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¿Jesús hacía ejercicio?

Comencemos haciendo la pregunta: «¿Jesús hacía ejercicio?», y eso nos ayudará a considerar: «¿Qué haría Jesús para ejercitarse hoy en día?». La pregunta nos lleva a reflexionar en cuán contextual, de nuestra civilización e incluso generacional es este fenómeno moderno del ejercicio.

Mi respuesta sencilla a la pregunta «¿Jesús hacía ejercicio?» es: «No». Él no se ejercitaba de la manera en que yo definiría el «ejercicio». ¿Era físicamente activo? Sí, de hecho, lo suficientemente activo como para no necesitar «ejercicio».

Pediré prestada una definición sencilla del ejercicio de Daniel Liberman de Harvard: «actividad física voluntaria que se emprende por el bien de la salud y el buen estado físico». Si eso es el «ejercicio», entonces, hasta lo que sabemos, Jesús no se ejercitaba. No tenemos registro de que Él optara por una actividad física extra para complementar algún estilo de vida sedentario, con el fin de obtener y mantener una salud física santa. Él no lo necesitaba, ya que trabajó con Sus manos como carpintero hasta los treinta años. Además, caminaba a dondequiera que iba (con excepción de esa famosa entrada triunfal en Jerusalén en el Domingo de Ramos). Hace dos milenios, los hombres comunes como Jesús pasaban más tiempo de pie y tenían vidas mucho más activas que nosotros en la actualidad.

Para empezar, no tenían automóviles, y eso es más importante de lo que muchos de nosotros nos damos cuenta. Tan solo en el último siglo, los automóviles (y el transporte aéreo) se han convertido en algo que damos por hecho, hasta el punto en que a duras penas nos imaginamos la vida sin ellos. El lugar donde vivimos, trabajamos, nos divertimos y vamos de compras ahora lo decidimos con base en que los automóviles nos movilicen de un lugar a otro, antes que caminar. Con el paso del tiempo, día tras día, semana tras semana, año tras año, eso nos lleva a tener vidas más sedentarias que la mayoría de los humanos no tenían hace poco tiempo.

Jesús no era pecador. No era perezoso, por lo que no pasaba sentado más tiempo del que era santo. Y no era glotón; no comía en exceso

A esto habría que añadir el surgimiento de la televisión a mediados del siglo pasado y, ahora, la omnipresencia de las pantallas en todos los lugares a los que vamos, sin olvidar las pantallitas que llevamos en nuestros bolsillos y manos durante todo el día.

Mientras tanto, hace dos milenios (y hace solo 200 años), la mayoría de la gente iba caminando adondequiera que iba. Día tras día, durante su adolescencia y pasados los veinte años, Jesús trabajaba con Sus manos y estaba de pie. Luego, en Su ministerio público, Jesús caminó por toda Galilea y la Palestina del primer siglo. Cada vez que iba y venía de Jerusalén, Sus sandalias acumulaban otros 240 kilómetros.

Además, recuerda que Jesús no era pecador. No era perezoso, por lo que no pasaba sentado más tiempo del que era santo. Y no era glotón; no comía en exceso.

Entonces, mi respuesta simple a la primera pregunta es no, Jesús no hacía ejercicio en el sentido en que yo definiría «ejercitarse», y no lo necesitaba.

¿Jesús haría ejercicio hoy?

Ahora viajemos veinte siglos, a las tecnologías impactantes y diferentes de nuestros tiempos. Nos preguntamos: «¿Qué haría Jesús hoy? Si Jesús estuviera entre nosotros, en la actualidad, en nuestra era mucho más sedentaria, ¿haría ejercicio?».

Yo empezaría por la vocación y la ocupación, que para la mayoría de los adultos constituyen una gran porción de nuestra vida cotidiana. Si Jesús realizara hoy en día una labor manual, trabajando con Sus manos y de pie, y caminando regularmente kilómetros para ir de un lugar a otro, entonces no necesitaría optar por una «actividad física voluntaria que se emprende por el bien de la salud y el buen estado físico». Si su vida fuera lo suficientemente activa, aparte del ejercicio, y experimentara el movimiento regular del cuerpo humano diseñado por Dios que le ayuda a funcionar de manera óptima, no necesitaría hacer ejercicio.

Pero para muchos de nosotros, rodeados de pantallas, sentados durante nuestros desplazamientos diarios y sentados en nuestros trabajos, necesitamos la «actividad física voluntaria» de ejercicio. El ejercicio es un fenómeno moderno y reciente que nos ayuda a alcanzar los niveles normales de movimiento para los que Dios diseñó nuestros cuerpos, para nuestra salud física, mental y emocional.

Si Jesús estuviera entre nosotros ahora y tuviera una vocación bastante sedentaria, sospecho que haría ejercicio. Muchos de nosotros, los trabajadores modernos, pasamos horas interminables sentados y casi sin movernos, y esto puede ser especialmente cierto en el caso de los pastores. Estamos frente a nuestras computadoras escribiendo sermones, leemos mucho (¡como debe ser!), y tenemos citas de consejería en las que nos sentamos en una habitación.

Creo que el pastor promedio hoy en día sería sabio si complementara su vocación con algún tipo de ejercicio. Y sospecho que Jesús haría algún tipo de ejercicio moderado si llevara un estilo de vida sedentario como muchos de nosotros hoy en día.

Por supuesto, como hombre perfecto, Jesús tampoco comería en exceso ni sería perezoso. Mientras tanto, las tecnologías modernas nos han entrenado para movernos solo lo necesario. Hemos sido condicionados, no solo con alimentos y bebidas altamente calóricos, sino también con interminables comodidades, a esperar la facilidad y el camino de menor resistencia. Esperamos dar el mínimo esfuerzo. Cuando llego a un estacionamiento, mi instinto como persona moderna es: «¿Dónde está el espacio más cercano disponible?». ¿En serio? ¿En lugar de caminar diez o cincuenta pasos más? No vivo en una época de hambruna. Esos pasos adicionales me harán bien, no mal.

Así que sospecho que Jesús evaluaría su propia vocación, los niveles de actividad de Su vida laboral y de Su vida en general, y compensaría, según fuera necesario, la inactividad física con algún ejercicio modesto.

¿Qué haría Jesús?

Finalmente, entonces, ¿qué haría Jesús para ejercitarse? En realidad, aquí entramos en el terreno de la especulación, pero creo que podríamos terminar con un par de lecciones constructivas.

Creo que Jesús buscaría el tipo de actividades físicas que le sirvieran para hacer que Su voluntad y Su cuerpo estuvieran listos para glorificar a Su Padre

En primer lugar, dudo que Jesús sería un fisicoculturista. No creo que correría maratones ni que hiciera triatlones. Dudo que el Hijo de Dios encarnado, como Dios mismo entre nosotros como el Hombre por excelencia, sería un atleta extremo.

Creo que su ejercicio sería más modesto y que seguiría sin tener «aspecto hermoso ni majestad para que lo miremos» (Is 53:2) en el escenario o en la pantalla. Jesús buscaría el tipo de actividades físicas que le sirvieran para mantener la claridad mental y la salud emocional, para hacer que Su voluntad y Su cuerpo estuvieran listos para glorificar a Su Padre y emprender actos de servicio para bendecir a los demás y suplir sus necesidades con amor. Sus motivaciones para hacer ejercicio serían santas, no vanas: agudeza de mente, alegría de corazón, disposición para hacer el bien, siempre deseoso de magnificar a Su Padre (Mt 5:16).

Para que quede claro, el apóstol de Jesús afirma que «el ejercicio físico aprovecha poco» (1 Ti 4:8). No sería pecado que Jesús fuera más allá del ejercicio modesto para entrenar de manera especial Su cuerpo para ganar fuerza, resistencia y agilidad. Tampoco es pecado que Sus seguidores se entrenen más allá de las exigencias mínimas del ejercicio. Afirmo que los cristianos de hoy pueden ser corredores de fondo y fisicoculturistas, aunque el único Dios-Hombre no lo fuera.

Pero por mínima o máxima que sea nuestra propia actividad corporal, todos haremos bien en consagrar nuestro ejercicio y entrenamiento al recibir lo que Dios ha dicho acerca de nuestros cuerpos y su movimiento, al orar regularmente con sinceridad sobre y para nuestra vida corporal (1 Ti 4:4-5). La oración sincera y regular será de gran ayuda para santificar nuestro ejercicio.


Publicado originalmente en Crossway. Traducido por María del Carmen Atiaga.
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