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Mis hermanos en la fe que han sufrido mucha pérdida están entre mis maestros favoritos. No sé si alguna vez lo viste de esta manera. Tal vez se deba a que nuestra cultura a menudo no sabe qué hacer con los dolientes, especialmente en círculos en los que escasea la enseñanza sobre el sufrimiento, la soberanía divina o el verdadero tesoro, que no es esta vida.

Sin contar con que nuestra predisposición natural es la de evitar todo lo incómodo. En general, los dolientes son una categoría de personas que deseamos esquivar hasta que «estén mejor». En el mejor de los casos, son personas a quienes deseamos servir y atender en su hora de debilidad. Esto último debe ser así, pero no se limita a esto. Quienes están atravesando dolores intensos por la partida de personas amadas tienen muchísimo para enseñarnos.

Desde hace un tiempo vengo compartiendo, por donde Dios me lo permite, que nuestra esperanza eterna es la bisagra que determina el rumbo de nuestra trayectoria terrenal. Nuestra mirada puesta en lo eterno nos sostiene en medio de las pesadillas más intensas de nuestras vidas.

Hace poco, un hermano que atravesaba un gran dolor me dijo algo que me enseñó una gran lección: «Pensar que Jesús tiene lo suficiente para mí hoy es lo que más me ha ayudado en este tiempo».

Esto me lleva a imaginar al pueblo de Israel en el desierto, con la esperanza de la tierra prometida por delante y el maná suficiente para cada día mientras llegaban.[1] Ambas cosas son necesarias: la claridad de confiar en el descanso perfecto del destino soñado, junto al sustento «pequeño», aunque no menos milagroso, de comer lo necesario para sostenerse por las próximas veinticuatro horas.

Nuestra esperanza eterna es la bisagra que determina el rumbo de nuestra trayectoria terrenal

Estoy aprendiendo que, cuando se sufre un dolor profundo y la vida se parte en dos, no se hace tan indispensable un telescopio para ver las estrellas, sino un microscopio para notar las millones de diminutas maneras en que nuestro Dios inmenso e incomparable está invertido en nuestras rutinas diarias.

Cuando la tragedia nos visita y el dolor nos alcanza, hacer la cama o preparar un sándwich es un acto casi heróico, porque la vida se ha desfasado y los pies se despegaron del suelo. La mente se vuelve una tómbola. El tiempo se vuelve una medida cruel que no nos deja volver atrás. La noche no se apura en llegar y cuando llega, no se quiere ir.

Cuando muere alguien que amamos, nos toca volver a aprender una vida que no escogimos. Es una tarea ardua, pero Dios no es ajeno.[2]

Lo que a veces trae consuelo es imaginar la eternidad que nos espera, repleta de justicia, libre de temor, pecado y muerte, y saber que nada nos podrá herir nunca más.[3] En otros casos, lo que sostiene es ver a Jesús justo al lado, mientras nos hacemos la primera taza de café del día en el silencio de la cocina, y estar seguros de que estos ejercicios cotidianos sí le importan.[4]

Señor,
hoy que pienso en mis amigos que lloran,
te ruego que mi propia esperanza eterna
me dé la paciencia y ternura suficiente
para ser un emisario feliz de repartir
el maná de hoy.
Que juntos lloremos
y disfrutemos lo que traiga este día.
En el nombre de Jesús.
Amén.


[1] Dt 8:2-4.
[2] Heb 4:16.
[3] Ap 21:4.
[4] Sal 139:3.
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