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Imágenes de muchedumbres que protestan para exigir cambios sociales en países como Estados Unidos, Bolivia, Chile, Ecuador, Hong Kong, Irán, Egipto, y Líbano (por nombrar algunos) han inundado las redes sociales en los últimos meses.

Como cristianos, no debemos apoyar las protestas que se vuelven violentas o que persiguen causas injustas. Sin embargo, al ver un escenario mundial lleno de tanta injusticia somos motivados a clamar al Señor como hizo el profeta Habacuc (Hab. 1:1-4).

Esto también nos lleva a considerar si es legítimo protestar pacíficamente por los motivos correctos. ¿Por qué los seres humanos —especialmente si somos cristianos— deberíamos abogar por una sociedad justa?

Existe una respuesta corta y una larga. La respuesta corta es… bueno, corta: constituye un deber humano.

Llamados a administrar la tierra

La Biblia enseña que Dios tenía una tarea específica para la humanidad. Esa tarea es palpable cuando “Dios vio todo lo que había hecho; y era bueno en gran manera” (Gn. 1:31). Los teólogos cristianos han entendido por mucho tiempo que la frase “bueno en gran manera” significa que la creación no solo era cualitativamente buena, sino también moralmente buena. Por diseño, el universo estaba sujeto a los estándares morales de Dios para continuar desarrollándose y reflejar la bondad de Dios.

Sin embargo, las normas morales de Dios requerían agentes morales:

“Entonces Dios dijo: ‘Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen, para que sean como nosotros. Ellos reinarán sobre los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, todos los animales salvajes de la tierra y los animales pequeños que corren por el suelo’ […] Luego Dios los bendijo con las siguientes palabras: ‘Sean fructíferos y multiplíquense. Llenen la tierra y gobiernen sobre ella’” (Gn. 1:26, 28; NTV).

En su libro Toda buena obra, Timothy Keller señala que la orden “llenen la tierra” significa “civilización, no solo procreación”. Si bien las plantas y los animales también debían multiplicarse, “solo a los seres humanos se les da la multiplicación como una tarea a cumplir de manera intencional”, plantea Keller. Esto significa que “Dios no quiere simplemente más individuos de la especie humana, también desea que el mundo se llene de una sociedad humana”. Por tanto, la orden de gobernar la tierra debe verse como mayordomía o regencia. “Dios es el dueño del mundo pero lo ha puesto al cuidado nuestro”.[1]

Como mayordomos de Dios, fuimos creados para reflejar el carácter moral y la bondad de Dios en toda la tierra

Este deber humano es la respuesta corta a por qué todos (creyentes o no) deberíamos abogar por una sociedad justa. Como mayordomos (o regentes) de Dios, fuimos creados para reflejar el carácter moral y la bondad de Dios en toda la tierra, para que las familias, las comunidades, y los municipios puedan florecer. En otras palabras, Dios ha dado a los seres humanos la responsabilidad de mejorar este mundo.

Esto significa que cuando buscamos culpar a alguien por los males que hoy afectan al mundo (incluido el coronavirus), no es Dios quien nos ha fallado: ha sido la raza humana. Fuimos creados para la “civilización”. “Los cielos pertenecen al Señor —declara el salmista—, pero él ha dado la tierra a toda la humanidad” (Sal. 115:16, NTV). Nuestro deber es buscar la prosperidad de este mundo.

Sin embargo, aparte de esta respuesta corta, existe una respuesta larga para la pregunta que planteamos al comienzo: el cristiano es llamado a abogar por una sociedad justa. Tal vez pienses que eso no parece una respuesta larga en absoluto. No obstante, yo planteo que sí lo es porque requiere una explicación más extensa.

Amar a nuestro prójimo

La mayoría de los cristianos entienden el llamado bíblico de amar al prójimo. Después del mandamiento de amar a Dios, Jesús también ordenó “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, afirmando que “no hay otro mandamiento mayor que estos” (Mr. 12:31).

Sin embargo, la mayoría de los cristianos no se dan cuenta de que esta es una cita explícita del Antiguo Testamento. En Levítico 19:18, Dios, por primera vez, ordenó al pueblo de Israel: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”.

El tipo de amor bíblico que caracteriza el amor por el prójimo es ese que encarna la equidad y la justicia

Hablando sobre eso, el Dr. Paul R. House sostiene que el principio de amar al prójimo, tal como se encuentra en Levítico 19, nos brinda una nueva percepción para comprender el uso de este principio en las palabras de Jesús:

“Éxodo 21:24 y Deuteronomio 19:21 establecen que el estándar del pacto para la justicia es ‘ojo por ojo, diente por diente’, lo cual significa que cada castigo debe corresponder con el delito tratado. Levítico 19:15 ofrece un estándar similar, indicando que a cada persona se debe mostrar equidad —y no parcialidad—, independientemente de su posición económica. Como explicación adicional de este principio, Levítico 19:18 ordena a Israel que ame a su prójimo como a sí mismo. Este amor apropiado se define por la equidad y la justicia, no la venganza ni un ‘amor’ que nunca se opone a lo mal hecho”.[2]

Según House, el tipo de amor bíblico que caracteriza el amor por el prójimo es ese que encarna la equidad y la justicia.[3] Por esta razón, él concluye que este principio de amar al prójimo “se erige como un medio universal para juzgar el pecado humano”.[4]

Equidad y justicia

En la parábola del buen samaritano, Jesús habló de un hombre que padeció injusticia y fue tratado abusivamente. Este fue atacado por ladrones. Le quitaron la ropa, le pegaron, y lo dejaron “medio muerto” (Lc. 10:25-37). De los tres individuos que podrían haber ayudado a este hombre (el sacerdote, el levita, y el samaritano), fue el samaritano quien demostró ser su prójimo y lo trató con compasión.

Por lo general, nosotros no identificamos la compasión con la equidad o la justicia. Pero Levítico 19 da por hecho el acto de compasión cuando Dios manda a los israelitas a no quedarse “con los brazos cruzados cuando la vida de tu prójimo corre peligro” (Lv. 19:16, NTV). Sin embargo, para evitar quedarse de brazos cruzados, Jesús dijo que el sacerdote y el levita de la parábola decidieron cruzar “al otro lado del camino” y dejar que el hombre herido muriera. En otras palabras, los ladrones no fueron los únicos en cometer una injusticia y tratar a este hombre abusivamente. El sacerdote y el levita también lo hicieron.

Además, el hombre atacado por ladrones viajaba de Jerusalén a Jericó, lo cual significa que posiblemente este era un conciudadano judío. Y el samaritano, perteneciente a un grupo a menudo marginado por los líderes religiosos judíos, fue el que siguió fielmente la orden de Levítico 19. Consideró al israelita desconocido como su prójimo y no se quedó de brazos cruzados mientras su vida corría peligro. Así demostró compasión, y no buscó venganza ni guardó rencor contra él cuando tuvo la oportunidad (Lv. 19:18).

Un dato interesante de la parábola es que el sustantivo “samaritano” podría derivarse de la frase hebrea “guardián de la ley (שמרים, shmrym)”, lo que marca un contraste sorprendente con el “experto en la ley” que intentó justificarse ante Jesús y a quien el Señor contó la parábola (Lc. 10:29).[5] La palabra “ley” en ese texto se refiere a los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, que incluyen Levítico 19:18. Como experto, aquel hombre sabía lo que la ley planteaba (Lc. 10:27-28); pero como individuo, no logró ponerla en práctica. Es decir, no trataba a su prójimo con la equidad y justicia que la ley exigía.

Amar al prójimo como a uno mismo significa tratarlo con la misma equidad y justicia que esperamos para nosotros

Solo “el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley”, expresó Pablo (Ro. 13:8). Y “toda la Ley en una palabra se cumple en el precepto: ‘Amaras a tu prójimo como a ti mismo’” (Gá. 5:14).

Busquemos la justicia

Si amar al prójimo es un llamado cristiano, entonces buscar la equidad y la justicia a favor del prójimo constituye también un llamado cristiano. Amar al prójimo como a uno mismo significa tratarlo con la misma equidad y justicia que esperamos para nosotros.

Creo que nuestro llamado cristiano no es tan diferente de nuestro deber humano. Fuimos creados para la civilización y las entidades morales no siguen siendo morales por sí mismas. Como agentes morales activos de Dios, las familias, las comunidades y los municipios pueden florecer sobre toda la creación si nosotros cumplimos nuestro llamado.

Por lo tanto, sigamos abogando por una sociedad justa mientras oramos por sabiduría para saber cuáles pasos tomar en pos de eso y permanecemos centrados en el evangelio.


[1] Timothy Keller, Katherine Leary Alsdorf. Every Good Endeavor: Connecting Your Work to God’s Work (Nueva York: Dutton, Penguin Random House LLC, 2012), pp. 56–57.
[2] Paul R. House. Old Testament Theology. (Downers Grove, IL, InterVarsity Press, 1998), p. 151.
[3] Es importante tener en cuenta que el Antiguo Testamento tiene llamados en contra de la opresión y violencia, pronunciados por profetas que llamaron al pueblo a obedecer la Palabra de Dios (véase p. ej., Isaías 10:1-4 y Jeremías 7:1-8).
[4] Ibíd, p. 151-152.
[5] John D. Barry, et al (eds.), The Lexham Bible Dictionary (Bellingham, WA: Lexham Press, 2016), «Samaritans».
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