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Soy adicto a la pornografía

Confesó cabizbajo un joven a uno de los líderes de su iglesia. El líder le respondió:

—Comprendo, Juan. Gracias por compartir ese secreto conmigo. Por lo que me cuentas, veo que ha aumentado tu ansiedad por consumir material de este tipo. Sin embargo, en esta primera plática quiero que salgas de aquí con esperanza. Nuestro Salvador es el Dios de la esperanza, como afirma Romanos 15:13. Y vamos a caminar juntos con el propósito de verlo restaurando tu vida y la de tu familia…

Si vives una situación parecida, y dudas sobre qué hacer con la adicción a la pornografía, necesitas saber que hay solución para ti. Pero primero necesitas confesar tu pecado. Toda adicción deshonra al Señor y se constituye en la autopista hacia la destrucción (Pr. 14:12).

Estas son algunas razones para buscar ayuda ahora:

1) Ya no tienes el control

Cuando presenciamos un incendio a gran escala no intentamos mitigarlo nosotros solos. De inmediato llamamos a los bomberos y organismos de emergencia para que se encarguen. Lo hacemos porque sabemos que es una circunstancia que sale de nuestro control.

Satanás sabe que si logra llevarte a un terreno en el que tus deseos te controlen totalmente, no podrás vivir la vida plena que Cristo te ofrece

Así también, una adicción a la pornografía controla tu vida porque tienes una dependencia persistente y compulsiva hacia ella. Ese pecado te domina y se ha convertido en un hábito que guía todo tu día. No puedes medir las consecuencias. Ellas ya no son un freno para ti. Por tanto, reconoce que necesitas que otros te asistan.

2) Confesar te conducirá a la libertad

La meta de Satanás es destruirte. Sabe que si logra llevarte a un terreno en el que tus deseos te controlen totalmente, no podrás vivir la vida plena que Cristo te ofrece. Vivirás esclavo del pecado aunque el Señor vino para darnos libertad (Ro. 6:5-6; Jn. 8:31).

Sé que estás cansado de las cadenas pesadas que subyugan tu alma. Entonces: ¡confiesa tu pecado! No podrás salir del hoyo sin eso. Cristo nos rescata para que vivamos en sumisa libertad para su gloria. Amado, busca ayuda en un confidente confiable y confiesa la lucha que tienes.

Proverbios 28:13 declara: “El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y los abandona hallará misericordia”. William MacDonald comenta:

“No hay bendición para el que encubre sus pecados, esto es, quien rehúsa llevarlos a la luz y confesarlos delante de Dios y cualquier otro al que haya ofendido. Pero todo aquel que confiesa y se aparta de sus pecados tiene la seguridad de que Dios no solo le perdona, sino que también los olvida (Heb. 10:17)”.

3) Evita dañar a quienes te rodean

En el 2007 escuché el testimonio de un líder cristiano que fue adicto a la pornografía. Captó mi atención el daño de esa adicción en su relación con su esposa y amigos. Él relató que cuando pensó en tocar sexualmente a su hija se dio cuenta de su urgente necesidad de buscar ayuda. Gracias a Dios, él pudo contar este testimonio porque fue restaurado.

Es ingenuo pensar que eso no pueda ocurrirte. Así que, reflexiona sobre las repercusiones de tu pecado en tus seres queridos. Si no buscas ayuda pronto, de alguna manera tu adicción se hará pública y dañará más a otros.

La pornografía, al igual que toda adicción, se constituye en la autopista hacia la destrucción

Nuestro Dios, previendo también los daños colaterales que provocan nuestros pecados, nos invita en Isaías 1:18: “Vengan ahora, y razonemos, dice el Señor: ‘Aunque sus pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos. Aunque sean rojos como el carmesí, como blanca lana quedarán’”.

4) Cristo no nos deja solos

Permíteme concluir animándote a que durante este viaje de restauración tengas estas verdades en mente:

  • La iglesia local es el lugar para buscar ayuda. “Por tanto, confiésense sus pecados unos a otros, y oren unos por otros para que sean sanados. La oración eficaz del justo puede lograr mucho” (Stg. 5:16).
  • La gracia de Cristo es suficiente. El favor que Dios otorga es inmerecido. Pablo destaca: “…pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Ro. 5:20).
  • Cristo cargó con tus pecados. Pedro nos recuerda que “Él [Cristo] mismo llevó nuestros pecados en Su cuerpo sobre la cruz, a fin de que muramos al pecado y vivamos a la justicia, porque por Sus heridas fueron ustedes sanados” (1 P. 2:24).

Cuando el pecado se vuelve un hábito perdemos el temor a Dios y eso nos insensibiliza. Nos hace olvidar el amor, cuidado, y la salvación que Dios nos da. Sin embargo, vuelve a Él en arrepentimiento confiando en sus fuerzas para hacerlo (Heb. 2:18).

No trates de apagar el incendio sin ayuda. Acude a tu Salvador y a tus hermanos en la fe. ¡Honremos a Dios con nuestros cuerpos y demos testimonio al mundo de su poder transformador!

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