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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado del libro Asombro (Poiema Publicaciones, 2019). Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

Solo tenía nueve meses de edad, pero sabía muy bien lo que estaba haciendo. Había comenzado a caminar, lo cual había abierto las puertas a un nuevo mundo de peligro. Yo lo había llevado hacia el tomacorriente para advertirle acerca de sus riesgos. Le dije que nunca lo tocara ni insertara nada en el mismo. No tenía idea de si estábamos comunicándonos o no.

Al día siguiente escuché sus pasitos acercándose mientras leía el periódico. Se asomó para ver si lo estaba observando, se dirigió hacia el tomacorriente y, justo antes de tocarlo, se giró para verme de nuevo. Esa mirada fue un momento hermenéutico. Me enseñó que este niñito no solo sabía que estaba haciendo algo que no debía, sino que también sabía que me estaba desobedeciendo. Estaba actuando en violación a lo que su padre amoroso le había advertido. En ese momento estaba dispuesto a romper su relación conmigo para experimentar algo que le había prohibido por amor a él. Este pequeño momento reveló no solo una lucha moral, sino también algo profundamente personal.

La ley dada al pueblo de Dios no era una prueba para que se ganaran Su amor; en lugar de ello, era una expresión de Su amor

Recordar ese momento con mi hijo me recordó otro momento que a simple vista parece totalmente diferente, pero que en el fondo es muy similar. Fue un momento asombroso que debió sorprender y atemorizar a todo el que estuviera presente. Nunca se había presentado una situación como esta. Fue diseñada para un grupo especial de personas con el propósito de que nunca más volvieran a ser las mismas. Cuando lees el relato de este momento percibes que las palabras no son capaces de captar su poderosa majestad. Dios eligió a un hombre para que estuviera más cerca de Él de lo que ningún hombre había estado después del desastre en el jardín del Edén. Y este hombre recibiría de la mano de Dios lo que Dios nunca antes había dado. Rodeado de la gloria de Dios, este hombre recibió la ley de Dios escrita en tablas de piedra.

Aunque la ley mosaica estableció condiciones para que las personas pudieran seguir disfrutando de las bendiciones de Dios, no fue otorgada como una lista de cosas que este grupo especial de personas debía cumplir para ganarse la aceptación de Dios y así entrar en una relación con Él. No, Dios ya los había elegido. Ya había puesto Su amor en ellos. Ya los había redimido de la cautividad. Ya les había prometido una tierra y un futuro. La ley que les había dado no era una prueba para que se ganaran Su amor; en lugar de ello, era una expresión de Su amor. Dios estaba favoreciendo con Su ley al pueblo que ya había elegido. Que hayan sido elegidos para recibirla es una muestra de la relación especial que tenían con Dios —una relación que las demás naciones no disfrutaban.

Cuando el asombro por algo que no sea Dios reemplaza el asombro por Él, la desobediencia reemplazará a la obediencia

Entonces esto implicaba que cuando desobedecieran, estarían haciendo algo muchísimo más profundo y significativo que simplemente quebrantar reglas morales abstractas. La desobediencia era personal. Romper las reglas significaba romper la relación. Darle la espalda al código moral de Dios era darle la espalda a Dios mismo. La rebelión era más que solo traspasar los límites legales; era deslealtad a Dios.

Lo mismo es verdad para nosotros. Por gracia, ahora somos el pueblo de Dios (1 Pe. 2:9). Dios nos ha dado la bienvenida a la comunión eterna con Él, lo que nunca hubiéramos podido ganarnos mediante nuestra propia justicia. Incluso en esos días que consideramos los mejores en nuestro récord moral, caemos muy por debajo del estándar divino. Le pertenecemos únicamente por Su misericordia desbordante y Su amor incalculable. Por tanto, desobedecer es adulterio espiritual, pues estamos entregándole a otra cosa o a otra persona el afecto que le pertenece a Dios.

Al leer las Escrituras me convenzo cada vez más de que la transgresión no es principalmente un problema con la ley, sino un problema de asombro que produce un problema con la ley. Cuando el asombro por otra cosa que no sea Dios secuestra y controla tu corazón, simplemente no permanecerás dentro de los límites establecidos por Dios. Pero cuando un temor profundo y reverente por Dios ha cautivado tu corazón, vivirás de forma voluntaria y gozosa dentro de los límites que Él te ha puesto.

El asombro por Dios producirá sumisión voluntaria, y una falta de asombro por Dios me llevará a traspasar Sus límites

El asombro es la base para una vida de obediencia. Cuando el asombro por algo que no sea Dios reemplaza el asombro por Él, la desobediencia reemplazará a la obediencia. Una vida de sumisión a la voluntad de Dios, a Su plan, a Sus mandamientos y a Sus propósitos fluye de la adoración a Aquel que ha dado esos mandamientos. Obedecer no es seguir un conjunto de leyes arbitrarias y abstractas. Obedecer es estar tan asombrados por Dios —por Su sabiduría, poder, amor y gracia— que esto nos lleve a querer hacer lo que Él dice que es correcto. La obediencia es más que cumplir de mala gana. Es una respuesta gozosa y voluntaria iniciada, estimulada y perpetuada por un corazón que ha sido capturado por la gloria, la bondad y la gracia de Dios.

Por tanto, no puedes amenazar, manipular ni forzar a alguien para que obedezca. Solo la gracia puede producir una sumisión gozosa. Solo la gracia puede abrir mis ojos ciegos para que contemplen la asombrosa gloria de Dios. Solo la gracia puede liberar a mi corazón de todos los sustitutos que me han capturado. Solo la gracia puede devolverme el asombro por Dios.

Así que, en nuestra desobediencia, no tenemos principalmente un problema con la ley; tenemos un problema de asombro. El asombro por Dios producirá sumisión voluntaria, y una falta de asombro por Dios me llevará a traspasar Sus límites.


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