas para cada pregunta que tenemos. Piensa en cuántas veces Jesús respondió una pregunta de manera directa y sencilla. Casi nunca. ¿Qué hace? Depende. A veces responde con otra pregunta, a veces parece que ignora la pregunta, a veces da una parábola… y casi siempre sus respuestas demandan pensamiento, meditación, y sabiduría.

Entonces, ¿cómo podemos aprender a vivir con fidelidad a Dios en un mundo tan complicado? Una manera es enfocarnos en las virtudes, los rasgos de carácter que nos orientan a actuar de buena manera.

En el artículo pasado estudiamos la virtud de fe y cómo nos ayuda a tomar decisiones difíciles en el área de bioética. En este artículo vamos a estudiar la virtud de amor. La tarea es complicada porque vivimos en un mundo enamorado del amor, aunque pocos tengan una buena definición de lo que es. Esto es comprensible porque no es tan fácil definir amor. Piensa por un momento, ¿qué es el amor? Casi todos seres humanos lo han experimentado (o por lo menos están convencidos de que lo han experimentado), pero pocos saben cómo definirlo. Dejame intentarlo.

Vivimos en un mundo enamorado del amor, aunque pocos tengan una buena definición de lo que es.

El amor es acción

El amor es acción. Quiero ser claro: no estoy diciendo que amor produce acción (en realidad la fe produce acción), sino que las acciones en sí son amor. ¿De dónde viene esta convicción? De la Biblia misma. Hay varios pasajes que podríamos estudiar, pero quiero enfocarme en dos:

“Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley? Y El [Jesús] le dijo: Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amaras a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”, Mateo 22:36-40.

De acuerdo a Jesús, el amor no es simplemente un sentimiento o hacer lo que queremos hacer con mucho fervor. El amor tiene dos direcciones: hacia Dios y hacia mi prójimo. Ambas son importantes.

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios así nos amó, también nosotros debemos amarnos unos a otros”, 1 Juan 4:10-11.

El libro de 1 Juan está enfocado en el amor hacia Dios y el prójimo. Como Juan explica en este pasaje, nuestras acciones son promulgadas por el amor de Dios. Funciona como una cascada de amor. ¿Y cómo se demuestra el amor de Dios a nosotros? No por medio de sentimientos ni sencillamente declarando su amor, sino entregando su Hijo Jesús para salvarnos de nuestros pecados y dejarnos un ejemplo de cómo debemos amar a Dios y al prójimo.

Entonces, el amor es la acción de entregarme a mí mismo a beneficio de otro. La virtud de amor, normada por Jesús, me anima y exhorta a vivir por otros. Este llamamiento es sumamente alto y difícil. Sería una locura si Jesús no hubiera resucitado de entre los muertos, garantizando un futuro glorioso para los que creen en Él (1 Corintios 15).

Cristiano, ¿tiene sentido tu vida sin la muerte y resurrección de Jesús? Creo que lamentablemente muchas veces tenemos que contestar, “sí”. ¿Qué significa vivir una vida conforme al evangelio de Jesús? Hay varias respuestas, pero claramente una de ellas es amar a Dios y a mi prójimo como he sido amado. Quizá ahora podemos empezar a entender cómo es que las virtudes funcionan en conjunto. Será imposible actuar en amor si no tenemos fe.

La fe y el amor del incrédulo

Pero ahora parece que tenemos una problema. Los incrédulos también tienen un amor legítimo, que muchas veces inspira a los cristianos y a los demás a amar mejor. ¿De dónde viene este amor? ¡También procede de la fe! La pregunta es, ¿en qué tiene fe el incrédulo? Por supuesto, no podemos saberlo exactamente, porque cada persona es diferente y tiene creencias distintas. Cada persona tiene la convicción de que hay cosas correctas e incorrectas, buenas y malas.

¿Por qué? Romanos 2:14-15 nos dice, “Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos”. Cada ser humano tiene estos “instintos”. No están perfectamente definidos (por eso hay personas que difieren en sus listas del bien y el mal), pero nadie puede escapar de la realidad de que hay una verdad en el universo.

Los cristianos debemos dar gracias a Dios por estos instintos ineludibles en todos seres humanos, porque nos proveen de un mundo mucho menos terrible del que pudiera ser. Claro, estos instintos no producen un mundo perfecto, lleno de felicidad, paz, y amor (porque solo Cristo proveerá algo así), pero hay susurros de estas cosas en nuestro mundo. Por eso los incrédulos pueden ser una inspiración al mundo en cuanto a su amor por los demás.

Tenemos esperanza

Entonces, ¿cuál es (o, mejor dicho, debiera ser) la diferencia entre el amor del incrédulo y del cristiano? La fuente de su amor (su fe) y la esperanza de su amor. Déjame explicarlo con más detalle.

Imagina a un incrédulo que tiene una hija con cáncer en los riñones. Los doctores descubren que la sangre del papá y la niña coinciden, y por eso él puede donarle un riñón a su hija. La donación sale bien y la hija mejora rápidamente. Sin embargo, poco tiempo después, el papá cae enfermo por complicaciones del trasplante y muere. En su funeral hay muchos que hablan del sacrificio de este padre amoroso. Dicen que él nunca tuvo fe en Dios ni en la vida venidera, ni pudo explicar por qué había donado su riñón, pero que estaba alegre de que su hija iba a poder seguir viviendo. Hasta los cristianos hablan del testimonio de un amor verdadero expresado por el papá.

Ahora imagina a un cristiano que tiene una hija con cáncer en los riñones. Los doctores descubren que la sangre del papá y la niña coinciden, y por eso él puede donarle un riñón a su hija. La donación sale bien y la hija mejora rápidamente. Sin embargo, poco tiempo después, el papá cae enfermo por complicaciones del trasplante y muere. En su funeral hay muchos que hablan del sacrificio de este padre amoroso. Hablan de la fe de este hombre en Dios bueno que había entregado a su propio hijo por sus pecados. Cuando preguntaban al papá, “¿Por qué donaste tu riñón a tu hija?”, él había respondido, “Si Dios entregó a su propio hijo para mi beneficio, ¿quién soy yo para no entregar mi vida por mi hija?”. Los que daban testimonio hablaron de la esperanza que el padre tuvo en una tierra nueva y cielo nuevo, que calmó el dolor y sufrimiento que estaba experimentando en el momento. Hasta los incrédulos hablan del testimonio de un amor verdadero expresado por el papá.

Observa bien. En ambos casos las acciones y los resultados fueron iguales. La diferencia está en el contenido de la fe y la esperanza de los padres. Hay mucha tristeza en ambos casos, pero mucha más en el caso del incrédulo. Sí, salvó la vida de su hija, pero ¿qué hay de su propia alma? Este hombre murió sin fe y sin esperanza.

El amor cristiano nos impulsa a vivir de manera increíblemente insensata para los que están fuera de la comunidad de fe. Nuestras vidas deben estar marcadas por un amor que es incomprensible para los que no creen en Dios. Nuestra meta no es amar más que los incrédulos, sino perseguir una devoción centrada en Cristo en nuestras relaciones con todos. Esto es absurdo si Cristo no es quien dijo que es. Este tipo de amor requiere mucho de nosotros. No amamos solamente a nuestras familias o miembros de nuestra iglesia, sino a todos nuestros vecinos.

El amor cristiano nos impulsa a vivir de manera increíblemente insensata para los que están fuera de la comunidad de fe.

Fallamos continuamente en hacer esto, y por eso la vida cristiana es una marcada profundamente por el arrepentimiento. Cuando no amamos al prójimo como a nosotros mismos, negamos el evangelio. Cuando amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, confirmamos el evangelio. Entregar nuestro ser por los demás no es fácil y nunca lo será, pero nuestro Rey lo hizo y si somos sus súbditos no tenemos otra opción.

El amor y la bioética

¿Que significa “amar al prójimo” en el contexto de bioética? Es imposible hacer una lista. La única manera en que podemos contestar esta pregunta es vivir bajo la cruz, en el poder del Espíritu Santo, y en una comunidad de fe donde estemos dispuestos a preguntarnos el uno al otro: ¿qué significa “amar al prójimo”, aquí y ahora?

Aunque no tengo una respuesta específica, sí tengo una respuesta general: Amar al prójimo requiere que no vivimos simplemente para nosotros mismos. Esta es una tentación gigante. Nuestra cultura nos invita continuamente a vivir así. Los enfermos y necesitados requieren mucho de nosotros: tiempo, dinero, presencia, etc. Es fácil demostrar algo que parece amor pero que no nos cuesta mucho… pero eso no es amor. El amor es costoso. ¿La prueba? La cruz de Jesús.

Como las demás virtudes, el tiempo para practicar amor no es en el momento de crisis. Las emergencias en nuestras vidas demuestran nuestro progreso en la búsqueda de las virtudes. Si no hemos practicado un amor cristiano costoso en tiempos relativamente fáciles, será sumamente difícil no abortar al niño discapacitado, sentarnos con nuestro vecino en hospital cuando tiene un derrame, o bañar tu abuelo senil que piensa que estás loco por ser cristiano.

Debemos perseguir la virtud de amor hoy. ¡Que Dios nos ayude!


Imagen: Lightstock
Compartir
CARGAR MÁS
Cargando