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Definición

La soberanía divina ejerce un control eficaz, universal y amoroso sobre todas las cosas. También es compatible con la libertad humana en el sentido que los humanos son libres de hacer lo que quieran, aunque Dios es soberano sobre nuestros deseos.

Sumario

La soberanía de Dios es equivalente al señorío de Dios, porque Dios es el soberano de toda la creación. Las características más importantes del señorío de Dios son su control, autoridad y presencia. Sin embargo, para discutir acerca de la soberanía de Dios hay que enfocarse particularmente en el aspecto del control; aunque esto no debe de excluir de la discusión la autoridad de Dios y la presencia de la gracia. El control que Dios ejerce sobre todas las cosas es igualmente eficaz y universal: no hay nada fuera de su control. Esto se extiende también al pecado humano y la fe. Sin embargo, las personas siguen siendo libres y Dios permanece inocente de pecado. Esto se debe a que los humanos tienen la libertad de hacer lo que quieran, mientras sus deseos, a su vez, los deciden su naturaleza, situación y sobre todo Dios.

El término soberanía no se encuentra en las traducciones recientes de las Escrituras, pero este representa un concepto bíblico importante. Un soberano es un gobernante, un rey, un señor; y las Escrituras mencionan a Dios como aquel que gobierna sobre todo. Su nombre propio más común, Yahvé (Éx 3:14), se traduce normalmente como “Señor” en la NBLA. Y “Señor”, a su vez, se encuentra más de siete mil veces como nombre de Dios y específicamente como un nombre de Jesucristo. Entonces, discutir sobre la soberanía de Dios es discutir sobre el señorío de Dios, que es lo mismo que discutir sobre la deidad de Dios, es decir, las cualidades que le hacen ser Dios.

Las características más importantes del concepto bíblico de soberanía divina o señorío son el control, la autoridad y la presencia de Dios (ver John Frame, The Doctrine of God, 21-115). Su control implica que todo ocurre de acuerdo a su plan e intención. Su autoridad involucra que todas sus órdenes deben ser obedecidas. La presencia de Dios demuestra que encontramos el control y la autoridad de Dios en toda nuestra experiencia, por lo que no podemos escapar de su justicia o de su amor.

Cuando los teólogos discuten sobre la soberanía divina y la libertad humana se enfocan solo en uno de estos tres aspectos de la soberanía de Dios, lo que he llamado su control. Este aspecto estará presente en el resto del artículo, pero debemos tener en cuenta que el control de Dios sobre el mundo es uno de los aspectos de su señorío. Cuando consideramos únicamente su control, tendemos a olvidar que su mandato es atento, gentil, íntimo, comprometido, sabio, bueno y mucho más. La soberanía de Dios es un ejercicio de sus atributos divinos, no únicamente un poder causal.

El control soberano de Dios

Es importante tener una idea clara del control soberano de Dios sobre el mundo que ha creado. Este control es una gran parte del contexto en el que Dios se revela a sí mismo a Israel como Yahvé, el Señor. Esta revelación llegó a Israel cuando la nación se encontraba como esclava en Egipto. Cuando revela su nombre a Moisés, Él promete una poderosa liberación:

“Pero yo sé que el rey de Egipto no los dejará ir, si no es por la fuerza. Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con todos los prodigios que haré en medio de él, y después de esto, los dejará ir” (Éxodo 3:19-20).

“Los tomaré a ustedes por pueblo mío, y yo seré su Dios. Sabrán que yo soy el Señor su Dios, que los sacó de debajo de las cargas de los egipcios. Los traeré a la tierra que juré dar a Abraham, a Isaac y a Jacob, y se la daré a ustedes por heredad. Yo soy el Señor” (Éxodo 6:7-8).

Dios muestra a Israel que Él es verdaderamente el Señor al derrotar al mayor imperio totalitario del mundo antiguo y al dar a Israel una patria en la tierra prometida siglos atrás a Abraham, Isaac y Jacob. Nada puede vencer la soberanía de Israel. Él cumplirá su promesa, mostrando un increíble poder de control, si no, Él no sería el Señor. El control de Dios es eficaz:

“Nuestro Dios está en los cielos; Él hace lo que le place” (Salmo 115:3).

“Todo cuanto el Señor quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Salmo 135:6).

“El Señor de los ejércitos ha jurado: ‘Ciertamente, tal como lo había pensado, así ha sucedido; tal como lo había planeado, así se cumplirá: Quebrantaré a Asiria en mi tierra, y la pisotearé sobre mis montes. Entonces su yugo se les quitará de encima, y su carga será quitada de sus hombros. Este es el plan acordado contra toda la tierra, y esta es la mano que está extendida contra todas las naciones’. Si el Señor de los ejércitos lo ha determinado, ¿quién puede frustrarlo? Y en cuanto a Su mano extendida, ¿quién podrá apartarla?” (Isaías 14:24-27).

“Aun desde la eternidad, yo soy, y no hay quien libre de mi mano. Yo actúo, ¿y quién lo revocará?” (Isaías 43:13).

“Así será mi palabra que sale de mi boca, No volverá a mí vacía sin haber realizado lo que deseo, y logrado el propósito para el cual la envié” (Isaías 55:11).

“El Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cierra, y cierra y nadie abre” (Apocalipsis 3:7).

El control de Dios no solamente es eficaz, también es universal. Gobierna cada suceso que ocurre en cualquier lugar del universo. Primeramente, los eventos del mundo natural provienen de su mano (Sal 65:9-11; 135:6-7; 147:15-18; Mt 5:45; 6:26-30; 10:29-30; Lc 12:4-7). En segundo lugar, los detalles de la historia de la humanidad provienen del plan de Dios y su poder. Él determina dónde vivirán las personas de cada nación (Hch 17:26). En tercer lugar, Dios determina los sucesos de cada vida humana individual (Éx 21:12-13; 1 S 2:6-7; Sal 37:23-24; 139:13-16; Jer 1:5; Ef 1:4; Stg 4:13-16). En cuarto lugar, Dios gobierna las decisiones libres que hacemos (Pr 16:9) incluyendo nuestras actitudes hacia los demás (Éx 34:24; Jue 7:22; Dn 1:9; Esd 6:22).

Más complicado, Dios preordena los pecados de las personas (Éx 4:4, 8, 21; 7:3, 13; 9:12; 10:1, 20, 27; Dt 2:30; Jos 11:18-20; 1 S 2:25; 16:14; 1 R 22:20-23; 2 Cr 25:20; Sal 105:24; Is 6:9-10; 10:6; 63:17; Ro 9:17-18; 11:7-8; 2 Co 2:15-16). Pero finalmente, Él es también el Dios de gracia, que ordena soberanamente que las personas lleguen a la fe y salvación:

“Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia ustedes han sido salvados), y con Él nos resucitó y con Él nos sentó en los lugares celestiales en Cristo Jesús, a fin de poder mostrar en los siglos venideros las sobreabundantes    riquezas de Su gracia por Su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Efesios 2:4-10).

Por lo tanto, la salvación es el trabajo de Dios desde el principio hasta el final, haciendo para nosotros lo que nosotros jamás podríamos pensar hacerlo por nosotros mismos. Si necesitamos alguna evidencia adicional de la eficacia y la universalidad del control de la soberanía de Dios, aquí hay algunos versículos que resumen la doctrina:

“¿Quién es aquel que habla y así sucede? ¿A menos que el Señor lo haya ordenado? ¿No salen de la boca del Altísimo, tanto el mal como el bien?” (Lamentaciones 3:37-38).

“Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito” (Romanos 8:28).

“También en Él hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados según el propósito de Aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de Su voluntad” (Efesios 1:11).

“¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son Sus juicios e inescrutables Sus caminos! Pues, ¿quién ha conocido la mente del Señor? ¿O quién llegó a ser Su consejero? ¿O quién le ha dado a Él primero para que se le tenga que recompensar? Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén” (Romanos 11:33-36).

La libertad humana

La pregunta propuesta en el título de este artículo es muy precisa. Si admitimos el aplastante poder del control de la soberanía de Dios, su eficacia y universalidad, ¿cómo puede la libertad humana tener significado?

El término libertad se ha usado en varios sentidos. En este estudio, dos de estos son particularmente importantes: (1) compatibilismo, que es la libertad de hacer lo que tú quieres hacer, y (2) liberalismo libertario, que es la libertad de hacer lo opuesto de todo lo que eliges hacer. El compatibilismo indica que la libertad es compatible con la causa. Alguien quizá me obligue a comer brócoli, pero si eso es algo que quiero hacer de todos modos, lo hago libremente en el sentido compatibilista. Alternativamente, si tienes la libertad del liberalismo libertario, tus elecciones no son en ningún sentido causadas o limitadas, o por tu naturaleza, tu experiencia, tu historia, tus propios deseos o Dios. El liberalismo libertario a veces se llama “incompatibilismo”, porque es inconsistente con la necesidad o la determinación. Si alguien me fuerza a comer brócoli, no soy libre, en el sentido libertario, para comer o no. En el sentido libertario, cualquier tipo de “obligación” quita la libertad.

En la vida cotidiana, cuando hablamos de ser “libres”, habitualmente tenemos en mente el sentido compatibilista. Soy libre cuando hago lo que quiero. Normalmente, cuando alguien me pregunta si soy libre, digamos, para cruzar la calle, no tengo que analizar todo tipo de pregunta sobre factores causales para responder a la pregunta. Si soy capaz de hacer lo que yo quiero, entonces soy libre, y eso es todo. En la Biblia, la humanidad disfruta de ese tipo de libertad. Dios dijo a Adán que no comiera del fruto prohibido, pero Adán tenía el poder de hacer lo que quería. Finalmente, él y Eva hicieron lo incorrecto, pero lo hicieron libremente. La soberanía de Dios no impidió a Adán hacer lo que quería.

La anterior discusión muestra, sin embargo, que de acuerdo con la Biblia los seres humanos no tienen la libertad del tipo libertario: tal y como hemos visto, Dios ordena lo que elegiremos hacer, entonces Él es la causa de nuestras elecciones. No somos libres para elegir lo contrario de lo que Él elige que hagamos. Las Escrituras también nos enseñan que la condición de nuestro corazón limita nuestras decisiones, por lo que no hay decisiones humanas ilimitadas, decisiones que son libres en el sentido libertario.

Las personas, algunas veces, piensan que tenemos libertad del tipo libertario, por lo que ¿cómo podemos ser moralmente responsables si Dios controla nuestras elecciones? Es una pregunta difícil. La respuesta final es que la responsabilidad moral le corresponde definirla a Dios. Él es el árbitro moral del universo. Esta es exactamente la pregunta que aparece en Romanos 9:

“Me dirás entonces: ‘¿Por qué, pues, todavía reprocha Dios? Porque ¿quién resiste a Su voluntad?’. Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios? ¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: ‘Por qué me hiciste así?’. ¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honorable y otro para uso ordinario? ¿Y qué, si Dios, aunque dispuesto a demostrar Su ira y hacer notorio Su poder, soportó con mucha paciencia a los vasos de ira preparados para destrucción? Lo hizo para dar a conocer las riquezas de Su gloria sobre los vasos de misericordia, que de antemano Él preparó para gloria, es decir, nosotros, a quienes también llamó, no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles” (Romano 9:19- 24).

Este pasaje descarta cualquier intento de argumentar la libertad libertaria como base de la responsabilidad moral.

Aún así, debemos recordar que incluso este pasaje presupone la libertad con un sentido de compatibilidad: Dios preparó los dos tipos de vasos, cada uno para su respectivo destino. Él hizo los vasos honorables para que recibieran honor de forma apropiada, y viceversa. Cuando un ser humano confía en Cristo, él hace lo que quiere y por lo tanto actúa libremente en el sentido compatibilista. Sabemos por esa elección que Dios lo ha preparado de antemano para tomar esa decisión libremente. Esa preparación divina es la gracia. El creyente no gana el derecho de recibir la preparación divina. Pero responde, como debe, abrazando libremente a Cristo. Sin esa libre elección de Cristo, preparada de antemano por Dios mismo, es imposible que nadie sea salvo.


Este ensayo hace parte de la serie Teología Concisa. Todas las opiniones expresadas en este ensayo pertenecen al autor. Este ensayo está disponible gratuitamente bajo la licencia Creative Commons con Attribution-ShareAlike (CC BY-SA 3.0 US), lo que permite a los usuarios compartirlo en otros medios, formatos y adaptar o traducir el contenido siempre que haya un enlace de atribución, indicación de cambios, y la misma licencia. Si estás interesado en traducir nuestro contenido o estás interesado en unirte a nuestra comunidad de traductores, comunícate con nosotros.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Íñigo García de Cortázar