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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Solo en Cristo: Una vida centrada en el evangelio (2016, Poiema Publicaciones), por Sinclair Ferguson. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

En la epístola de Santiago, el autor parece hacer eco de la historia de pecado de David con Betsabé, en palabras cuya mejor descripción posible es una anatomía de la tentación:

“Al contrario, cada uno es tentado cuando se deja llevar y seducir por sus propios malos deseos. El fruto de estos malos deseos, una vez concebidos, es el pecado; y el fruto del pecado, una vez cometido, es la muerte” Santiago 1:14-15 (RVC).

Etapa 1: La tentación es avivada por nuestros malos “deseos”. A diferencia de Cristo, no estamos en capacidad de decir que Satanás no puede encontrar ninguna pista de aterrizaje en nuestras vidas (Jn. 14:30).

A menos que con personas como Robert Murray McCheyne creamos que “las semillas de todos los pecados están en mi corazón, y tal vez lo más peligroso de todo es que yo no las vea”, es improbable que vigilemos y oremos para no entrar en tentación (Mateo 26:41).

Primer antídoto: Conocer el propio corazón, y protegerlo.

Etapa 2: La tentación progresa por medios tanto negativos como positivos. Su estrategia implica un movimiento doble: “arrastre”, luego “seducción”. Primero viene el relajo de nuestras amarras de seguridad; luego, cuando estamos a la deriva, nos atrapan las fuertes corrientes de los fugaces pero demasiado atrayentes “placeres del pecado” (Heb. 11:25).

Vemos ambos elementos en David. Él fue “arrastrado” desde sus deberes reales con Dios y con su pueblo (un hecho resaltado demasiado tristemente por la contrastante fidelidad de Urías; ver 2 Samuel 11:6-17). Quedó a la deriva en un mar de tentación sin ancla ni timón. Luego David fue “seducido”. La visión de la belleza de Betsabé, y lamentablemente quizá la disposición o al menos la debilidad de ella, fue en sí misma adecuada para destruir las ya decaídas defensas de David.

La tentación no siempre ocurre de una forma dramática como esta. Pero su patrón básico suele ser el mismo.

Segundo antídoto: Conocer nuestros deberes cristianos, y apegarse a ellos.

Etapa 3: La tentación conquista cuando las inclinaciones desprotegidas encuentran la oportunidad. A veces cuando tenemos fuertes deseos pecaminosos nos falta la oportunidad externa para satisfacerlos. En otras ocasiones, surgen las oportunidades cuando nuestros deseos se han desviado hacia otros objetivos. Pero seríamos ingenuos si confundiéramos estas situaciones con una capacidad de resistir la tentación en toda su fuerza. Entonces necesitamos ser capaces de empuñar la espada del Espíritu.

La vía de escape de David no podía haber sido más clara. Las indicaciones estaban escritas en los muros de su palacio: “No codiciarás la mujer de tu prójimo”; “no robarás”; “no cometerás adulterio”; “no dirás falso testimonio”; “no matarás” (Éx. 20:13-17). Pero si los vio, estaba ciego a su importancia. Betsabé estaba tan cerca que ocultó de su vista toda sabiduría celestial.

Tercer antídoto: Cuando las inclinaciones al pecado encuentran oportunidades, recuerda y guarda los mandamientos. “Los que aman tu ley viven en completa paz, porque saben que no tropezarán” (Salmo 119:165 RVC).

Etapa 4: La tentación no resistida lleva a la muerte. La muerte del hijo de David ilustra el fruto final del pecado. Su paga es la muerte (Ro. 6:23) —muerte como la destrucción de la bendición, muerte como separación de Dios, muerte como deterioro, pérdida, y oscuridad. Si David tan solo se hubiera preguntado: “¿a dónde me llevarán estos deseos?”. Pero cuando nuestros deseos se acercan a sus objetos, la visión se oscurece. Olvidamos las aleccionadoras advertencias de la Escritura de que cosechamos lo que sembramos, que fijar la mente en la carne es muerte, que solo aquellos que dan muerte a las maldades de la carne pueden vivir (Gá. 6:7-8; Ro. 8:6, 13).

Cuarto antídoto: Siempre preguntar a dónde nos llevará una acción, y cuál será su destino final, antes de que nuestra voluntad o nuestros afectos sean arrastrados hacia ella. Vivir siempre para el futuro, y de manera tal que no nos avergoncemos en la venida de Cristo.

Es cierto, fallamos. Pero esta es una palabra de aliento de alguien que también falló: “Hermanos… si hacen estas cosas, no caerán jamás, y se les abrirán de par en par las puertas del reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo” (2 Pe. 1:10-11 NVI).

¿Hacer qué cosas?

“Su divino poder, al darnos el conocimiento de aquel que nos llamó por su propia gloria y potencia, nos ha concedido todas las cosas que necesitamos para vivir como Dios manda. Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina. Precisamente por eso, esfuércense por añadir a su fe, virtud; a su virtud, entendimiento; al entendimiento, dominio propio; al dominio propio, constancia; a la constancia, devoción a Dios; a la devoción a Dios, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor. Porque estas cualidades, si abundan en ustedes, les harán crecer en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y evitarán que sean inútiles e improductivos”, 2 Pedro 1:3-8 NVI.

Esta es la medicina apostólica para nuestra alma enfermiza, ¡prescrita por alguien que cayó tristemente enfermo pero fue levantado!


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