Enséñale a tus hijos que no son el centro de atención

Enséñale a tus hijos que no son el centro de atención

La manera en la que vemos a Dios impactará como vemos y criamos a nuestros hijos.

Hace seis años mi esposo y yo tuvimos la gran oportunidad de mudarnos a Minnesota. Allí mi esposo realizó una Maestría en Divinidad en Bethlehem College and Seminary y tuvimos la gran bendición de ser miembros por cuatro años de la iglesia Bethlehem Baptist.

Desde el primer domingo que estuvimos allí me impactó que el enfoque principal del servicio era alabar, predicar, y atesorar al Dios creador y salvador. Él era el protagonista. A Él y no al hombre se le daba la autoridad, atención, y devoción.

Atesorando a Dios por encima de todo

Las personas estaban allí para conocer más de este Dios predicado y exaltado. Y eso se veía y respiraba en las conversaciones, los estudio bíblicos, los grupos pequeños, el servicio, y el enfoque global en todos los aspectos de la iglesia. En ningún modo era una iglesia perfecta, pero era maravilloso ser parte de un cuerpo que atesoraba a Jesús de forma tan palpable.

¿Qué tiene que ver esto con enseñarle a mis hijos que no son el centro de atención? Mucho, pues la manera en la que atesoramos al Dios glorioso y le proclamamos como grande y majestuoso impactará cómo vemos y atendemos a nuestros hijos.

Crecer en el conocimiento de que Dios es el supremo tesoro impactará cómo vemos a nuestros hijos y cómo los tratamos.

Ellos deben entender que no son el centro de nuestro universo, y esto les hará bien. Les hará bien en cómo ven a Dios, en cómo se ven a ellos mismos, en cómo ven a los demás. Sus relaciones interpersonales durante toda su vida serán impactadas en gran manera, pues entenderán que sus vidas no se tratan primordialmente de ellos mismos. 

Para nosotros, crecer en el conocimiento de que Dios es el supremo tesoro impactará cómo vemos a nuestros hijos y cómo los tratamos. Nuestros hijos se darán cuenta poco a poco que en nuestras vidas ellos tienen un lugar importante… pero no el más importante. Y esto les beneficiará a lo largo de su vida.

Poniéndolos en el lugar adecuado

Pero ¿cómo les enseñamos a nuestros hijos que no son el centro de atención, y que el mundo no gira a su alrededor?

1. Enseñándoles que Dios es el centro del universo.

Nosotros, como padres, somos los responsables en discipular a nuestros niños. Pudiéramos llevarlos a escuelas bíblicas, clases de niños los domingos en la iglesia, y eventos de niños cristianos para que aprendan más de Dios, y esto es bueno. Pero nosotros somos primordialmente los responsables en la crianza de nuestros hijos, y somos llamados a enseñarles acerca de Dios, de su Palabra, y de su glorioso evangelio (Dt. 6:6-7). Entonces, como padres, Dios nos da la hermosa tarea de enseñarles a nuestros hijos que Él es el centro del universo. Él es quien creó el mundo, a las personas, y a ellos mismos, con el propósito principal de dar a conocer su nombre y ser glorificado.

Les mostramos que Él envió a su Hijo Jesucristo a morir por nuestros pecados, y de esa manera se acerca a nosotros para que le conozcamos, le amemos, y le demos a conocer. Nuestras vidas, entonces, ya no deben enfocarse en cómo las personas me sirven a mí para hacer crecer mi reino, sino en cómo el amor de Dios me impulsa a amar y servir a otros para que conozcan al gran Salvador y Señor.  

Sin embargo, necesitamos modelarles cómo nos relacionamos con ellos y con las personas a nuestro alrededor, no queriendo nuestra propia voluntad, sino más bien engrandecer el nombre de Dios. Por consiguiente, debemos darle a nuestros hijos la atención correcta y el afecto correcto, para que así puedan comprender el profundo y gran amor de Dios, y no quedarse con ese amor, sino darlo.

2. Dándoles la atención correcta.

Hay un sentimiento inexplicable en cada padre o madre cuando miramos y tocamos a nuestros hijos. Sus risas le dan luz a nuestras vidas, y sus necesidades son tan importantes que ni siquiera pensamos en si les deberíamos proporcionar todo lo que quieren. El amor de un padre y una madre es profundo, inmenso, incondicional, y a la misma vez es un amor imperfecto y manchado por el pecado, como toda otra área de nuestra vida.

Nuestro amor por nuestros hijos es simplemente una sombra del amor perfecto e infinito de Dios por sus hijos, por su pueblo. Así que nosotros imitamos al Dios santo al poner nuestra mirada en nuestro Señor y Salvador primero, y no en nuestros hijos.

Nuestro amor por nuestros hijos es simplemente una sombra del amor perfecto, eterno, e infinito de Dios por sus hijos, por su pueblo.

Entonces, es importante para el desarrollo y bienestar de ellos que les demos la atención correcta. Debemos sentarnos a jugar con ellos, enseñarles, y discipularlos mientras andamos (Dt. 6:6-7), aprender con ellos cosas nuevas viendo el mundo a través de sus ojos, y mirarlos a los ojos mientras les decimos cuánto les amamos. Es importante priorizar el tiempo que pasamos con nuestros hijos, ese tiempo de calidad. Debe ser tiempo en el que apagamos los celulares y todas las distracciones a nuestro alrededor, y dedicamos nuestra atención y esfuerzo a hablarles, escucharles, reírnos juntos, instruirlos, y corregirlos (Ef. 6:4).

También es importante priorizar el tener tiempo de oración y lectura de la Palabra. El tiempo y la profundidad variará de acuerdo a la edad de nuestros hijos. Todos estos momentos de calidad intencionales son cruciales para el desarrollo físico, emocional, y espiritual de nuestros hijos. Además, darles de nuestro tiempo y atención intencional hará un impacto cuando les enseñemos lo importante que es que entiendan que no son el centro del universo; Dios lo es.

3. Enseñándoles el evangelio y la generosidad.

Enseñar a nuestros hijos constantemente el evangelio les dará a ellos, y a nosotros, un enfoque de adentro hacia afuera. Es decir, cuando entendemos que el evangelio son las buenas noticias de que el Padre que no tolera el pecado envió a su Hijo a morir por pecadores que le rechazaban, para satisfacer su ira santa y así poder perdonar con la sangre derramada el pecado que separaba su pueblo de Él, entendemos que hemos recibido toda su gracia sin merecerlo, sin hacer nada.

Él lo hizo todo para darnos salvación, para abrir nuestros ojos a su belleza y darnos un corazón de carne que pudiera responder a Él y alabarle. Este es un maravilloso mensaje que debemos predicarle a nuestros hijos una y otra vez. Debe ser un mensaje que transforme la manera que nosotros vemos a las demás personas creyentes o no creyentes, y cómo las tratamos.

Como padres impactados por el evangelio, guiemos a nuestros hijos dándoles oportunidades de servir y dar a otros generosamente.

Debemos explicarles a nuestros hijos que el evangelio, lo que Cristo ha hecho por nosotros, debe llevarnos a estar satisfechos en Cristo. Nuestra vida no debe enfocarse en nuestra propia comodidad o en demandar ser servido, sino en cómo sirvo, amo, y atesoro a Dios, y cómo sirvo y amo a los demás (Mt. 22:37-39).

Como padres impactados por el evangelio, guiemos a nuestros hijos al darles oportunidades de servir y dar a otros generosamente, así como nosotros hemos recibido de Dios.

Así que pongamos nuestros ojos en Cristo, el autor y consumador de nuestra fe, y en sus fuerzas lideremos, modelemos, y guiemos a nuestros hijos a reconocerlo a Él como el centro del universo.

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