Tu hijo es tu prójimo

Si me preguntaras cuál es la idea más importante que ha formado mi manera de criar a mis hijos es esta: los niños son personas.

Pareciera obvio. Claramente, ellos tienen brazos, piernas, orejas, ojos, y bocas, lo que los hace calificar como personas. Pero la idea de “persona” va mucho más allá de tan solo poseer un cuerpo humano, va hasta el centro de su ser y habla de su valor. Los niños portan la imagen de Dios, igualmente que los adultos. Bueno, no igualmente que los adultos; es verdad que ellos están desarrollándose física, emocional, y espiritualmente a una velocidad diferente que los adultos, pero su valor intrínseco y dignidad no aumentan o disminuyen dependiendo de la velocidad o grado de su desarrollo. Como el Dr. Seuss dijo célebremente: “Una persona es una persona, sin importar su tamaño”.

Si me preguntaras cuál es la idea más errónea que he escuchado acerca de la crianza de los hijos, sería esta: la Biblia es relativamente muda en el tema de la crianza.

Superficialmente esta frase pareciera verdad. Cuando pensamos en “pasajes sobre la crianza” normalmente pensamos en esos que explícitamente mencionan a padres, hijos, autoridad, e instrucción: Deuteronomio 6, el quinto mandamiento en Éxodo 20, “el que detiene el castigo a su hijo aborrece”, “instruye al niño en su camino”, “hijos obedezcan en el Señor a sus padres”, y unos cuantos otros versículos. Puede que aún traigamos el ejemplo del hijo pródigo o las aflicciones en la crianza de los patriarcas como puntos de comparación. Pero fuera de estos, solo unos cuantos pasajes mencionan la relación padre-hijo específicamente, lo cual lleva a muchos a concluir que mayormente Dios nos ha dejado a nosotros la tarea de resolver esto de la crianza. Una conclusión que se entiende.

Hasta que recordamos que los niños son personas.

Porque si los niños son personas, entonces también son nuestro prójimo. Esto significa que cada imperativo en las Escrituras que habla de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos repentinamente tiene peso sobre cómo criamos a nuestros hijos. Cada mandato de amar a gran costo, con gran esfuerzo, y con sabiduría divina se convierte en más que un mandamiento sobre amar a nuestros compañeros de trabajo, o a la gente de nuestra iglesia, o a la gente en la calle, o la gente en el refugio para personas sin hogar. Se convierte en un mandato a amar a las personas que viven bajo el mismo techo que yo, sin importar qué tan pequeñas sean. Si los niños son personas, entonces nuestros propios hijos son el prójimo más cercano. Ningún otro prójimo vive más cerca o necesita más de nuestro amor sacrificial.

De pronto, una gran parte de la Biblia ya no es nada silenciosa en el tema de la crianza.

Reconocer a mis hijos como mi prójimo me ha liberado para disfrutar de su presencia como personas en lugar de resentirme con ellos.

Reconocer que mis hijos son mi prójimo ha impactado la manera en la que los disciplino, les hablo, y la manera en la que hablo de ellos. Ha requerido que tome en cuenta qué tan fácil es para mí tratar a aquellos más cercanos a mí de maneras en las que nunca trataría a un amigo o a un compañero de trabajo. Me ha ayudado a hacer que mis hijos sean objetos de mi compasión en lugar de menosprecio. Soy más capaz de celebrar sus éxitos sin darme el crédito, y de entristecerme por sus fracasos sin verlos como reflejo de que soy una mala madre. Reconocer a mis hijos como mi prójimo me ha liberado para disfrutar de su presencia como personas en lugar de resentirme con ellos por generar tanta ropa sucia, ingerir tanta comida, hacer tanto desorden, hacer berrinches, y gastar mi dinero.

Excepto que no siempre me siento así. Y en esos días necesito recordar otra vez lo que las Escrituras enseñan acerca del amor hacia el prójimo, y por lo tanto tengo que confesar que no he amado a mi hijo de esa manera, y comenzar de nuevo. Y la Escritura provee mucha ayuda. Aquí hay algunos versículos “no típicos” sobre la crianza que me redireccionan hacia el amor a mi prójimo en los días que no salen como deberían:

Cuando quiero corregir a mis hijos con dureza:

“La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor”, Proverbios 15:1.

Cuando quiero darles una lección:

“Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios”, Santiago 1:19-20.

Cuanto quiero que ellos me hagan ver grandiosa:

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien, con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”, Filipenses 2:3-4.

Cuando siento que ayudarlos es una carga:

“Entonces los justos Le responderán, diciendo: ‘Señor, ¿cuándo Te vimos hambriento y Te dimos de comer, o sediento y Te dimos de beber? ¿Y cuándo Te vimos como extranjero y Te recibimos, o desnudo y Te vestimos? ¿Cuándo Te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a Ti?’. El Rey les responderá: ‘En verdad les digo que en cuanto lo hicieron a uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños, a Mí lo hicieron’”, Mateo 25:37-40.

Cuando quiero recibir reconocimiento por lo duro que trabajo como madre:

“Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que tu limosna sea en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público”, Mateo 6:3-4.

Cuando no quiero perdonarlos por sus ofensas:

“Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo”, Efesios 4:31-32.

Cuando he perdido totalmente el panorama por enfocarme en los detalles:

“El siervo del Señor no debe ser rencilloso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido. Debe reprender tiernamente a los que se oponen, por si acaso Dios les da el arrepentimiento que conduce al pleno conocimiento de la verdad, y volviendo en sí, escapen del lazo del diablo, habiendo estado cautivos de él para hacer su voluntad”, 2 Timoteo 2:24-26.

El último verso lo tengo en una tarjeta en mi refrigerador.

Vamos a administrar nuestra crianza correctamente si recordamos que, primeramente, nuestros hijos son personas a quienes debemos atesorar.

Es verdad que los hijos son responsabilidades que Dios nos ha dado para administrar como mayordomos. Pero solo vamos a administrar nuestra crianza correctamente si recordamos que, primeramente, nuestros hijos son personas a quienes debemos atesorar. Cuando atesoramos a nuestros hijos como a nuestro prójimo, quitamos de nuestra forma de disciplina cualquier pizca de condenación, culpabilidad, o desprecio. Cambiamos nuestro lenguaje para que comunique amor y valor, aun cuando tenemos que decir palabras de corrección. Y reemplazamos nuestras oraciones de “por favor cambia a mi hijo enfadoso” con oraciones de “por favor ayúdame a amar a mi pequeño prójimo que has puesto en mi hogar, así como tú me has amado”.

Los niños son personas. Nuestros hijos son nuestros vecinos más cercanos y queridos. Mamá y papá, usa cada día para mostrar amor primeramente a tu prójimo con el que compartes el mismo techo. Y anímate: la Biblia tiene ayuda sobreabundante para ti.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Ana Róbinson.
Imagen: Lightstock.
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