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Definición

La doctrina cristiana de la humanidad ve al ser humano como hecho a imagen de Dios, ya sea un hombre o una mujer son obra de Dios, caídos por el pecado histórico de Adán, formados para la vocación a Dios y redimibles en y por medio del Dios-hombre, Jesucristo.

Sumario

Este ensayo examina a la humanidad a través de un estudio teológico de las intenciones de Dios para la corona de su creación. Damos una atención especial y merecida a los primeros capítulos del Génesis, creyendo que estos capítulos revelan el diseño y orden establecidos por Dios para su creación. Este ensayo trata a Adán como una persona histórica que pecó contra Dios en un verdadero desenlace en el jardín. A pesar de esta tragedia, podemos conocer la redención en Cristo, el verdadero humano, y así podemos trabajar y descansar para la gloria de Dios, cumpliendo las intenciones de Dios en una forma cristocéntrica escalonada.

“Tú nos has formado para ti, y nuestros corazones están inquietos hasta que encuentren descanso en ti”.

(Agustín, Confesiones, Libro 1)

La teología cristiana expresa en nuestro tiempo lo que Agustín escribió hace dieciséis siglos: Dios nos hizo para sí mismo, y así el ser humano no conocerá la paz hasta que repose en lo divino. Este es un punto de partida notable. En un mundo lleno de personas que se encuentran en el escenario cósmico de Dios, pero que han perdido el guión divino, la antropología cristiana ofrece a nuestros semejantes el guión de vuelta, con una resolución escalada en Cristo que nos quita el aliento.

La imagen de Dios

Como dijo Agustín, el Señor nos formó para sí mismo. El hombre y la mujer son suyos en su “imagen” y su “semejanza” (Gn 1:26-28, heb. tselem y demut). El hecho de que el hombre y la mujer sean hechos a imagen de Dios los prepara para “cumplir el mandato de dominio llenando la tierra de hijos, gobernando sobre la creación y guiándola a la gloria de su Creador”. Adán, en particular, tiene un papel sacerdotal en el Edén; como G. K. Beale ha demostrado de manera decisiva, su encargo de “cultivar y cuidar” el jardín imperturbable (pero no inalterable) representa un lenguaje sacerdotal (Gn 2:15). Adán es un sacerdote de Dios en el Edén, una visión temprana de la verdad posterior de que los miembros del nuevo pacto son un reino de sacerdotes en Cristo (1 P 2:9).

Los teólogos difieren sobre lo que precisamente significa que la humanidad es Imago Dei (imagen de Dios), que es un término doctrinal latino. Algunos, como Karl Barth, argumentan por una visión relacional, enraizando imágenes en el matrimonio y la relaciones; algunos, como Lutero, afirman por una visión de rectitud, interpretando la imagen como el don de la santidad; otros, como Calvino, abogan por una visión de la imagen como un rasgo o habilidad particular del ser humano, con razón y conocimiento de Dios siendo una interpretación común de la “sustancia” de la imagen.

Cada uno de estos puntos de vista merece una cuidadosa consideración (ya que tienen elementos de consonancia con las Escrituras), pero yo argumento por lo que se llama la visión ontológica (es decir, nuestro ser mismo). Basándonos en Génesis 5, 9, y especialmente 1 Corintios 11:7 (“el hombre es imagen y gloria de Dios”), creo que la imagen no es algo que hacemos, sino algo que somos. La imagen no es un rasgo, somos nosotros. Somos el único ser viviente hecho a imagen de Dios; así, lo que nos separa de los ángeles por un lado y de los animales por el otro es, ante todo, nuestra identidad definitiva de ser formados por Dios y a su imagen.

Aunque podríamos identificar varios atributos del ser humano como esenciales e incluso constituyentes de nuestro ser, el ser humano es por extensión la imagen. En forma práctica, ver a un ser humano, ya sea un bebé en el útero a través de un monitor, un adolescente con síndrome de Down en el parque o una persona anciana acostada en una cama de un hogar de ancianos, incapaz de cuidar de sí mismo por más tiempo, es ver a un portador de la imagen. Es una visión desvanecida, pero real de la gloria de Quien nos hizo.

La belleza de la masculinidad y feminidad

La humanidad está hecha a imagen de Dios, formada por el Señor mismo: “varón y hembra los hizo” (Gn 1:27). Aquí aprendemos un segundo elemento glorioso de nuestra humanidad: Dios nos hizo a todos con igual valor, pero no con la misma identidad corporal. Desde el principio, el Señor deseaba que hubiera unidad en la diversidad en términos humanos. Sentimos cuán fuerte es este deseo para la creación más selecta de Dios en Génesis 2. Mucho está ocurriendo en este capítulo: Adán es hecho por la propia mano de Dios y soplado por el Señor (Gn 2:7). Él recibe la dirección divina acerca de su función en el Edén, oyendo de Dios que puede comer de cualquier árbol —imaginamos muchos árboles que llevan muchas clases de frutos en Edén— pero no del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2:16-17). En el Edén, sin trabas por el pecado y sin naturaleza pecaminosa, Adán escucha a Dios. Es libre, pero no libre de hacer lo que quiera. Pero hay una cosa que perturba el paraíso: él está solo, y esto “no es bueno” (Gn 2:18).

Así que el Señor emprende una segunda creación estética y produce una obra maestra. El Señor hace a la esposa de Adán de su costilla (Gn 2:21-22). Entonces el Señor la trajo a Adán para que él la nombrara, y él nombra a su mujer (ishá). Adán la nombra no tanto técnicamente como explosivamente. Se regocija cuando Dios trae a la mujer frente a él: “Esta es por fin hueso de mi hueso y carne de mi carne” (Gn 2:23). Este matrimonio no es una anécdota creacional, es un arquetipo humano. Es el mismo plan de Dios para la existencia humana y, por extensión, el florecimiento humano. Este diseño es completamente encantador: un hombre y una mujer unidos en el pacto matrimonial; el hombre que deja a su padre y su madre se “unirá” a su esposa (Gn 2:24); los cónyuges, después de la caída, imaginando el paradigma Cristo-Iglesia a través de la dirección del marido y la sumisión de la mujer (Ef 5:22-33).

Siguiendo Génesis, la enseñanza de las Escrituras viene con una sola voz: somos hechos hombres y mujeres por Dios para su gloria. Nuestra identidad no está separada de nuestro cuerpo; nuestro cuerpo conforma nuestra identidad. Con mucha instrucción superpuesta, la masculinidad y feminidad importan tremendamente para el discipulado cristiano fiel, y el orden de la creación fundamente la necesidad de liderazgo varonil de la iglesia local (1 Ti 2:12). Por muy importante que sea el matrimonio en las épocas del antiguo y del nuevo pacto de Dios, y por mucho que las relaciones familiares sean importantes en la iglesia (los ancianos deben ser maridos de una sola mujer y padres piadosos, por ejemplo), no nos convertimos en un hombre o una mujer bíblicos el día de nuestra boda. Somos hechos hombre o mujer por Dios y crecemos en este llamamiento a medida que padres y madres discipulan a sus hijos de maneras bíblicamente sanas. El matrimonio y la construcción de la familia es un compromiso profundamente doxológico; también es cierto que la soltería consagrada a Dios no es algo menor, sino que permite un servicio serio al Señor (1 Co 7).

La caída del ser humano

Desde este  comienzo feliz en el Edén, las cosas se desmoronan. Un reptil que se arrastra entra al jardín, y Adán no presta atención a la orden dada antes de tomar dominio de todas las cosas, incluyendo los reptiles que se arrastran (Gn 1:30). Él no “guarda” el Edén, y está pasivamente de pie mientras la serpiente —representando a Satanás— envuelve con sus palabras a Eva, tentándola a pecar contra Dios (Gn 3:1-7). Satanás lleva a la mujer a dudar de las palabras de Dios, acusándolo de dureza y al final negando directamente la veracidad de la revelación divina. “Seguramente no morirás” representa la culminación de este malvado ejemplo de falsa enseñanza, la primera enseñanza falsa en el mundo que Dios ha hecho (3:4). Eva, entonces, permite que la revelación de la serpiente le haga desear el fruto prohibido; el fruto siempre fue hermoso, pero Eva lo está viendo ahora en términos deformados. Ella toma, come, y Adán se une a ella para hacerlo (3:6). La raza humana, hecha para gloria, hecha para la comunión con Dios, ahora es una raza caída.

Sin embargo, el Señor no está dormido. En el marco bíblico, el Señor viene en su propio tiempo y lleva juicio contra la depravación. La capacidad de procreación y las vocaciones son ahora malditas: la mujer dará a luz hijos con dolor, así como el hombre trabajará la tierra en el dolor (Gn 3:16-19). Sin embargo, en el juicio hay una nota conmovedora de salvación: el Señor promete un libertador de la simiente de Dios, aquel que aplasta la cabeza de la serpiente, pero al hacerlo resulta con el talón herido (Gn 3:15). Una segunda nota redentora emerge de los restos del pecado: el hombre y la mujer ven ahora sus cuerpos —su desnudez— con vergüenza producida por la verdadera culpa judicial y espiritual, pero el Señor los viste de pieles de animales (Gn 3:21).

Esta es la verdadera base histórica de la doctrina bíblica del pecado. Esto es lo que los teólogos llaman “pecado original”, y el pecado original es la base del verdadero estado etiquetado como “depravación total”. En Adán, todo ser humano cayó; en nuestra deshonra catastrófica en el Edén, nos corrompimos completamente con el pecado. En nuestra naturaleza, ningún ser humano hace el bien, ni siquiera uno (Ro 3:10-18). El pecado de la primera pareja es nuestro pecado, además, no confiamos y obedecemos la palabra de Dios, adorándolo a través del seguimiento obediente, sino más bien confiamos en nosotros mismos y adoramos obedientemente a Satanás (Jn 8:44).

La importancia del trabajo, la vocación y el descanso

Génesis tiene aún más que ofrecernos teológica y antropológicamente. La raza humana, según este libro, está hecha para trabajar. Somos la imagen de Dios y, en Génesis 1, Él se nos presenta trabajando. Él crea todas las cosas y lo hace por el poder de su discurso. Su naturaleza obrera y actuante se ve compensada por el séptimo día, un día de descanso del sábado (Gn 1:31). Todo lo que ha hecho es “muy bueno”, por lo que el Señor entra en un reposo de finalización.

El trabajo y el descanso a veces son tratados de forma antiséptica por teólogos. Estos son asuntos “prácticos” que no merecen una profunda consideración doctrinal, como algunos parecen pensar. Pero esta perspectiva no servirá. El trabajo y el descanso son partes vitales de la actividad divina y del orden de la creación. Nuestro Dios trabaja y crea. Por el desbordamiento de su magnífica libertad, el Señor decide poner su gloria en exhibición en el cosmos. Aquí hay una base teocéntrica para la creatividad, la vocación (entender el trabajo como vocación, no como trabajo) y la estética. La creatividad no es propiedad de los tecnólogos antiteístas, esta procede del Todopoderoso y muestra algo de su brillantez. La vocación no es posesión de los adictos al trabajo, que se conducen a sí mismos y a sus familias hasta derribarlos debido a la adicción al trabajo, sino que se origina (en una forma) en la creación divina. La estética no forma parte de los derechos intelectuales de los artistas epicúreos, que no reclaman ningún estándar de belleza para su oficio; la belleza se encuentra en Dios mismo, y Dios es el estándar de la belleza.

Limitaremos nuestras observaciones aquí a la vocación y al descanso. El hombre y la mujer están hechos para tomar el dominio de la tierra. El cumplimiento de este mandato impresionante viene a través de una inversión decidida y significativa. Más adelante en la historia bíblica, artesanos y constructores hábiles hacen importantes contribuciones al templo (Éx 31). En el Nuevo Testamento aprendemos que Cristo es tan grande que cada detalle de la vida cae bajo su bandera y debe ser dado a Él como un acto de adoración. Comer y beber le dan gloria a través de la fiel obediencia cristiana; así también lo hace toda la vida, la grande y la pequeña (1 Cor. 10:31). Dios es el Dios de los grandes, y Dios es el Dios de los pequeños.

A diferencia de una cultura naturalista, las Escrituras no fundamentan la vocación en ganar poder, influencia política o el fanatismo hacia las celebridades. La Escritura exalta el siervo, y Jesús viene como siervo de Dios. El servicio al Padre es su “alimento” (Jn 4:34). Esta verdad cristocéntrica nos ayuda a desempaquetar la naturaleza del trabajo, y nos abre los ojos para ver cómo el trabajo diario anónimo que nadie aplaude o comparte en las redes puede, sin embargo, tener un gran significado en la economía de Dios. El hombre que trabaja para sobresalir en su trabajo para mantener a su familia, la madre que entrega sus esfuerzos para proveer a sus hijos, el estudiante que ignora el hedonismo en el campus para vivir su llamado: estos y muchos otros honran a Dios al dar forma a una vocación para la gloria de Dios. Pero no solo esto: glorificamos a Dios descansando en Él. Jesús es nuestro Sabbath o día de reposo (Mt 11:28 -30; Heb 3-4). Ahora tenemos un descanso completo en Cristo, un descanso que se derrama en toda la vida de manera física, emocional y psicológica, así como tendremos un descanso final en los nuevos cielos y en la nueva tierra.

El re-embellecimiento de la humanidad: Cristo

Nuestro material se ha esforzado en llegar a la resolución de nuestra humanidad: Jesucristo. No hay verdadera doctrina de la humanidad sin Él. Más ampliamente, no hay conocimiento final de la persona humana en términos de nuestros fines y propósitos sin Cristo. La humanidad es la raza hecha para Dios; la humanidad es la raza caída de Dios; la humanidad es la raza hecha por Dios en Cristo. En el plan de Dios, todo se inclina hacia Cristo.

Jesús viene como el cumplimiento de todas las promesas de Dios (2 Co 1:20). Él es el antitipo, cada promesa es el tipo. Esto se obtiene en todos los ámbitos, pero tiene una referencia especial para los propósitos de nuestra humanidad y caída. Pablo entiende a Cristo como el segundo o último Adán. Hemos llevado la imagen del hombre de polvo, escribe, y hemos puesto capturas escatológicas de la imagen del hombre de los cielos (1 Co 15:49). Aquí la imagen de Dios vuelve a jugar también. Jesús es directamente identificado como la imagen (2 Co 4:4; Col 1:15). ¿Cómo podemos dar sentido a esta interacción dados los textos anteriores? Nuestra humanidad adámica significa que somos portadores de imagen, pero nuestra unión con Cristo significa que somos rehechos en Aquel que es la imagen verdadera de Dios. La cruz y la resurrección de Cristo son tan poderosas, tan salvadoras, que conducen efectivamente un nuevo éxodo, y hacen lo que Pablo llama “un hombre nuevo” —una nueva raza humana— por la sangre expiatoria de Cristo (Ef 2:11-22).

Jesús es el mayor Adán, el mayor David, el mayor Abraham (Mt 1:1). Él es el Hijo obediente que vive en el poder del Espíritu y que ofrece al Padre la adoración obediente que merece. Jesús nos muestra que no es verdadera humanidad o verdadera libertad para pecar. Aunque los discípulos de Jesús deben luchar contra el pecado hasta el final, a nosotros, que somos regenerados por la gracia divina, se nos da una nueva naturaleza, un nuevo nombre, y somos hechos una nueva creación en Cristo por medio del arrepentimiento y la fe (Ro 6; 2 Co 5:17).

Como ha demostrado Stephen Wellum, la trayectoria en la cristología bíblica comienza con la divinidad de Cristo. Esto no es de ninguna manera para menoscabar su humanidad, por supuesto (ver el importante trabajo de Bruce Ware aquí, y también la interesante interpretación de John Owen sobre la cristología pneumatológica). Para hacer plena justicia a la humanidad de Jesús, debemos notar que el Hijo de Dios existe eternamente y luego se encarna en obediencia a la voluntad del Padre (Jn 6:38). Recordar esta verdad ayudará grandemente cuando se piensa a través de cuestiones de pecado a la luz del Hijo. Jesús es un ser humano sin pecado (Heb 4:15). Él fue tentado en todas las cosas como verdadero humano, pero no tenía una naturaleza pecaminosa como nosotros.

Algunos podrían preguntarse si esto compromete la autenticidad de su humanidad, pero podemos responder que pecar no es verdaderamente humano, sino obedecer a Dios. Además, Adán tampoco tenía una naturaleza pecaminosa, y él era completamente humano. Jesús no solo es como Adán, sino que Jesús es la realización escalada de Adán. Ni Él ni Adán tenían una naturaleza pecaminosa. Así, Jesús no experimentó lo que llamamos “tentación interna”, pecado y deseo caído que brotan dentro de Jesús (Stg 1:13-15). Como hemos dicho, entonces, el énfasis de las Escrituras está en la justicia, la santidad y la perfección impecable de Cristo. Esto implica que los cristianos, un pueblo transformado por la fe en Cristo, no pueden abrazar ni afirmar como parte alguna de nuestra identidad muchas de las formas tardías del neopaganismo y del naturalismo que hoy son populares en occidente: transgenderismo, homosexualidad, transhumanismo, posthumanismo, entre ellos.

Cuánto necesitamos al Hijo de Dios. Lo necesitamos desesperadamente, y lo necesitamos para entender a la humanidad. Recordamos la lección de la Palabra de Dios acerca de la raza humana y los árboles, que juegan un papel muy grande en la economía de la redención. El primer Adán fue maldecido por un árbol, pero el segundo Adán deshizo la maldición mientras colgaba de un madero que provino de un árbol. La historia de la humanidad y de los árboles no se detiene allí: Jesús nos lleva ahora a la nueva Jerusalén, donde seremos sanados por el árbol de la vida, cuyas hojas son para la sanidad de las naciones (Ap 22:2).

Este, y ningún otro, es el re-embellecimiento de nuestra humanidad.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Sol Acuña Flores.

Este ensayo es parte de la serie Concise Theology (Teología concisa). Todas las opiniones expresadas en este ensayo pertenecen al autor. Este ensayo está disponible gratuitamente bajo la licencia Creative Commons con Attribution-ShareAlike (CC BY-SA 3.0 US), lo que permite a los usuarios compartirlo en otros medios/formatos y adaptar/traducir el contenido siempre que haya un enlace de atribución, indicación de cambios, y se aplique la misma licencia de Creative Commons a ese material. Si estás interesado en traducir nuestro contenido o estás interesado en unirte a nuestra comunidad de traductores, comunícate con nosotros.

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