Los Óscar, Latinoamérica, y un mundo a la deriva

En una reciente entrevista le preguntaron al ahora ganador de dos premios Óscar, Guillermo del Toro, cómo podía escribir historias que examinaban el lado oscuro de la humanidad siendo él una persona alegre. Su respuesta se hizo viral:

“Soy mexicano”.

Esta respuesta es fascinante, ya que refleja lo que algunos pensadores han dicho antes: que el mexicano se burla de lo que teme, en este caso, la oscuridad y la muerte.

Por eso una película como Coco (ganadora a dos premios Óscar) puede celebrar la muerte y al mismo tiempo ser una película llena de colores y risa. De cierta manera, la cultura latinoamericana es así. Para olvidarnos de la realidad de nuestra corta y dolorosa existencia, la reemplazamos con colores, risa, y bebidas.

Este domingo se celebró la nonagésima edición de los Premios Óscar, en donde se apreciaron las turbias aguas morales por las que Hollywood intenta navegar. Como cristiano, encontré fascinante y perturbador lo que presencié.

Para olvidarnos de la realidad de nuestra corta y dolorosa existencia, la reemplazamos con colores, risa, y bebidas.

Confusión moral

Por un lado, la ceremonia tenía un tema dividido en tres: la igualdad entre sexos, el combate al acoso sexual, y la importancia de la diversidad cultural. Como cristianos estamos parcialmente de acuerdo con estos tres temas.

Si hablamos de igualdad de sexo, el cristianismo afirma que tanto el hombre como la mujer han sido creados a imagen de Dios (Gn. 1:27), y por ende tienen la misma dignidad. El evangelio rompe las barreras sexuales, y en Cristo hombres y mujeres tenemos acceso directo al Padre (Gal. 3:28). Sin embargo, a diferencia de Hollywood, creemos que Dios ha hecho al hombre y a la mujer de manera especial para llevar a cabo roles específicos. Confundir, mezclar, o intentar borrar los géneros solo trae terribles consecuencias, consecuencias que a penas comenzamos a ver.

Además, el cristianismo está decididamente en contra del acoso sexual, haciendo del matrimonio un pacto santo, así que el sexo es especial dentro de ese pacto matrimonial. Desde el escándalo de Harvey Weinstein, Hollywood intenta corregir lo que por muchos años ha predicado: eres libre de explorar tu sexualidad en cualquiera manera que lo desees. Así que Hollywood se queda corto con su intento de moralismo: quiere retener su libertinaje sexual pero limitarlo al consentimiento entre parejas. Como tuiteó Albert Mohler: “Hollywood expulsa a una de sus figuras más importantes por actuar precisamente de la manera que vende en sus películas”.

Sobre la diversidad cultural, el cristianismo está decididamente a favor. Desde sus inicios, la iglesia es para y está compuesta por todas las etnias (Gal. 3:8). No podemos negar que la Iglesia ha batallado (y sigue batallando) con el tema de la inclusión racial. Tenemos todavía mucho trabajo por hacer. Sin embargo, la iglesia está representada por personas de todo color y lenguaje, y esa es una realidad innegable. Hollywood también intenta corregir ese problema, pero con dificultad. El presentador de la ceremonia, Jimmy Kimmel, dijo:

“Recuerdo el tiempo cuando los grandes estudios no creían que una mujer o una minoría podían ser los principales actores en una película de superhéroes, y la razón por la que recuerdo ese tiempo es porque era en marzo del año pasado”.

Señales mixtas

Hollywood sabe que los ojos del mundo están sobre ellos. Miles de personas vieron la ceremonia. Por todos lados se veían los pins de “#MeToo” y “Time’s Up”. Cada año, dependiendo del tema de moda, Hollywood aumenta la intensidad de la luz sobre los reflectores que colocaron sobre ellos mismos para predicar un sermón moral basado en sus propios estándares que oscilan año con año.

Así dijo el presentador:

“Ya no podemos dejar pasar los malos comportamientos. El mundo nos está viendo. Nosotros necesitamos poner el ejemplo”.

Si los representantes del séptimo arte pretenden colocarse a sí mismos como una brújula moral para el mundo, están haciendo un trabajo bastante pobre. Por ejemplo, Llámame por tu nombre, nominada a mejor película, es una historia de un romance pederasta y homosexual. La forma del agua, ganadora a mejor película, celebra el amor entre una mujer y un humanoide anfibio. Coco presenta una visión de la muerte irreal y antibíblica (He. 9:27).

Si los representantes del séptimo arte pretenden colocarse a sí mismos como una brújula moral para el mundo, están haciendo un trabajo bastante pobre.

Parece que Hollywood quiere deshacerse de la moralidad judeo-cristiana que ha heredado del protestantismo y catolicismo, sin embargo tiene un problema categórico: cuando se trata de moralidad, Hollywood es tierra de nadie. Es el viejo oeste. No hay estándares, y cada quien hace lo que bien le parece. Lo que es aceptable hoy, en cinco o diez años pudiera destrozar tu carrera o quitarte tu trabajo (pregúntenle a Kevin Spacey o a John Lasseter).

Sin un estándar moral, Hollywood se ha puesto una carga que no puede llevar. Los próximos años, indudablemente, seguirán revelando la bipolaridad extrema del mundo de las estrellas.

Exportando máscaras

Como escribió Octavio Paz en El laberinto de la soledad, el mexicano —y el latinoamericano, diría yo— esconde su soledad detrás de una máscara.

Por un lado es difícil evitar sentir orgullo nacional al ver el reconocimiento que se le ha dado estos últimos años a Del Toro, Cuarón, Iñárritu, y Lubezki. Cada vez más se reconoce internacionalmente el talento y la cultura hispana. Esto, por supuesto, trae cosas buenas y malas.

El hispano odia la religión porque lo restringe, y la ama porque calla su conciencia.

La cultura hispana tiene mucho que aportar al mundo: creatividad, colores, música, risa. Pero también exporta las máscaras: la soledad, la tristeza, y lo peor de todo, una ambigüedad moral que destruye el alma.

El hispano odia la religión porque lo restringe, y la ama porque calla su conciencia. Por eso, el talento cinematógrafo latinoamericano representa lo mejor y peor que tenemos. Como ha dicho Del Toro en diversos lugares: “Los monstruos son mis santos. Ellos me han redimido”.

Como cristiano aficionado a la cinematografía, tengo pensamientos mixtos sobre lo que está pasando en la pantalla grande y chica. Es difícil ignorar el sentimiento de asombro que produce ver (y oír) un filme épico como El señor de los anillos o Dunkerque. Por el otro lado, encuentro cada vez más difícil comprar el boleto de admisión sin violar mi conciencia. Y cuando se trata de ser entretenido o violar la conciencia, la Biblia claramente indica qué debe escoger el cristiano.

Me pregunto si nos acercamos velozmente al tiempo en que tendremos que decidir si es correcto como cristianos comprar el boleto para entrar al Coliseo y disfrutar de la función.


Imagen: IMDB.
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