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La lista de regreso a clases que todo padre necesita

En el diario de la pandemia que he estado llevando, es fácil delinear las olas que he estado surfeando: olas de optimismo y soledad, olas de resolución y resignación. La incertidumbre es universal, especialmente mientras los estudiantes miran hacia un nuevo año académico. Mirar más allá de septiembre es tratar de ver a través de una neblina. 

Las familias enfrentan mucha ansiedad, especialmente los padres que trabajan y que otra vez estarán tratando de manejar la educación de sus hijos desde casa. A merced del virus y de los ministerios de educación, somos recordados del poco control que en realidad tenemos. Como cristianos, sin embargo, también tenemos verdadera esperanza: aún en la prueba, Dios siempre está haciendo algo bueno

Aquí hay cuatro invitaciones que las familias pueden abrazar en medio de la incertidumbre. 

1. Abraza el valor de esperar

Si la incertidumbre ha sido nuestra experiencia común este año, la paciencia ha sido la virtud más necesaria. Esta interrupción todavía no tiene una fecha de expiración. Ciertamente, esta es una invitación a recordar que la fe puede germinar cuando los planes están en pausa.

La fe puede germinar cuando los planes están en pausa

La historia de Abraham es quizás la mejor ilustración de espera en Dios. Dado que pocos de nosotros podemos esperar 25 minutos pacientemente en la fila del supermercado, nos viene bien pensar en la verdadera dificultad de esperar 25 años para que Dios cumpliera su palabra. El apóstol Pablo describió la fe de Abrahan como el acto de creer en imposibilidades, aún de creer que Dios “llama a las cosas que no son, como si fueran” (Ro. 4:17). La espera revela dónde está puesta nuestra esperanza: en las acciones inmediatas de Dios o en sus promesas inviolables, las cuales Él nunca falla en cumplir (2 P. 3:9).

La vida en la pandemia es un reflejo de la fe: requiere esperar en un lugar intermedio. Nos recuerda que la decepción y el duelo son parte de la experiencia humana. Podemos abrazar esta oportunidad para recordarle a nuestros hijos (y a nosotros mismos): “aún cuando la vida no sea buena, Dios sí lo es”. 

2. Abraza el currículo de la vida diaria

Cuando los colegios y los negocios cerraron en primavera, mi esposo empezó a trabajar desde casa, nuestra hija mayor regresó de la universidad, y nuestros hijos más pequeños empezaron el aprendizaje a distancia. Renegociamos las cosas más sencillas, aún los espacios privados de silencio. Hubo pérdidas pero también ganancias. Nuestros hijos empezaron un nuevo tipo de currículo, uno hecho posible al habernos centrado colectivamente en el hogar. Un currículo, elemental, de amar a nuestro prójimo más cercano.

Podemos abrazar esta oportunidad única provista por la pandemia para recordarle a nuestros hijos (y a nosotros mismos): ‘aún cuando la vida no sea buena, Dios sí lo es’

De repente teníamos más tiempo para lidiar con las responsabilidades de cuidar de nuestro hogar. Todo el mundo por fin aprendió cómo limpiar bien el baño. Mi esposo y yo manejamos los quehaceres del hogar con mayor diligencia que antes: el aspirado regular, desempolvar, sacar la vajilla del lavaplatos, y limpiar después de las comidas. Sin la prisa de las actividades vespertinas y de fin de semanas, pudimos ejercer nuestras responsabilidades domésticas con mayor cuidado. 

El currículo de la vida diaria también nos llevó a un discipulado más intencional de nuestros hijos; el tipo de conversaciones espirituales orgánicas que deben suceder en el contexto de la vida diaria: “cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Dt.6:7). Los almuerzos familiares, con todos presente, ha sido una característica muy bienvenida de la vida en la pandemia. En los meses iniciales especialmente, fuimos diligentes en leer las Escrituras juntos en la mesa. (¡Como otros, debemos renovar nuestra determinación a hacerlo!)

Estar todos juntos en casa es retador, pero la cercanía nos da nuevas oportunidades de enseñanza; si ejercemos la fe para imaginarlas. 

3. Abraza pertenecer a la familia de Dios

Cuando la Organización Mundial de la Salud declaró una pandemia global el 11 de marzo, estábamos de vacaciones fuera del país. Al regresar, Canadá requirió que los 7 integrantes de nuestra familia cumplieran cuarentena en casa, llevándonos a depender de la familia de Dios para traernos las compras y todo lo que necesitábamos a nuestra puerta. 

Dios siempre ha imaginado una familia más grande que solo mamá, papá, y 2.1 hijos. Él incorpora a los solteros y a los que no tienen hijos dentro de su casa llamada familia de Dios (1 Ti. 3:15). Mientras la pandemia nos fuerza a descubrir los límites de nuestra capacidad, debemos admitir nuestra necesidad a los demás.

Estar todos juntos en casa es retador, pero la cercanía nos da nuevas oportunidades de enseñanza

Este año académico, hay una invitación para que los cristianos y las iglesias creativamente (y de manera segura) puedan llevar las cargas colectivas y descubrir una familia más grande que la nuclear. Como Pablo le recordó a los corintios, no hay sufrimiento (ni celebración) aislado en la familia de Dios.

4.Abraza el ministerio de ser vecino

La experiencia de la pandemia, en muchos sentidos, ha sido intensamente local: ciudad por ciudad, país por país, estado por estado. Aunque desde hace mucho tiempo soy una merodeadora del vecindario, recorriendo frecuentemente las calles locales con mi esposo y mi perro, he notado más y más que las personas también han salido de sus casas. En esta pandemia somos invitados nuevamente a poner más atención a la persona de al lado y a la que vive al cruzar la calle. Puede que sea la primera vez que hayamos aprendido sus nombres. 

Pienso que esta pandemia puede hacer surgir un nuevo verbo mientras practicamos lo que significa “vecinear”. El hecho de ser vecino no es algo que puedes hacer bien a través de las redes sociales. Es lo que sucede cuando, al sacar la basura a la esquina y ver a tu vecina en sus pantuflas al otro lado de la calle, te tomas el tiempo de cruzar y conversar.

En esta pandemia somos invitados de nuevas maneras, a poner más atención a la persona de al lado y a la que vive al cruzar la calle

Así como Jesús se hizo carne para poder “vecinearnos”, nosotros podemos estar presentes en nuestros vecindarios para el bien de nuestra ciudad y para la gloria de Dios. 

Mientras nos aproximamos al otoño, nuestras rutinas y responsabilidades han sido interrumpidas. La incertidumbre nubla nuestro futuro y la ansiedad inquieta nuestros planes. Pero también hay una invitación del Dios que susurró a Elías: estén quietos y sepan que Yo soy Dios.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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