¿Qué importancia tiene el servicio comunitario?

El servicio comunitario no es una idea nueva, ni tampoco algo que haya inventado el hombre. Más bien se trata de un producto de lo que Dios concibió y estableció desde el principio, como podemos leer en Génesis:

“Dios los bendijo y les dijo: ‘Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla. Ejerzan dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra’. También les dijo Dios: ‘Miren, Yo les he dado a ustedes toda planta que da semilla que hay en la superficie de toda la tierra, y todo árbol que tiene fruto que da semilla; esto les servirá de alimento’”, Génesis1:28-29.

Dos implicaciones

A la luz de este pasaje, entendemos que el servicio comunitario tiene por lo menos dos implicaciones. La primera implicación es que representa trabajo. Pero no me refiero únicamente al trabajo que realiza una persona, iglesia, u organización para suplir las necesidades de una comunidad, sino a la importancia de enseñar a esa comunidad el concepto bíblico del trabajo para su propio desarrollo y el de aquellos que les rodean.

El servicio comunitario no debe ser una mera asistencia o paternalismo que priva al individuo del sentido de propósito, habilidad, y poder dados por Dios para nuestro desarrollo. Sino al contrario, tal como leemos en Efesios 4:8, Dios nos ha dado dones para la edificación de su pueblo, y es Dios quien hace llover sobre justos e injustos, probándose así como fiel proveedor de toda la humanidad.

La segunda implicación es que el servicio comunitario es un mandato bíblico integral. Cuando el servicio comunitario se hace separado del evangelio, termina convirtiéndose en una vacía labor humanitaria. Asimismo, cuando nos dedicamos únicamente a suplir las necesidades espirituales y nos olvidamos de atender al huérfano, la viuda, y el pobre en sus necesidades palpables, entonces caemos en el error de una fe muerta (Stg. 2:18).

Durante muchos años la iglesia ha demostrado estar confundida en estos conceptos, y ha considerado el servicio comunitario como una labor secundaria y separada del evangelio. Pero olvidamos que cuando Cristo anduvo entre nosotros no solo perdonó pecados y echó fuera demonios, sino que también multiplicó los alimentos para saciar a las multitudes, sanó a los enfermos, y resucitó a los muertos.

Por más de 25 años he estado involucrada activamente en el servicio comunitario a sectores de pobreza extrema, y he visto el lanzamiento de programas de ayuda social por parte de ONGs internacionales e iniciativas privadas. Algunos de estos intentos fueron buenos, pero no prosperaron, mientras que otros terminaron haciendo más daño a las comunidades en lugar de ayudarles a prosperar.

Ayudar a otros bíblicamente

A partir de esta experiencia, permíteme compartirte cuatro principios que te ayudarán a desarrollar un programa bíblico de ayuda comunitaria.

1. No se trata simplemente de hacer algo por el prójimo, sino de glorificar a Dios.

En el sermón del monte (Mt. 5-7), uno de los discursos más conocidos de Jesús, se expone el carácter de aquel que imita a Dios, y a la vez nos da una descripción de cómo luce un mundo que funciona bajo la justicia y misericordia de Dios.

Jesús ejemplificó situaciones reales que se viven en este mundo caído: falta de misericordia, injusticia, acusaciones falsas, divorcio, y otras circunstancias que no se experimentarán en la eternidad, cuando todas las cosas sean restauradas. Sin embargo, aún mientras vivimos en este mundo quebrantado por el pecado, somos llamados a reflejar a través de relaciones restauradas —tanto unos con otros como con la creación— la gloria de Dios, de modo que se cumpla lo que dijo Jesús: “Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16; cf. 1 Pe. 2:2).

2. No se trata simplemente de sentirme bien, se trata de procurar el bien.

Dios le profetizó al reino de Judá que experimentarían un exilio a causa de su pecado, y que vivirían desterrados durante 70 años en Babilonia. Y en medio de esta compleja situación, el Señor le dio a su pueblo un mensaje importante:

“Así dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, a todos los desterrados que envié al destierro de Jerusalén a Babilonia: ‘Edifiquen casas y habítenlas, planten huertos y coman de su fruto. Tomen mujeres y tengan hijos e hijas, tomen mujeres para sus hijos y den sus hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y multiplíquense allí y no disminuyan. Y busquen el bienestar de la ciudad adonde los he desterrado, y rueguen al Señor por ella; porque en su bienestar tendrán bienestar’”, Jeremías 29:4-7.

Todas estas instrucciones representan prácticas fructíferas que invitaban al pueblo de Dios a vivir con un propósito específico, en comunidad, y sin aislarse del mundo. Al procurar el bien de la comunidad —y no se refiere a la comunidad de creyentes—, los hijos de Dios no solo prosperarían, sino que a su vez estarían siendo obedientes al mandato de Dios y reflejarían la gloria de Dios.

3. No se trata simplemente de dar lo que te sobra, sino de dar sacrificadamente.

En 1 Corintios 16 el apóstol Pablo colecta una ofrenda entre los macedonios (a quienes se describe como pobres) para enviársela a los hermanos de Jerusalén, quienes atravesaban una terrible hambruna. El modelo que vemos en este pasaje no es el de una persona adinerada dando a otro que no tiene dinero, sino más bien observamos a cristianos que dan sacrificadamente de lo que Dios les había provisto, aun en medio de su propia escasez, para bendecir al que tenía menos o nada.

En medio de pruebas difíciles y extrema pobreza, ellos desbordaron de alegría y abundaron en rica generosidad. Pero la clave no estaba en sus cuentas bancarias, sino en que “primeramente se dieron a sí mismos al Señor” (v. 5), y así como el Señor se despojó de sí mismo por ellos, ellos lo dieron todo de sí, no de acuerdo a sus ingresos, ¡sino de acuerdo al don de Cristo que habían recibido!

4. No se trata simplemente de dar un pescado, sino de enseñar a pescar.

En el libro de los Reyes nos encontramos con una historia interesante. Conocemos a una mujer sunamita, que había visto la poderosa mano de Dios no solo al darle un hijo (2 Re. 4:16) y resucitarlo luego de que muriera repentinamente (2 Re. 4:19-20, 35), sino también a través de un tercer milagro. Eliseo le advirtió de la hambruna que sobrevendría y le pidió que buscara otro lugar para vivir. Ella fue obediente a la palabra del profeta, y partió hacia la tierra de los filisteos. Sin embargo, al pasar los siete años de hambruna regresó a casa, y aunque había perdido todas sus tierras durante su ausencia, tuvo la valentía de ir ante el rey para interceder por su causa, y Dios la bendijo al restaurarle “todo lo que era suyo y todo el fruto del campo desde el día que dejó el país hasta ahora” (2 Re. 8:6).

En lugar de darle todo lo que esta mujer y su familia pudo haber necesitado, Eliseo le dio un consejo que les permitiría vivir. Y a su regreso, en lugar de jugar un rol de víctima, observamos a esta mujer tomando ventaja de lo que sabía y tenía a mano para recuperar lo que era suyo.

Es importante que capacitemos a individuos y comunidades para que utilicen lo que Dios les ha dado, y puedan servir a sus comunidades con lo que han recibido de Dios, sea mucho o poco. Todo lo que tenemos proviene de Dios.

El servicio comunitario utiliza las habilidades y recursos que Dios mismo nos ha provisto, para el bienestar de todos, y para su propia gloria. Esta es una faceta de nuestra misión integral como hijos de Dios, la cual no debemos ignorar o relegar a un plano secundario. Más bien, como nos exhortó Jesús, “así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos” (Mt. 5:16).


Imagen: Lightstock.
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