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Parece que en estos días las únicas noticias dignas de ser publicadas son las cargadas de negatividad. Por supuesto, en algunos casos es inevitable. Los trabajadores de salud, los líderes de gobierno, y los medios de comunicación, cada uno tiene la responsabilidad moral de reportar los hechos, tal y como son, con transparencia y precisión.

En otros casos, sin embargo, es lamentable cómo se transmite la información. Me refiero a las teorías de conspiración difundidas por supuestas fuentes de confianza; los mensajes pesimistas compartidos con frecuencia en nuestros grupos de WhatsApp y Messenger; y, en particular, las noticias “apocalípticas” que suelen salir de la boca de los cristianos.

Con eso último, no me refiero a las noticias de hechos analizados a la luz de la Palabra de Dios. Me refiero a las noticias que interpretan los hechos de una manera tan oscura, que dan la impresión de que Dios solo permite las catástrofes naturales, las crisis mundiales, o las tragedias personales para destruir o castigar.

No me mal entiendas, no quiero decir que Dios nunca castiga. Claro está, “el Señor al que ama, disciplina” (Heb. 12:6). Más bien, quiero decir que los eventos negativos no siempre tienen el propósito de castigar. Las desgracias humanas a veces son herramientas divinas para cumplir un propósito superior. Esto es algo para recordar en medio de la pandemia.

Cuando el mal sirve para bien

Tomemos, por ejemplo, al “hombre ciego de nacimiento” del cual leemos en Juan 9. Los discípulos le preguntaron a Jesús: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?” (v. 2). Nota que los discípulos no preguntaron por qué el hombre nació ciego. Al parecer, entendían que la ceguera se debía a algún pecado de él o sus padres. La respuesta del Señor es pertinente para nosotros: “Ni éste pecó, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él” (v. 9:3).

Jesús enseñó una verdad que solemos olvidar en tiempos de crisis: Las desgracias que nos agobian en la vida no vienen únicamente con el fin de castigarnos. A veces son permitidas por Dios para llevar a cabo un propósito en el panorama de su voluntad. Sin embargo, para el ser humano es difícil pensar que algo bueno puede salir de algo malo. Precisamente, así pensaron los hermanos de José cuando murió su padre Jacob.

En Génesis 50:15 leemos: “Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, dijeron: ‘Quizá José guarde rencor contra nosotros, y de cierto nos devuelva todo el mal que le hicimos’”. Los que conocen esta historia saben que los hermanos de José lo aborrecían y lo tomaban en poco. Para colmo, ellos lo vendieron como esclavo y le mintieron a su padre sobre su bienestar, diciéndole que una fiera había devorado a su hijo menor en el camino. Como podrás entender, para evitar la venganza de un hermano que, además de tener razones para guardar rencor, ocupa la segunda posición más influyente en la nación más poderosa del mundo conocido, los hermanos de José salieron a suplicar su perdón.

Nuevamente, la respuesta de José es pertinente para nosotros: “No teman, ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente” (Gn. 50:19–20).

Las desgracias que José soportó no eran un fín en sí mismas. Dios obró algo bueno (preservar la vida de mucha gente) por medio de las malas acciones que tramaron los hermanos de José contra él. De igual manera, en Hechos 2:22-23 recordamos cómo Pedro señaló la crucifixión de Cristo, tramada por los líderes judíos, a mano de los romanos, como parte del plan predeterminado por Dios para hacer posible la salvación al mundo.

En el caso del hombre ciego, en la vida de José y más aún en la crucifixión de Cristo (y en otros ejemplos en la Biblia), vemos cómo Dios obró sus propósitos divinos por medio de las desgracias humanas, y cómo el mal (aún cuando es tramado por el hombre) puede servir para bien. Por lo tanto, hoy vale la pena preguntarnos: ¿qué bien puede salir de una pandemia mundial?

La pandemia como escenario para un despertar

Escribiendo sobre el 75 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, el presidente de Philos Project, Robert Nicholson, nos recuerda al historiador británico Herbert Butterfield, quien para darle sentido a la crisis causada por la guerra, en su obra Christianity and History [Cristianismo e historia] (Collins, 1949), recurrió a las enseñanzas del Antiguo Testamento: “Es casi imposible apreciar el gran desarrollo de la reflexión histórica del Antiguo Testamento fuera de una época que haya experimentado o confrontado grandes catástrofes” (p. 69).

Las secuelas de la Segunda Guerra Mundial cobraron la vida de decenas de millones de personas. Las ciudades más grandes de Europa quedaron reducidas a escombros masivos. Toda la humanidad quedó devastada y en búsqueda de fe, verdad, y significado. Según una encuesta que señaló Nicholson, más del 75% de los estadounidenses eran “miembros de un culto de adoración”, comparado con la mitad en la actualidad. Las palabras “bajo Dios” fueron agregadas por el congreso estadounidense en 1954 al Juramento de Lealtad a los Estados Unidos y su bandera. Más tarde, menciona Nicholson, algunos hablarían de los años postguerra como la época de un “Tercer Gran Avivamiento”.

Las crisis mundiales tienden a despertar los sentidos humanos a la naturaleza precaria de nuestra existencia. En palabras de Butterfield: “La austeridad del sufrimiento a veces lleva a los seres humanos a comprender con mayor profundidad el destino de la humanidad” (p. 74). Esta es una realidad que tiende a opacarse en tiempos de relativa paz y abundante prosperidad. A veces, afirmó Butterfield, “solo mediante un cataclismo el ser humano puede escapar de la red que con tanto trabajo ha tejido sobre sí mismo” (p. 61).

Hoy el mundo se enfrenta una crisis. Aunque no tan devastadora como una guerra, estamos sometidos a una nueva normalidad, paralizados por la incertidumbre del futuro, y vulnerables a las punzadas de una pandemia mundial. Pero los últimos años no han sido los mejores de nuestra sociedad. Plagados por trivialidades y polarización desde los institutos más altos de gobierno hasta nuestras iglesias locales, hemos vividos una de las etapas más polémicas y vergonzosas en nuestra historia. El coronavirus nos ha humillado a todos por igual y, como señala Nicholson, nos abre los ojos “a este universo arriesgado una vez más”.

Mientras la sociedad trabaja para combatir el virus y las iglesias oran por una intervención de Dios, podemos buscar consuelo en el mismo lugar que Butterfield. Las Escrituras nos recuerdan que los cataclismos y las catástrofes no necesitan marcar el final, y la historia evidencia cómo las crisis pueden ser escenarios para avivamientos.

¿Pudiera la pandemia mundial servir para un despertar espiritual? Confiamos en que sí. Los sufrimientos que hemos padecido en este tiempo no serán en vano.

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