¿Qué te hace detenerte, contemplar, admirar? ¿Qué te deja en total asombro? Tu reverencia revela lo que amas y quién eres. Lo que nos sorprende comunica mucho.
Los evangelios susurran secretos sobre lo que maravilla a los hombres. Sus páginas aspiran con asombro, se llenan de emojis y puntúan con signos de exclamación. Tenemos el privilegio de ver cómo hombres y mujeres se quedan con los ojos muy abiertos por el asombro, atónitos, en silencio ante lo que ven y oyen, especialmente cuando el Espectáculo del cielo y la tierra se hizo carne y habitó entre nosotros.
En Marcos 6, por ejemplo, somos testigos de cómo la ciudad natal de Jesús se maravilla de Sus enseñanzas.
Jesús se marchó de allí y llegó a Su pueblo, y Sus discípulos lo siguieron. Cuando llegó el día de reposo, comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos que escuchaban se asombraban, diciendo: «¿Dónde obtuvo Este tales cosas, y cuál es esta sabiduría que le ha sido dada, y estos milagros que hace con Sus manos?» (Mr 6:1-2).
Su asombro es apropiado, incluso podríamos decir que científico. Ellos observan acertadamente la sabiduría que cae de otro mundo y las obras logradas por manos que no pertenecen a un carpintero desconocido. Bienaventurados sus oídos al oír Su voz; tienen razón al asombrarse. ¿De dónde saca este Hombre, que es uno de nosotros, estas cosas? Si le hubieran preguntado, quizá habría respondido: «El Señor DIOS me ha dado lengua de discípulo» (Is 50:4).
Pero su asombro, como el pescado fresco que se deja bajo el sol, comienza a dañarse y a apestar. Los pensamientos comienzan a despertarlos de su admiración. «“¿No es Este el carpintero, el hijo de María, y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿No están Sus hermanas aquí con nosotros?”. Y se escandalizaban a causa de Él» (Mr 6:3, énfasis añadido).
El corazón incrédulo del hombre es un asombro para Dios
Su asombro se convierte en desagrado. «Un momento… Díganme que Este no es el hijo de María que creció en la casa de José. Díganme que Este no es el hermano mayor del pequeño Judas y Simón. ¿Quién se cree que es exactamente? Puede que haya viajado y se haya ganado una reputación, pero nosotros lo conocemos. Creció con nosotros, como uno de los nuestros; somos su bosque, ¿y ahora vamos a buscar refugio a Su sombra?». Cangrejos en un balde, como se suele decir.
Gran asombro
Sin embargo, esto no es lo más sorprendente del texto. En respuesta a su ofensa, siguen siete palabras que nos hacen exclamar con el salmista que tal conocimiento es demasiado maravilloso para nosotros: «Estaba maravillado de la incredulidad de ellos» (Mr 6:6, énfasis añadido).
El Dios-Hombre devuelve la contemplación. Aquel que hizo el mundo y todo lo que hay en él, quien colgó las estrellas en el cielo y arrojó las galaxias a los pies del cielo, ¿qué podría en toda la creación hacer que el Hombre de las maravillas se maraville?
La incredulidad.
No pases por alto este punto demasiado rápido. Cuando el Hijo de Dios vino a la tierra, no se asombró por el templo judío, ni se quedó atónito ante el esplendor de los griegos o la inmensidad del Imperio romano. No se sintió impresionado por la riqueza o el prestigio del hombre, ni siquiera por la religiosidad de Su pueblo. Más bien, se sintió conmocionado por la incredulidad de Su pueblo.
¿Qué es lo que hace que el Hijo de Dios encarnado se maraville? La fe
Lo que aumenta nuestro asombro ante el asombro de Jesús es saber lo que Él ya sabe. En otras palabras, ¿por qué se maravilla Jesús? Él ya conoce el mundo de los corazones obstinados. Sabe que Su misión es ser rechazado hasta la crucifixión, ni más ni menos que por Su propio pueblo. Y sabemos que Él conoce el patrón de cómo Israel rechaza a sus profetas locales porque responde: «No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes y en su casa» (Mr 6:4). Sin embargo, a pesar de todo eso, Él todavía se maravilla de su incredulidad. La desconfianza que sienten hacia Él —hacia Sus palabras, Sus obras y Su persona— lo llena de asombro.
Otra maravilla
Entonces, cuando el Hijo de Dios se hace carne y entra en Su mundo, no se conmueve por el homenaje de Su ciudad natal; se maravilla ante su dureza de corazón, su supresión ilegal de la evidencia, la cual mata el asombro semejante al de un niño, que lleva a la adoración. Ellos escuchan la voz del Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y la rechazan debido a Su certificado de nacimiento. El corazón incrédulo del hombre es un asombro para Dios.
Ahora observa la otra única vez que Jesús dice que se maravilla en los evangelios. ¿Lo recuerdas? Cuando un centurión apela a favor de su siervo que sufre por una parálisis:
Y Jesús le dijo: «Yo iré y lo sanaré». Pero el centurión respondió: «Señor, no soy digno de que Tú entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi criado quedará sano. Porque yo también soy hombre bajo autoridad, con soldados a mis órdenes; y digo a este: “Ve”, y va; y al otro: “Ven”, y viene; y a mi siervo: “Haz esto”, y lo hace».
Al oírlo Jesús, se maravilló y dijo a los que lo seguían: «En verdad les digo que en Israel no he hallado en nadie una fe tan grande» (Mt 8:7-10, énfasis añadido).
Este soldado ve ante sí a un jefe militar del bienestar, que le dice a la parálisis: «Vete», y esta se va; y a la curación: «Ven», y un hombre queda sano. También ve a un dignatario tal que su casa no es digna de recibir a Jesús. En ningún israelita encontró el Señor tanta fe.
¿Podría ser que algunas (o muchas) de nuestras oraciones sin respuesta sean fruto de la incredulidad?
Entonces, ¿qué es lo que hace que el Hijo de Dios encarnado se maraville? La fe: su plenitud que rebosa por los labios, y esto proviene de un gentil. ¿Qué es lo que hace que el Hijo de Dios se maraville? La fe: su ausencia, árida y sin vida, y esto proviene de personas que profesaban servir a Su Padre. Oh, Señor, aumenta nuestra fe.
El Todopoderoso que no pudo
Regresemos a la parte que me salté: el versículo 5. Aquí nos espera otra maravilla.
Y no pudo hacer allí ningún milagro; solo sanó a unos pocos enfermos sobre los cuales puso Sus manos (Mr 6:5).
Primero, vimos al Dios-Hombre maravillarse. Ahora, vemos que el Dios-hombre no puede (edynato) hacer algo. No puede realizar allí un «milagro» (aunque realiza obras menores que cualquier simple humano consideraría milagrosas). ¿Por qué no puede? Acababa de resucitar a una niña de entre los muertos antes de viajar a Su ciudad natal (Mr 5:21-43). ¿Había perdido Jesús Su poder durante el viaje? No. La culpa no es Suya, sino de ellos.
Atrévete a creer grandes cosas de un Dios aún más grande; las montañas todavía se pueden mover en nuestros días
Él no pudo realizar ningún milagro porque ellos no tenían una fe receptiva ni una expectativa llena de esperanza; no confiaban en Él. En lugar de eso, el Señor descubre ofensa, orgullo y sospecha. Por tanto, puso Sus manos en unos pocos enfermos, los sanó y partió de ese lugar, maravillado.
¿Puede Él hacer milagros entre nosotros?
¿Hará Cristo milagros entre nosotros hoy en día? Su pregunta podría darnos una respuesta: «¿Esperan eso de Mí? ¿Confían en que puedo hacerlos? ¿Tienen fe?». El Cristo de hace dos mil años es el mismo Cristo de hoy, excepto que ahora está exaltado en poder a la diestra de Dios, habiendo hecho propiciación por nuestros muchos pecados de incredulidad. Pero aún debemos preguntarnos: ¿Acaso no tener una fe como la del centurión nos impide experimentar maravillas como las que experimentó él? Puede que Dios no nos responda con frecuencia tal y como le pedimos, pero ¿podría ser que algunas (o muchas) de nuestras oraciones sin respuesta sean fruto de la incredulidad?
Si es así, escucha a otro gentil, Charles Spurgeon, con una envidiable fe afirmar: «Dios será tan bueno como tu fe. Nunca permitirá que pienses mejor de Él de lo que Él es».1 ¿No es ese un poder secreto en la vida de Charles Spurgeon, junto con muchos otros hijos de Abraham? Ellos tenían en alta estima a su Dios, y su Dios demostró ser más grande que su fe. Él no nos permitirá pensar mejor de Él de lo que Él es. ¿Lo crees? Si no es así, déjate conmover por las grandes obras realizadas por la fe en Hebreos 11, logros que sobrepasaron abundantemente lo que quienes preguntaban podían pensar o imaginar, incluso cuando algunos fueron encarcelados y asesinados.
Señor, ayúdanos en nuestra incredulidad y danos esa fe que te maravilla incluso a ti
¿Hemos pensado nosotros, personas de poca fe, que cuanto más alto llegaban estos creyentes al cielo para marcar la altura de la bondad de Dios, más descubrían que estaban maravillosamente equivocados? Quizás pensaban que habían capturado Su estatura y plenitud. Entonces Él se levantó en toda Su gloria para revelarles que solo habían alcanzado el borde de Su manto. O se acostó sobre dos vigas de madera que enmarcaban las dimensiones infinitas de Su amor, Su autoridad y Su buena voluntad hacia los hombres. ¿Qué tan pequeña es nuestra fe en comparación con Su derecho a nuestra confianza?
Acude al Rey
Los santos del pasado regresaron a su hogar, como el centurión, para encontrar sanos a sus hijos, por decirlo así, lamentándose solamente por no haber pedido más. ¿Por qué no podemos hacerlo nosotros?
Ven, alma mía, prepara tu petición
A Jesús le encanta responder la oración.
Él mismo te mandó a orar,
Levántate y pide sin demora.
Estás acudiendo a un Rey,
Trae contigo grandes peticiones,
Porque Su gracia y Su poder son tales,
Que nadie podrá jamás pedir demasiado
(John Newton, «Ven, alma mía, prepara tu petición»).
Lo «demasiado» que el centurión no se atrevió a pedir es aquello sin lo cual no podemos vivir: que Él morara con nosotros bajo nuestro techo. Aunque seamos tan indignos como el centurión, la máxima bendición es tenerlo a Él viviendo con nosotros en nuestros hogares, o mejor aún, que Él venga y nos lleve con Él al Suyo. Esto es lo que decimos que es nuestro destino seguro. Entonces, ¿deberíamos sospechar que Él hará tan poco, cuando ya ha hecho tanto?
Atrévete a creer grandes cosas de un Dios aún más grande; las montañas todavía se pueden mover en nuestros días. Señor, ayúdanos en nuestra incredulidad y danos esa fe que te maravilla incluso a ti.