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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de Solo en Cristo: Una vida centrada en el evangelio, de Sinclair Ferguson. Poiema Publicaciones.

Quizá hayas oído antes la cita de estas palabras (o alguna variante de ellas): “Lo que un hombre es en secreto, en estos deberes privados, eso y nada más es él a los ojos de Dios”. La versión citada con mayor frecuencia suele atribuirse al joven escocés Robert Murray McCheyne. Pero otros maestros del camino cristiano han hecho eco de estos sentimientos.

Quizá unos hayan tomado prestado de otros inconscientemente; más probable es que todos hayan aprendido la misma lección por las malas: por experiencia personal. Sea como fuere, todos ellos llegaron a ver los mismos elementos que son vitales para la recta vida cristiana.

Devoción escondida

En primer lugar, ellos aprendieron que es en lo secreto, no en público, donde se vuelve claro lo que realmente somos como cristianos. No es tanto mi servicio visible como mi vida devocional escondida lo que constituye el índice de mi espiritualidad. Eso no es despreciar mi vida pública, sino anclar su realidad al fondo marino de comunión personal con Dios. Puede que hable u ore con entusiasmo y elocuencia en público; puede que a los demás les parezca que soy amo de mi mismo cuando estoy acompañado. ¿Pero qué pasa cuando cierro detrás de mí la puerta y solo el Padre me ve?

En el Sermón del Monte, Jesús advirtió a sus discípulos contra la hipocresía ante los hombres y los animó a ser transparentes delante de Dios.

Con qué facilidad nos engañamos en nuestra cultura pensando que lo que realmente importa es lo que se ve en público. Qué curioso les habría parecido a los apóstoles que los servicios de adoración en los que tan fácilmente podemos ser espectadores tienen mucho mayor concurrencia que nuestras reuniones para orar a ojos cerrados. ¿Se romperá alguna vez la burbuja de nuestro éxito visible?

Es en lo secreto, no en público, donde se vuelve claro lo que realmente somos como cristianos.

Ocasionalmente, las estadísticas señalan lo grande que es el vacío entre la imagen que presentamos como evangélicos y la realidad que enmascaramos. No siempre ejercemos una “fe sincera” (1 Timoteo 1:5; pistis anypokritos: fe no hipócrita, fe que no necesita máscara de actor). La vida encuentra la forma de quitar la máscara para revelar lo que hay detrás realmente.

Tal como el abuso o el descuido del cuerpo se manifiesta a una edad posterior, así también ocurre con el abuso del espíritu. Inevitablemente se manifiesta en un carácter atro ado, indisciplinado, o torcido. El Padre tiene una forma de recompensarnos públicamente —para bien o para mal (Mat. 6:5-6). Por lo tanto, vivamos bien en secreto; moldeémonos por la Escritura; aprendamos a orar; y controlemos nuestra vida mental por la gracia de Dios.

El deber como un deleite

En segundo lugar, los antiguos maestros de la vida cristiana hicieron hincapié en que esta no se vive sobre la base de nuestros sentimientos, sino en el cumplimiento de nuestros deberes. La santificación no es un estado de ánimo, sino la sumisión de nuestra voluntad a la de Dios.

En las últimas décadas, el mundo evangélico se ha vuelto tan sensible a la herejía “Cristianismo Boy Scout” (“Prometo dar lo mejor, cumplir con mi deber…”) que ha reducido el evangelio cristiano a un medio Cristo (Salvador, pero no Señor) y una media salvación (bendiciones pero no deberes). Qué insensatos hemos sido, cuando gran parte del Nuevo Testamento enumera los deberes específicos que surgen de nuestra relación con Jesucristo y por lo tanto de hecho están entre nuestras bendiciones.

Una revisión de unos pocos pasajes en las Epístolas va a exorcizar el demonio de pensar que el deber es ajeno a la vida cristiana o al amor cristiano. Tan solo miremos Romanos 12:1-15; Gálatas 5:13-6:10; Efesios 4:1-6:20; Filipenses 4:2-9; Colosenses 3:1-4:6; 1 Tesalonicenses 4:1-5:28; 2 Tesalonicenses 2:13-15; Santiago 1:19-5:20; y 1 Pedro 1:13-5:11. Sin duda algún estudioso en algún lugar habrá contado el número de imperativos (“hagan esto y aquello”) en el Nuevo Testamento. Cada uno de ellos importa; cada uno de ellos brota de la gracia de Dios; cada uno de ellos fue escrito para ser obedecido.

¿Tenemos miedo de que el cumplimiento de nuestros deberes anule la gracia de Dios? Mira la atareada dueña de casa cuya vida entera está gobernada por sus multifacéticas responsabilidades. Mientras su esposo entra en su propio mundo (a menudo emocionante y desafiante), ella hace el almuerzo, lleva a los niños a la escuela, hace las compras, ordena, lava, plancha, repara, prepara las comidas, recoge la basura, y lleva a los niños a la cama. ¿Por qué? Deber. Estos son los deberes del amor, devoción, y compromiso.

El amor a Dios y el deber son dos aspectos de una misma cosa. Qué necios hemos sido al separarlos y considerar el deber como una mala palabra. Este fortalece la semejanza con Cristo (Jn. 4:34). Por lo tanto, conoce tus deberes cristianos y cúmplelos.


Imagen: Lightstock.
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