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El concepto de sola gratia para los reformadores implicaba una gracia salvadora. Es lo que tenían en mente. Por lo general pensamos que esta doctrina comenzó a ser formulada en la Reforma, pero al ver la historia de la Iglesia nos percatamos que muchos pensadores cristianos ya habían formulado interesantes opiniones respecto a este concepto, contribuyendo a la sistematización de lo que hoy conocemos como las doctrinas de la gracia.

La gracia en la iglesia post-apostólica

La doctrina de la gracia no siempre se entendió como un don gratuito. La iglesia de oriente enfatizó más la idea de ayudar a Dios en la salvación, lo que responde a una concepción pelagiana. Al inicio se aludía mucho a la justificación por fe. Varios de los primeros pastores y teólogos de la Iglesia escribieron sobre la gracia, incluyendo Clemente de Roma en el primer siglo, Justino Mártir y Orígenes en el segundo, e Hilario de Poitiers en el cuarto. En este contexto, me gustaría destacar unas pequeñas frases de tres patriarcas de la Iglesia.

Durante los primeros siglos de vida de la Iglesia, Jerónimo (347-420) escribe: “Somos salvos por la gracia en lugar de las obras, para que podamos dar a Dios nada a cambio de lo que Él nos ha dado”.1

Juan Crisóstomo (349-407), en su homilía a los efesios, dice: “Nadie, dice Pablo, es justificado por las obras, precisamente para que la gracia y la benevolencia de Dios pueda ser siempre evidente… Él nos ha salvado por la gracia; de modo que ahora ningún hombre puede tener de qué jactarse”. En estas palabras evidencia una clara comprensión del rol de la gracia en la justificación y la salvación del hombre.

Finalmente, en la etapa antigua de la Iglesia, se destaca el imponderable Agustín de Hipona (354-430), llamado el “doctor de la gracia”. Ciertamente fue un adelantado a su época. Su representación de la gracia de Dios como la causa eficiente de la salvación le llevó a su doctrina de la predestinación, tomada siglos después por Juan Calvino y el resto de los reformadores. Para el teólogo católico Alfredo García, San Agustín tuvo claro en su profunda conversión que solo la gracia es el principio integrador de la vida del hombre. Agustín, en su obra De natura et gratia, expone algunas de sus ideas nucleares: “Mas esta gracia de Cristo, sin la cual ni los niños ni los adultos pueden salvarse, no se da por méritos, sino gratis” (San Agustin, T.IV). Agustín propone que la voluntad del hombre es renovada por la gracia, y además que somos incapaces de elegir el bien sin la gracia de Dios. De hecho, Berkhof dice que en base a este concepto surge en sus escritos la doctrina de la gracia irresistible,2 doctrina posteriormente desarrollada por la teología reformada, y por cierto, uno de los cinco puntos que le otorgan identidad a las iglesias reformadas.

La gracia en la Edad Media

Durante la Edad Media, de acuerdo a Berkhof, los Padres griegos3 en general se conformaron con poner lado a lado la gracia de Dios y la libre voluntad del hombre. De hecho, en el período Escolástico se adoptó un blando agustinianismo, con la idea central de que el libre albedrío del hombre no es nulo sino que actúa, pero la gracia divina lo asiste como un principio cooperante, asegurando así el efecto deseado.

En términos generales, durante la Edad Media las ideas de la gracia propuestas por algunos padres de la Iglesia se fueron extraviando, y predominó el rol de las obras en la salvación. El perdón se obtenía a través de la penitencia, el ayuno, y los castigos corporales. Encontramos aún así algunos antecedentes que dan cuenta que algunos religiosos se mantuvieron en las ideas de sus antecesores, aunque solo parcialmente. Destacaré algunos:

Anselmo de Canterbury (1304-1109), en su célebre Cur Deus homo, define la gracia como “auxilio” divino a la libertad humana, para así alcanzar la salvación eterna.  

Por su parte, Pedro Lombardo (c. 1100) consideraba difícil definir la naturaleza exacta de la gracia, pero prefería pensar de esta como una cualidad o poder sobrenatural obrado en el hombre.4

Los Valdenses (c. 1100) decían que Dios salva de la corrupción y de la condenación a aquellos que Él ha elegido desde la fundación del mundo, no a causa de ninguna disposición, fe, o santidad que Él hubiera previsto de antemano en ellos, sino por su pura misericordia en Cristo Jesús. Estas declaraciones no dejan lugar a un rol de las obras para la salvación.

Tomas de Aquino (1224-1274) tuvo un cierto acercamiento a la comprensión de la doctrina de la gracia. A pesar que lo hizo desde una filosofía aristotélica, se acerca a la herencia agustiniana. En su magna obra, Suma teológica, expresa que solo la gracia hace que Dios esté de un modo especial en las cosas. Ver a Dios es posible por gracia y no por naturaleza del entendimiento creado.

La gracia hoy

Al hacer este paseo histórico, nos damos cuenta la importancia que ha tenido este concepto en la historia y desarrollo de la Iglesia. Roguemos al Señor que esta doctrina sea lo suficientemente entendida hoy en cada una de nuestros contextos.

Debemos entender que la gracia redentora del Señor es el acontecimiento más importante que puede experimentar un creyente, más aún cuando comenzamos a indagar en su significado.

Conocer la gracia divina del Señor nos lleva a una comprensión plena del evangelio de Jesucristo. Las palabras de Spurgeon nos hacen mucho sentido: “La sustancia y esencia del verdadero evangelio es la doctrina de la gracia de Dios; que de hecho, si quitaran la gracia de Dios del evangelio, le habrían suprimido la propia sangre de vida, y no quedaría en él nada digno de ser predicado, de creerse, o por lo cual luchar. La gracia es el alma del evangelio: sin ella el evangelio está muerto. La gracia es la música del evangelio: sin ella el evangelio permanece en silencio en relación a todo consuelo”.5

Dietrich Bonhoeffer formula un interesante planteamiento en su obra “El precio de la gracia”, donde propone dos tipos de gracia, una barata y una cara. La primera es como una mercancía que hay que liquidar; es el perdón barato, el consuelo barato; es la gracia sin precio, que no cuesta nada. Entonces la gracia barata es negar la palabra viva de Dios. En esta línea lamentablemente se encuentran muchos creyentes hoy, viviendo un evangelio liviano, un evangelio sin cruz, un evangelio que no incomoda y coquetea con el mal y la apostasía.

La segunda tipología que formula Bonhoeffer es la gracia cara, que es el tesoro oculto en el campo por el que un hombre vende todo lo que tiene. Es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga. La gracia es cara porque le ha costado cara a Dios. Porque le ha costado la vida de su Hijo.6 Por cuanto le ha costado cara a Dios, no puede resultarnos barata a nosotros.

La gracia y sus implicaciones

Como creyentes, debemos conocer las implicaciones de esta hermosa doctrina. En Efesios 2:8-9, el apóstol Pablo deja establecida la sentencia más gloriosa de nuestra vida: “somos salvos por gracia a través de la fe”. Salvos por un regalo de Dios.

Les Thompson alude a una serie de beneficios de la gracia:7

  1. Nos bendice con toda bendición espiritual (Ef. 1:3).
  2. Nos escoge para ser el pueblo santo de Dios (Ef. 1:4).
  3. Nos adopta como hijos de Dios por Jesucristo (Ef. 1:5).
  4. Nos hace aceptables a Cristo, perdonándonos los pecados (Ef. 1:6–7).
  5. Nos da a conocer la voluntad de Dios para nuestras vidas (Ef. 1:9–10).
  6. Nos da una herencia eterna en la gloria (Ef. 1:11–12).
  7. Nos sella con el Espíritu Santo de la promesa (Ef. 1:13).

A este grupo de beneficios le añadiría que la gracia de Dios justifica (Rom. 3:24). Recordemos y disfrutemos estos hermosos beneficios de su gracia, la cual costó cara al Hijo de Dios, pues la pagó con su muerte. Sí; la manifestación más grande de su gracia es su muerte y resurrección.


Imagen: Lightstock
1. Edwards, M. (1999). Ancient Christian Comentary on Scripture. 1st ed. Estados Unidos: Ediciones Cristiandad.
2. Berkhof. J (1996) Historia de las doctrinas cristianas. Madrid. Ed. Estandarte.
3. Los padres griegos son representados por figuras como Atanasio, Basilio, Gregorio Nacianceno, y Juan Crisóstomo.
4. Berkhof, Historia.
5. Spurgeon, C. H., & Román, A. (2008). Sermones de Carlos H. Spurgeon. Bellingham, WA: Logos Research Systems, Inc.
6. Bonhoeffer, D. (2004) El precio de la Gracia. Salamanca. Ed. Sígueme.
7. Thompson, L. (2001). El arte de ilustrar sermones (p. 29). Miami, Florida: Editorial Portavoz.
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