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Cuando pensamos en el pecado muchas veces nuestra mente puede irse a pecados escandalosos como la borrachera, el robo o la inmoralidad sexual. El cristiano peligra al pensar que todo está bien porque su vida no se caracteriza por pecados tan escandalosos como los que acabo de mencionar. Esa era yo porque pensaba que era una buena cristiana ya que nunca decía malas palabras, no me emborrachaba, ni hacía cosas “malas”.

Me llenaba de orgullo y justicia propia que otros dijeran lo “buena” que yo era a pesar de ser tan joven. Todo cambió cuando una tragedia sucedió en mi vida y el Señor me mostró cuánto lo necesitaba. En medio del dolor y la pérdida, Él me mostró con misericordia mi pecado y cómo Jesús en la cruz había declarado su victoria sobre mi enemistad con Dios. Cristo trajo paz y reconciliación a mi vida a pesar de mi gran orgullo y justicia propia. Empecé a verme como lo que realmente era, una persona muy parecida a los fariseos que se lucían por sus buenas obras, pero su corazón estaba profundamente lejos de Dios.

¿Qué relación tiene mi historia con Dios con el tema en cuestión? Bueno, que muchos de nosotros pensamos en los pecados grandes que cometemos y no cometemos, pero no nos damos cuenta de los pecados sutiles y que comúnmente no se ven mal. Sin embargo, no advertimos que estos pecados “sutiles e inofensivos” son impulsados por el orgullo, la incredulidad y el egoísmo. Uno de estos pecados ignorados es la gula.

La gula muestra nuestro orgullo

El orgullo se muestra cuando nos satisfacemos en otras cosas y no en Dios, mostrando así nuestro deseo de independencia de Él. Queremos ser autosuficientes, queremos seguir los placeres de nuestra carne y llenarnos con cosas temporales que vemos como la solución para nuestros problemas y vacíos.

La gula implica ser controlados por un deseo de satisfacernos en la comida y no en la fuente de satisfacción que es Dios por medio de Cristo

Pensemos en el pueblo de Israel y cómo, después de ser liberados de la esclavitud en Egipto, no perdieron tiempo en quejarse contra Dios porque querían las delicias que ellos decían que tenían en Egipto. Ellos creían que en estas cosas encontraban lo que su alma necesitaba (Éx 16:2-3). Ellos no miraban en asombro y adoración a su Salvador, el Dios fuerte que estaba avanzando su plan de redención. El pueblo estaba tan lejos de Dios que se satisfacía con lo que podía ver, escuchar y degustar. Ellos no tenían un corazón que latiera por Yahvé, quien podía satisfacer toda sed y hambre temporal y eterna.

Y nosotros, ¿no somos así? En nuestra ansiedad, cansancio y desánimo, muchas veces buscamos consuelo en cosas temporales como la comida o la bebida. Cuando creemos que esa comida hará lo que solo Dios puede hacer, tenemos problemas de orgullo, pero también de incredulidad.

La gula revela incredulidad

La incredulidad es desconfiar de quien es Dios y lo que solo Él puede hacer por nosotros. La gula implica ser controlados por un deseo de satisfacernos en la comida y no en la fuente de satisfacción que es Dios por medio de Cristo. Cuando éramos enemigos de Dios nuestro corazón era dominado por el pecado pero, cuando el evangelio de Cristo nos salvó, fuimos sellados con el Espíritu Santo (Ef 2:1). Dios regeneró nuestro corazón de piedra y nos dio un corazón de carne que respondiera a su amor y fuera satisfecho solo por Él (Tit 3:5).

Ahora en Cristo podemos escoger entre el pecado y la obediencia, podemos confiar en que nuestro Padre puede saciar nuestra hambre y sed espiritual. Solo Él puede darnos verdadera paz, gozo, esperanza. Entonces, cuando nuestra alma está saciada ya no buscaremos apagar la ansiedad y el cansancio con la comida. Ya no correremos a refugiarnos en la comida para que ella haga lo que solo Dios puede hacer por nosotros. En Cristo podemos decir: “Señor yo creo, ayúdame en mi incredulidad” (Mr 9:24).

Al clamar, cuando somos tentados por la gula, el Señor nos escucha y nos rescata, nos da ojos para verlo y disfrutarlo solo a Él.

La gula evidencia egoísmo

La gula es un obstáculo para el gozo en Dios que produce generosidad. El salmista afirma: “Me darás a conocer la senda de la vida; en tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra hay deleites para siempre” (Sal 16:11). Al refugiarnos en el Señor tendremos contentamiento con todo lo que hemos recibido de Él y de nuestro corazón brotará generosidad. En lugar de estar gobernados por el enojo o la impaciencia —cuando la comida no está a la hora pensada o el mesero no nos da lo que deseamos pronto— estaremos gobernados por el deleite y el gozo del Señor. Entonces, de nuestro corazón ya puede brotar paciencia y amor, al pensar en los demás y no en nosotros mismos.

Cuando la gula gobierna nuestro corazón actuamos en egoísmo. Frases como “¡yo necesito esta comida y la necesito ya!” o “con tan solo comer un tarro de helado me sentiré bien y podré responder bien” pueden ser reemplazadas por pensamientos como: “porque Cristo me satisface y Él es mi refugio, puedo depender de Sus fuerzas y ser paciente, amoroso y buscar maneras de servir a pesar de mis emociones”.

Algunos datos sobre los efectos de la gula

De acuerdo con la CDC (Centro de Control y Prevención de Enfermedades), en los Estados Unidos, el porcentaje de obesidad entre los años 2017 y 2018 fue de 42.4%. Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en América Latina se estima que un 58% de la población vive con sobrepeso, esto es 360 millones de personas.

La ansiedad por la comida en muchas ocasiones está ligada a enfermedades que se deben diagnosticar. Las condiciones relacionadas con la obesidad son algunos tipos de cáncer, diabetes tipo 2, infartos, enfermedades cardiacas y serias enfermedades respiratorias. De acuerdo con la Librería Nacional de Medicina de los Estados Unidos, también ha sido reconocido que el ADN de las personas obesas está dañado y esto puede afectar la fertilidad y la salud de sus futuros hijos.

Dios regeneró nuestro corazón de piedra y nos dio un corazón de carne que respondiera a su amor y fuera satisfecho solo por Él

Sabemos que todo lo que los creyentes somos y tenemos le pertenece a Dios. Por lo tanto, debemos ver el pecado de la gula como algo serio delante de Dios. Este pecado demuestra la falta de dominio propio para someter nuestros deseos al Señor. Debemos velar por nuestra salud y tomar decisiones que le glorifiquen con nuestro cuerpo.

Entonces, es vital asegurarnos de que cuando nos alimentamos o nos ejercitamos, lo hacemos para la gloria de Dios (1 Co 10:31). No comemos saludable o nos ejercitamos para atraer la atención de los demás hacia nosotros. Hacemos estas cosas buscando glorificar a Dios con nuestro cuerpo. Adicionalmente, está comprobado que las personas que hacen ejercicio frecuentemente y que se alimentan bien manejan mejor la depresión, la ansiedad y muchas enfermedades prevenibles.

Palabras finales

No perdamos de vista que nosotros podemos disfrutar la creación de Dios y dar gracias sin hacer de ella lo que nos calma, nos consuela y nos da lo que creemos que necesitamos aparte de Dios. Por la gracia de Dios, podemos disfrutar la comida con la actitud correcta dando gracias a Dios y a quienes nos rodean.

En dependencia de Dios, desarrollaremos un deseo genuino de compartir lo que tenemos o preparamos de comida alrededor de tiempos de conversación y compañerismo. Usemos pues toda oportunidad para buscar nuestro refugio en Dios. Confiemos en que Él es el único que nos satisface y así abundaremos en un deseo amoroso de dar gracias y compartir con otros para la gloria de Dios.

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