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¿Crees que un líder cristiano caído puede ser restaurado? ¿Si no, por qué no? Pero si sí, ¿bajo qué condiciones?


Esta pregunta se ha vuelto cada vez más apremiante, debido en gran parte al número de líderes cristianos que han reconocido públicamente que han caído en pecado, a menudo (pero ciertamente no siempre) en un pecado de naturaleza sexual. Se han escrito libros sustanciales sobre el tema; ciertamente no voy a resolver todas las dificultades en mil palabras más o menos.

Pero quizá pueda exponer cuáles son algunos de los temas cruciales, en cuatro puntos.

1) Definir la pregunta

La pregunta planteada es a veces ambigua, o incluso tendenciosa. “¿Crees que un líder cristiano puede ser restaurado?”. La primera respuesta debe ser: “¿Restaurado a qué?”. Supongamos que el pecado es sexual. ¿La restauración significa “restaurado a su familia”? Eso dependerá del cónyuge, y la reacción del cónyuge dependerá de muchos factores. Más comúnmente, “restaurado” en la mente del que hace la pregunta realmente significa “restaurado al Señor”. La respuesta obvia es un alegre “¡Sí!”, por muy grave que sea la conducta sexual, no es en sí el pecado imperdonable.

Pero eso no significa necesariamente que el líder cristiano que ha sido restaurado al Señor, y tal vez restaurado a la membresía y participación de la iglesia en la mesa del Señor (si asumimos que él o ella ha sido excomulgado), también debe ser restaurado al liderazgo cristiano. No todos los cristianos de buena reputación en la iglesia están calificados para todo cargo en la iglesia.

Entonces, si alguien ha sido destituido de su cargo por una razón bíblicamente justificable, la pregunta sobre la restauración a ese cargo ahora se centra en si esa persona cumple o no los requisitos obligatorios bíblicos de ese cargo.

2) Cumplir con los requisitos bíblicos del oficio

Si la persona en cuestión cumple o no con los requisitos obligatorios bíblicos de ese oficio, ahora se abordan dos asuntos relacionados. Para darle una forma concreta a la discusión, supongamos que estamos tratando con un expastor que ha sido disciplinado por adulterio, pero que se arrepintió, se puso bajo el cuidado de los ancianos (pastores) de la iglesia, y fue restaurado a la membresía de la iglesia (asumiendo que había sido removido).

Ahora surge la pregunta de si puede ser restaurado o no a un cargo pastoral. Los dos asuntos relacionados a explorar son estos:

(A) ¿Está en peligro de volver a cometer el pecado? Esto requiere un juicio pastoral en cuanto a la medida del arrepentimiento, el grado de su restauración espiritual, la naturaleza de la resolución, y la responsabilidad que mostrará en el futuro. Seamos francos: la cantidad de personas (incluidos los pastores) que ofenden en esta área y luego vuelven a ofender es extremadamente alta.

Aparte de la obligación moral de los ancianos de proteger al rebaño de un pastor depredador (y en esta sociedad litigante, esa obligación tiene muchas dimensiones), existe la obligación de llegar a un consenso sobre si el delincuente ha sido restaurado o no a un tipo de firmeza moral que haga improbable que vuelva a caer. En términos bíblicos, los líderes deben determinar si el expastor ahora realmente tiene “autocontrol” (1 Ti. 3:2), y que es alguien que sabe bien cómo gobernar su propia familia (1 Ti. 3:4). Porque estos elementos se encuentran en el dominio donde su adulterio ha demostrado que él no está calificado para ser un supervisor, un pastor.

(B) ¿Hasta qué punto su fracaso moral ha destruido su credibilidad, tanto entre los fieles como entre los de afuera?

3) Medir su credibilidad

La segunda de estas dos preguntas requiere una mayor reflexión. Cuando los partidarios del pastor caído acusan a los ancianos o a la iglesia de no ser amorosos y no ser perdonadores si no lo restauran al liderazgo, y en voz alta le recuerdan a todos que el adulterio no es el pecado imperdonable, es profundamente importante señalar que tales argumentos no son nada más que un desvío engañoso. El verdadero problema es la credibilidad pública. Pablo insiste en que “el obispo debe ser irreprochable” (1 Ti. 3:2) y “debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera” (1 Ti. 3:7).

La categoría de “irreprochable” no exige perfección sin pecado. Más bien, lo que exige es que el candidato no tenga un defecto moral por el cual mucha gente lo “reproche”. Además, vale la pena pensar en que este pastor debe tener “una buena reputación con los de afuera”. A veces, una iglesia está tan sentimentalmente unida a su pastor que incluso cuando cae en un pecado grave, muchos en la iglesia, tal vez incluso la mayoría, estarán felices de dejarlo permanecer en el cargo pastoral, siempre que muestre signos adecuados de arrepentimiento.

¿Pero qué hay de los de afuera? ¿Miran su adulterio, asienten, y sonríen? ¿Se rebajó el nombre de Cristo, no solo porque el pastor ha cometido adulterio, sino también porque la iglesia ha indicado que no le importa ser dirigida por un hombre que no puede mantener su cremallera cerrada? ¿Ha perdido tanto la credibilidad este pastor que cuando predica sobre algo que tiene que ver con moralidad e integridad, un exceso de suspiros corteses escapará de los creyentes, o de los no creyentes, o de ambos?

4) Hacer las preguntas difíciles

En este sentido, entonces, los ancianos deben hacer preguntas difíciles no solo sobre cómo este pastor caído se está comportando en sí mismo, sino también sobre cómo se ha visto afectada su credibilidad, tanto con la iglesia como también afuera. Si están satisfechos con la mejora del pastor en la cuestión anterior, sin embargo, deben hacer las preguntas difíciles sobre la cuestión posterior. En este momento, la posibilidad de que el pastor caído sea restaurado a un liderazgo pastoral activo no es más que la cuestión de cómo (o si) puede recuperar la credibilidad pública.

En esta cuestión rompo con algunos intransigentes, que insisten en que debe descartarse la restauración de un cargo público, precisamente porque este tipo de credibilidad pública se pierde para siempre. Yo no estoy tan seguro. Estoy bastante seguro de que el tipo de retiro autoimpuesto de tres meses de Jimmy Swaggart, seguido de su autodeclaración de regresar a la oficina pastoral, es una broma triste. En teoría, sin embargo, no puedo ver por qué un hombre no puede recuperar la credibilidad al comenzar de nuevo, comenzar desde abajo y demostrar ser fiel en las cosas pequeñas.

Quizá comience limpiando el edificio, estacionando autos para los ancianos en el estacionamiento de la iglesia, asistiendo a las reuniones de oración. Quizá, después de algunos años, su participación en un grupo en casa sea de tal humildad y de tal calidad que ocasionalmente se le pida que dirija el grupo. Quizá con el tiempo se convierta en un diácono fiel, y después de algunos años, la integridad de su vida familiar junto con la profundidad de su conocimiento bíblico convenza a más y más personas de que se le puede confiar más. Quizá él comience a predicar de vez en cuando. Y así, durante un largo período de tiempo, pueda recuperar una gran cantidad de confianza pública y ser restaurado a cierta medida de liderazgo espiritual.

Pero este tipo de camino hacia la restauración del oficio pastoral implica dos cosas. Primero, es dudoso que este hombre recupere la autoridad que tenía antes de su caída. Demasiadas personas sabrán lo que sucedió y nunca podrán olvidarlo por completo. Incluso si están de acuerdo en que el hombre ha recuperado una credibilidad sustancial, cuando hable de ciertos temas, inevitablemente recordarán su propio fracaso atroz. Y segundo, este modelo de restauración presupone que cuanto más prominente sea el pastor antes de la caída, más improbable es su restauración total a la confianza pública después de la caída. Su misma prominencia significa que más personas serán devastadas por esta caída, y más personas de afuera harán comentarios malos, y eso asegura que su restauración tomará más tiempo, será más difícil, y tal vez resulte imposible.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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