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3 enseñanzas de Jesús sobre la preocupación

Si alguien nos dijera que es posible vivir sin preocupaciones, con mucha seguridad diríamos que eso es una utopía. Sin embargo, desde la perspectiva de Jesús es posible vivir sin preocupación en este mundo caído.

La preocupación significa experimentar aflicción por cosas que podrían o no pasar, las cuales dividen nuestra atención. Al reflexionar en la enseñanza de Jesús al respecto, debemos saber que Él no habló sobre la preocupación desde el conocimiento teórico, sino desde la experiencia humana: Él vivió en carne propia las dificultades de cualquier ser humano, aunque sin pecado (He 4:15).

Jesús les dijo a Sus seguidores: «No se preocupen por su vida, qué comerán o qué beberán; ni por su cuerpo, qué vestirán» (Mt 6:25) estando consciente de que el salario judío no era semanal ni quincenal, y que la ropa era necesaria para la protección del clima. Jesús no ignoró que estas eran necesidades legítimas para la vida, ni tampoco prohibió pensar en la comida y en la vestimenta, mucho menos en la planificación sabia. Lo que Jesús prohibió fue la preocupación que solemos experimentar cuando nos enfocamos en estas cosas y dejamos de confiar en Él.

Para los seguidores de Jesús, la preocupación no es simplemente un problema que pueda llevarlos al doctor sino algo que revela lo que hay en el corazón. Estas son tres cosas que Él enseñó sobre la preocupación:

1. La preocupación divide nuestra atención

En primer lugar, la preocupación divide nuestra atención entre los tesoros celestiales y los tesoros terrenales. Previo a la sección sobre la preocupación (Mt 6:25-34), en el Sermón del monte, Jesús advirtió a Sus seguidores que no hicieran tesoros en la tierra sino en el cielo, porque el corazón se vincula al lugar donde está nuestro tesoro (Mt 6:19-21). Por tal razón, no podemos servir a dos señores, porque fuimos diseñados para brindar lealtad suprema a uno solo (Mt 6:24).

Jesús es infinitamente más valioso que todo lo que pueda preocuparnos

Cuando nos preocupamos, nuestra atención se divide entre un señor y el Señor. De hecho, la palabra preocupación (gr. merimnao) significa: «partir en dos, dividir, romper». La preocupación parte la atención del corazón; el enfoque pasa de lo vertical (tesoros en el cielo) a lo horizontal (tesoros en la tierra). En otras palabras, la preocupación refleja que nuestro enfoque está en acumular aquí y ahora, lo cual es materialismo puro. Jesús nos dice que el aquí y el ahora no es todo lo que existe, y que Él es infinitamente más valioso que todo lo que pueda preocuparnos.

2. La preocupación ciega nuestro entendimiento

Más específicamente, la preocupación nos hace ciegos a la providencia y provisión de nuestro Padre. La providencia de Dios es la sinfónica divina a través de la cual Él se relaciona con Su creación para sostenerla, coordinarla y dirigirla según Sus propósitos, mientras que Su provisión es la obra generosa que opera dentro de Su providencia. No hay que ir tan lejos para ver este actuar de Dios: los pájaros y las flores son una evidencia. Los pájaros no están diseñados para desarrollar actividades agrícolas y, sin embargo, comen (Mt 6:26). Algunas flores tienen un cronómetro de menos de veinticuatro horas de existencia y, sin embargo, Dios muestra Su delicadeza al adornarlas con belleza (Mt 6:29-30).

Jesús nos recuerda que aquel que tiene cuidado de las aves y es delicado en Su trato con las flores, es nuestro Padre; para Él valemos mucho más que las aves y las flores (Mt 6:26). El trato que Dios nos da no es solo el de Creador, sino también el de Padre. Un padre no ignora las necesidades de sus hijos sino que las suple. Nuestro Padre, quien sostiene al pez en lo profundo del océano, alimenta a las aves del cielo y controla cada galaxia del universo, no ignora nuestras necesidades y muchos menos es incapaz de suplirlas.

La preocupación no suma a nuestra vida ni a nuestra relación con Jesús; más bien hace más difícil nuestro día y desvía nuestra mirada de Cristo

La preocupación ciega los ojos del corazón. En palabras de Jesús, evidencia que somos «hombres de poca fe» (Mt 6:30). Por eso el erudito del Nuevo Testamento, Robert Mounce, comenta que «la preocupación es ateísmo práctico y una ofensa contra Dios». En ese sentido no somos muy distintos a los no creyentes (Mt 6:32). Dejamos de creer que nuestro Padre está orquestando la sinfónica de la creación y nuestra vida; comenzamos a creer que los tonos de nuestras temporadas están desentonadas y que es imposible armonizar con las demás notas. La preocupación nos roba la profunda paz que viene de creer en el maravilloso Padre a quien Jesús nos ha dado entrada.

3. La preocupación evidencia cuál reino priorizamos

En tercer lugar, la preocupación evidencia que hay un cambio de reino. Cuando estamos preocupados, buscamos y dirigimos nuestras energías en un reino, pero no en el de Dios, sino en el nuestro. El consejero bíblico Jay Adams dice que la preocupación activa una energía en nosotros que intentamos usar sobre cosas que aún no ocurren, pero deseamos que ocurran. En nuestro corazón, nuestro reino es más importante que el de Dios.

Jesús nos dice que sí debemos buscar y enfocar nuestras energías en un reino, el de Dios. Es decir, la forma en que debemos gastar las energías que activa la preocupación es hacer lo que Dios nos ordena hoy para traer «Su reino y Su justicia» (Mt 6:33) a la circunstancia particular de preocupación.

Venciendo la preocupación

Es interesante que las razones que Jesús nos da para evitar la preocupación también formulan el antídoto para vencer a la misma. Debemos recordarnos que Jesús es infinitamente más valioso que lo que nos aflige del mañana, a Él debemos atesorar; que Jesús nos ha dado acceso al Padre que orquesta la creación conforme a Su plan perfecto, en Él debemos confiar; que Jesús nos ha delegado la responsabilidad de mostrar cómo viven los ciudadanos de Su reino en cada circunstancia de preocupación, esta debe ser nuestra prioridad.

La preocupación no suma a nuestra vida ni a nuestra relación con Jesús; más bien hace más difícil nuestro día y desvía nuestra mirada de Cristo (Mt 6:34). Pero en Cristo podemos vencer la preocupación. Recuerda: «Si Dios no se guardó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos dará también todo lo demás?» (Ro 8:32, NTV).

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