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El propósito de nuestras vidas se puede resumir así: Dios nos llama a vivir de tal manera que glorifiquemos su Nombre.

¿Cómo podemos vivir así en el matrimonio? Primero que nada, entendiendo que Dios nos ha dado un regalo maravilloso en nuestro cónyuge para apoyarnos en la tarea de cuidarnos espiritualmente (1 Tim. 4:16).

He escrito anteriormente sobre las razones bíblicas para procurar ese cuidado espiritual. Ahora, quisiera mencionar cinco elementos que este cuidado envuelve, según he aprendido en mi experiencia como consejero.

1. Un contexto adecuado.

En el matrimonio somos socios de un proyecto. Por tanto, necesitamos tener “reuniones de negocios” en cuanto a nosotros como pareja. Necesitamos tiempo enfocado para escucharnos, hacernos preguntas importantes, y revisar diversos aspectos de nuestras vidas.

En mi experiencia, la informalidad no nos ayuda. Debemos elegir una hora y lugar específico para conversaciones sobre nuestra vida espiritual. Estas charlas demandan un contexto adecuado, y tenemos que ser capaces de formalizar un tiempo para hablar en el matrimonio.

Asimismo, debemos preparar el corazón en oración para tales momentos. Debemos estar llenos del Espíritu Santo, recordando que hay diferencias que deben ser conversadas y circunstancias que deben ser procesadas.

2. Buenas preguntas.

Aunque es difícil hacer buenas preguntas, aun si se te provee una lista para comenzar, necesitamos interrogantes que nos ayuden a conversar y conectarnos más como parejas.

A veces es más difícil hacer preguntas que responderlas. Todos anhelamos a alguien con un buen oído para escuchar, y nuestro conyuge no es la excepción. Necesitamos estar dispuestos a oír bien, entendiendo que la meta en la conversación no es solo buscar información, sino procurar juntos transformación.

Algunos ejemplos de preguntas con las que podemos empezar son:

  • ¿Cómo está Dios trabajando en tu vida ahora mismo?
  • ¿Cuáles son los desafíos que enfrentas por causa del llamado de Dios?
  • ¿Cómo ves a Dios en tu situación actual?
  • ¿Cómo te ha afectado ese evento?
  • ¿Qué piensas que puedes aprender de esto?
  • ¿Cuáles son tus tentaciones?
  • ¿Cuáles cosas te producen mayor gozo y cuáles mayor preocupación?

Realizar y responder preguntas así nos ayuda a conocernos mejor. También abrimos espacio para que nuestro cónyuge pueda ministrarnos y protegernos. Es importante recordar que todos necesitamos vulnerabilidad para responder preguntas profundas; debemos aprender a romper nuestra actitud natural de bloqueo y orgullo.

3. Transparencia y disposición al hablar.

Debemos dar información acerca de nuestro estado interno a nuestro cónyuge, no simplemente para aliviar el problema de nuestra soledad, sino para ganar su evaluación honesta sobre cómo tratar la situación o etapa que estamos atravesando, y conocer cómo podemos cambiar.

En el matrimonio, ambos debemos estar dispuestos a dar y recibir. Para esto se necesita entrenamiento y madurez. No todas las parejas del mundo están listas para algo así, pero podemos procurar posicionarnos en nuestras vidas de manera que podamos bendecirnos mutuamente.

En el matrimonio, ambos debemos estar dispuestos a dar y recibir. Para esto se necesita entrenamiento y madurez.

Así como Salmos 78:72 nos muestra que Dios apacienta con integridad y pericia, nosotros también necesitamos eso para tratar con nuestro cónyuge al conversar. Si amamos bien, debemos estar dispuestos a procurar lo que se necesita para bendecir estando abiertos a hablar.

Efesios 5:15-20 nos muestra que una persona llena del Espíritu va a reflejar esa llenura en su forma de hablar, y por eso necesitamos ayuda de Dios en esta área.

4. Procurar conversaciones dinámicas.

Debemos mantener la conversación enfocada, sin distraernos ni perdernos en nuestras diferencias. Esto es crucial, porque no estamos acostumbrados a admitir nuestras fallas al ser confrontados.

Por eso es importante presionar en nuestras conversaciones para que haya aplicación de las cosas que tenemos que cambiar. Hay que procurar que la conversación dé frutos y se hagan cambios adecuados. La información buena que adquiramos no es suficiente. Debemos aplicarla matando nuestro orgullo.

El orgullo nos impedirá ver lo que el otro nos habla, evitando que nuestras conversaciones sean dinámicas, y esto debe ser un motivo de oración. En todos nosotros hay algo de orgullo, y debemos aprender a lidiar con eso. Recordemos Proverbios 28:13-14:

“El que encubre sus pecados no prosperará, Pero el que los confiesa y los abandona hallará misericordia. Cuán bienaventurado es el hombre que siempre teme, Pero el que endurece su corazón caerá en el infortunio”.

5. Compromiso y aceptación.

La amistad es necesaria en todo esto. En el matrimonio, nos une una amistad que nos hará perdurar juntos e identificará a nuestra relación. Un gran desafío que debemos proponernos con ayuda de Dios es que nuestro cónyuge sea nuestro mejor amigo. Eso facilita inmensamente todo lo que hemos hablado aquí.

Cuando dos personas están unidas en la providencia de Dios, Él diseña esa unión y tiene propósitos más que temporales. Si apreciamos el regalo de lo que Dios nos da, comenzaremos a apreciar nuestra amistad. Debemos ser intencionales en preservarla y cultivarla. Esto, una vez más, debe ser un motivo de oración.

Nuestro cónyuge es el regalo de amor más hermoso que Dios nos ha dado. Él lo diseñó así. Si creemos eso, trabajemos con compromiso y aceptación en conocer a nuestro conyuge y amarle, mostrando gratitud por la fidelidad de nuestro cónyuge en amarnos. Esto toma esfuerzo, y por eso necesitamos la ayuda de Dios.

Decidamos perdonarnos en vez de amargarnos, avanzar en vez de retroceder, amarnos en vez de desilusionarnos, agradar a Dios en vez de agradarnos a nosotros mismos, y cuidarnos mutuamente en nuestra relación.


Imagen: Lightstock.
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