Mamás: confiemos en Dios en las noches de insomnio

Recuerdo a la mujer que me hizo tenerle terror a ser madre.

Mi esposo y yo asistíamos a un estudio bíblico con otra familia que tenía cuatro hijos pequeños. Cada vez que venían al estudio, la mamá y el papá no podían mantener los ojos abiertos. La madre solo miraba fijamente al líder del estudio y gemía cada vez que tenía que levantarse para perseguir a los niños.

No podía relacionarme con ese nivel de agotamiento. Pero pronto aprendería. Caminaría esa travesía insomne cinco veces con cinco bebés. Yo misma me convertiría en esa mujer desgreñada y con la mirada perdida que asustaba a todas las mujeres jóvenes de la iglesia para que nunca quisieran tener hijos.

Ahora puedo mirar atrás, a esa temporada, y reírme de la locura. He salido del túnel. Sobreviví. Ahora les digo a mis hijos: “Estaba tan cansada cuando te tuve que puse mi teléfono en la nevera. Olvidé las palabras de la canción ‘Cristo me ama’. Puse aceite de oliva en mi café en lugar de crema. Corrí por toda la casa tratando de encontrarte y luego te encontré amamantando en mi pecho. Encendí la secadora sin nada dentro. Hacía sonidos de choo-choo cada vez que veía un tren, incluso si estaba completamente sola”.

Puedo reír ahora, pero no podía reír cuando estaba en medio de eso. Mi temporada de insomnio fue uno de los momentos más difíciles de mi vida.

Haciéndoles frente a nuestras limitaciones físicas

Cuando mi primer bebé tenía 4 semanas, tuve un horrible ciclo de insomnio. Mis hormonas posparto estaban fuera de control, y las raíces de la ansiedad me estrangulaban las oportunidades para dormir. Acostaba al bebé por la noche y me acostaba en mi cama mirando el reloj. Sabía que tendría un par de horas en el mejor de los casos antes de que el bebé se despertara para comer. A medida que pasaban los minutos, imaginaba que mis reservas de fuerza para el día siguiente se agotaban. Sabía que me quedaría sin nada.

Pero ¿qué podía hacer? Me sentía completamente impotente. Algunas veces tuve ataques de pánico, y tuve que levantarme y caminar solo para tratar de disminuir mi ritmo cardíaco.

Le rogué a Dios que me dejara dormir. “¿No sabes que necesito esto? —le supliqué—. ¿Cómo puedo hacer lo que me llamaste a hacer si no puedo dormir?”. Estaba confundida. Ser madre ya era bastante difícil. ¿Cómo podría hacerlo sin dormir?

El insomnio me obligó a mirar a la cara de mi total impotencia. Pero en lugar de encontrar un agujero negro de desesperación, encontré la gracia de Dios.

Es cierto que necesitamos dormir. Dormir es un buen regalo de Dios. Dios no trata nuestras necesidades físicas a la ligera. Él es quien nos creó con estas necesidades, y se deleita en satisfacerlas. Pero, como con muchos buenos regalos que satisfacen nuestras necesidades, este se había convertido en un ídolo para mí. Mi corazón le decía a Dios: “No puedo confiar en que me cuidas a menos que pueda dormir”. Mi esperanza estaba en el regalo, no en el Dador.

Dios estaba haciendo palanca para abrirme las manos y hacerme soltar mi peligrosa autosuficiencia. Estaba aterrorizada de lo que encontraría si realmente llegaba al final de mí misma. No quería saberlo. Pero Dios no me dio opción. El insomnio me obligó a mirar a la cara de mi total impotencia. Pero en lugar de encontrar un agujero negro de desesperación, encontré la gracia de Dios.

Misericordias diarias

En mis propias noches de insomnio y en los días tortuosos que siguieron, vi la misericordia de Dios. Hubo muchos días en que no pude ver nada más que la misericordia de Dios. Vi su misericordia en amigos y familiares que me dieron comida cuando apenas podía recordar dónde estaba la nevera. Vi su misericordia en siestas que pude tomar en momentos completamente imprevistos. Vi su piedad en el café. Vi su misericordia en versos que habían estado ocultos en mi corazón durante años y que de repente cobraron vida para abrazarme cuando sentía que me caía.

Esta etapa de insomnio nos recuerda bastante las cosas que están garantizadas, y las cosas que no lo están. No tengo garantizada una buena noche de sueño. Dios no me la debe.

Las mañanas pueden ser especialmente extenuantes. Pero ahí es exactamente donde Dios nos encuentra con nuevas misericordias.

Pero hay un confort más profundo que el simplemente sobrevivir una etapa. Hay algo que nos está garantizado, ahora mismo, con o sin sueño: “Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza: que las misericordias del SEÑOR jamás terminan, pues nunca fallan Sus bondades; son nuevas cada mañana; ¡grande es Tu fidelidad!” (Lam. 3:21-23).

Me encanta que ese versículo use la palabra “mañana”. Como madre con falta de sueño, las mañanas pueden ser especialmente extenuantes. Pero ahí es exactamente donde Dios nos encuentra con nuevas misericordias.

Puede que no me sienta “nueva” todas las mañanas, pero las misericordias de Dios siempre son nuevas. Mi energía puede ser poca (o inexistente), pero la fidelidad de Dios es grande. Mis piernas pueden tambalearse, pero el amor de Dios es firme. El insomnio me ha despojado de todas mis fuerzas una y otra vez, pero nunca me ha destruido. No importa cuán débil sea mi cuerpo, mi mente, o incluso mi fe, Dios ha sido “la fuerza de mi corazón y mi porción para siempre” (Sal. 73:26).

Mi carne y mi corazón me han fallado muchas veces, pero Dios nunca me ha fallado.

Nuestro Dios ilimitado

Cuando todo va bien, es fácil decir que confiamos en Dios. Ni siquiera nos damos cuenta de que le hemos puesto condiciones, hasta que esas condiciones se ponen a prueba. Mis noches de insomnio revelaron que realmente estaba pensando: Dios puede ayudarme durante el día (siempre y cuando duerma bien). Y al quitarme el sueño, Él estaba quitándome gentilmente esas condiciones. Me estaba mostrando que Él es suficiente.

¿Confiamos en que Dios nos equipará para las tareas a las que nos llama? Cuando me llamó a ser madre y me dio mis órdenes de marcha, no tenía por qué darle a Él una lista de sus órdenes de marcha. “Debes darme sueño, fuerza física, energía, claridad mental, y estabilidad emocional. Entonces podré hacer esto”. En cambio, debí haber dicho: “Solo te necesito a ti”.

Cuando Dios le dio a María la tarea de llevar a su Hijo, ella no pidió una lista de suministros. Ella dijo: “He aquí, yo soy la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1:38). El Dios que conoce el número de cabellos en nuestra cabeza y conoce el número de las estrellas y las llama por su nombre (ver Sal. 147:4; Mt. 10:30), ese mismo Dios ha planeado exactamente cuánto tiempo dormiremos cada noche, hasta el último segundo. Y en cada momento mostrará su misericordia.


Este es un extracto adaptado de Created to Care: God’s Truth for Anxious Moms (P&R, 2019).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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