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Desde la niñez tenía una pasión ardiente por el evangelio y por alcanzar a los no alcanzados. Hace más de 25 años entendí que “la Gran Comisión” no es “la Gran Sugerencia”, y que queda incompleta si no hay discipulado, si nos quedamos sin enseñar todo lo que Cristo enseñó. Muchos de esos primeros años fueron años apasionados, donde oraba y buscaba arduamente el rostro de Dios y su voluntad para mi vida. Aún no entendía el significado de ser “misionera”, pero algo ardía en mi corazón con predicar el evangelio a toda criatura, con enseñar la Palabra de Dios, y con adorar juntos en diferentes idiomas y culturas.

Sin duda hay muchas cosas que me hubiera gustado saber entonces. Ahora veo jóvenes con la misma pasión ardiente, que no pueden esperar en “salir al campo”, pero por diversas situaciones y circunstancias están en espera o aún ponderando si este es su llamado. Es por eso que quiero compartirte esta carta que me escribí a una “yo” más joven, compartiendo contigo algunas cosas que he podido aprender en mi viaje con el Señor por las naciones.

Prioriza. Enfoca tu energía. Es muy fácil hacer de todo y padecer de uno de los males de nuestra generación: la superficialidad. Es muy bueno aprender diversidad de habilidades, pero se hace necesario especializarte o ser bueno en alguna de ellas. Por ejemplo, si tocas piano, guitarra, percusión, vocalizas o cualquier otro instrumento, no lo abandones hasta tenerlo a un nivel en que puedas hacer uso del mismo para el servicio a otros. Recuerda que la música es un lenguaje universal, y te servirá para comunicarte cuando el idioma represente una barrera. Al igual que con la música, aprende a limpiar, a cuidar una casa, a lavar tu ropa, a mantener un presupuesto, a cocinar tu comida de forma saludable y con lo que tengas a mano.

Conoce tu fe. El apóstol Pedro exhorta a los hermanos en la dispersión a “santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia” (1 Pedro 3:15). El acusador intentará traer dudas y cuestionamientos en los aspectos más básicos y vitales de la fe. “¿Acaso dijo Dios…?”, “¿Es Dios real?”, “¿Está Dios conmigo?”, “¿Me ama Dios realmente?”, “¿Acaso hay una vida eterna?”. Ni en tus sueños pensarías cuestionar estas cosas. Sin embargo, en lugares donde la oscuridad e ignorancia del evangelio es extensa, donde la predicación de la Palabra no adulterada y la sana doctrina sean escasos, tu fe será probada. Recuerda que si Satanás tuvo la gallardía de tentar al Hijo de Dios, ¿cuánto más no hará con nosotros? No importa cuán firme crees estar, profundiza más en la Palabra, en teología bíblica y sistemática, en memorización de las Escrituras, en apologética, en entender distintas religiones y posiciones religiosas, y en cómo presentar el evangelio a personas de distintos trasfondos educativos y de fe distintos al tuyo.

Sé humilde y siempre depende de Dios. Parece sencillo, pero no te va a ser fácil. Tu orgullo te llevará a retardar el perdón, a no decir cuánto amas a tu familia ni dedicarles tiempo suficiente. Te llevará a reconocer menos públicamente las virtudes en los demás y probablemente agrandarás sus faltas, aunque sea en tu interior.

Organiza tu vida financiera. No te metas en deudas. Aprende a vivir con mucho menos de lo que crees necesitar. Da, y da un poco más de lo que has pensado. Sé generosa como Dios ha sido generoso, porque es un buen ejercicio para la piedad (1 Timoteo 4:7). Un día vivirás por fe, dependiendo de la generosidad de otros.

Recuerda siempre ser agradecida. Da gracias a Dios, a los que te sirven, a tus líderes, a tus padres, a tus familiares, a los que te soportan y ayuda, a los que oran por ti. Nada es merecido. Todo es gracia.

No desperdicies ninguna prueba. Dios no lo hace. Cada prueba y dolor por el cual has pasado te acercará más y más a Dios y te ayudará a consolar a otros con el consuelo con el cual has sido consolada (2 Corintios 1:4). Ningún dolor es para siempre. Llora y sé honesta con Dios en medio de tus pruebas. Reconoce su carácter a través de las lágrimas.

No temas la soledad. La soledad es buena si te enfocas en Dios, si usas esos tiempos para mantenerte en silencio y meditar en la buena Palabra de Dios para corregirte, instruirte, animar a fin de ser edificada (2 Timoteo 3:16).

El ministerio está en las interrupciones. Cuando alguien te interrumpa de lo que planeabas o querías hacer, no te enojes. Ora y pídele a Dios que te ayude a ser como Jesús. Muchos de los hechos y enseñanzas de Jesús ocurrieron en medio de interrupciones. Ellas te recuerdan que no se trata de ti, ni de tú estar en control de tu agenda, sino de Dios y su soberanía.

Tu universidad no es tiempo perdido. ¡No tienes idea de cuán importante es! Puede abrirte puertas a los no alcanzados, a temas de conversación, a círculos cerrados, a ayudar en tiempos precisos. Tu universidad es un tiempo de preparación técnica, pero también te prepara en cómo relacionarte con personas que piensan distinto a ti, en cómo lidiar con la competencia, con profesores que detestan el cristianismo y se burlan de ti. Todo esto te ayudará al ministrar en un futuro a otros estudiantes universitarios del otro lado del planeta.

Cuida tu salud. Los viajes, el “jet lag”, los cambios de horario, de clima, contaminación ambiental, y alimentación van a tener consecuencias en tu cuerpo. Es tu cuerpo que te permite alcanzar, hablar, abrazar, orar, construir en misiones. Cuídalo. Ejercítate. Come saludable. Mantén un peso estable. Aprende a escoger lo que comes. Si estás enferma, raramente puedes ministrar a alguien o cumplir la asignación que Dios te ha dado. Recuerda que el descanso y tiempo de reposo es también adoración. Toma un día de reposo. Detente a oler las flores. A disfrutar el paisaje y a adorar a Dios por todo lo que ha hecho.

Ama. Ama a Cristo, a su iglesia, a tu familia, a tus amigos , a los extraños que Dios trae a tu vida.

Predícate el evangelio. Vas a fallar. No vas a hacer todo lo que te has propuesto hacer para Dios, ni todo lo que sabes que Él ordena de ti. Recuerda a Cristo y su cruz: tu identidad y tu gozo no están en lo que haces ni en quién eres. Están en lo que Él hizo y quién Él te ha hecho. Tráelo a tu memoria una y otra vez.

Finalmente, recuerda que el mundo no te necesita a ti. Necesita a Cristo. Es Su obra; Él es el salvador, y puedes confiar en su tiempo perfecto. Esos años que pasarán entre tu llamado y el tiempo en que estés en el lugar que Dios te ha llamado no es un retraso. No es un día más tarde ni más temprano que el tiempo que Él ha decretado para hacer Su obra, para Su gloria. Recuerda que el mundo y el universo están en las manos de Dios. Mantente dispuesta a apuntar a Él y a reconocerle a Él en todos tus caminos (Proverbios 3:3-5).

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