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Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de La fórmula del liderazgo: Cómo desarrollar a la nueva generación líderes en la iglesia (B&H Español, 2019), por Juan Sánchez.

Aun después de la caída, la imagen de Dios en la humanidad no fue erradicada. Distorsionada sí, pero no destruida (Gn. 5:1-3). Vemos evidencias de esto cuando experimentamos un liderazgo amable y amoroso incluso de parte de los incrédulos. Debido a la gracia común de Dios, los no cristianos también pueden tener buenos matrimonios, ser buenos jefes, y cuidar amorosamente de aquellos que están bajo su supervisión.

Aún así, debido a que Dios está obrando en los cristianos sobre la base de la obra de Cristo y en el poder del Espíritu Santo para conformarnos a la imagen de Su Hijo (Rom. 8:28-29), en Cristo, estamos llamados a representar el dominio de Dios sobre la tierra y reflejar su amoroso cuidado hacia la creación a medida que reproducimos a personas a la imagen de Dios en la tierra al cumplir la Gran Comisión (Mt. 28:19-20). Por tanto, dado que Dios está restaurando y renovando Su imagen divina en nosotros, la mejor manera de mostrar ese liderazgo es como embajadores de Cristo (2 Co. 5:20).

Que el patrón del liderazgo, de autoridad y sumisión, dado por Dios en la creación continúe hoy es algo que se afirma en todas la Escritura y se clarifica en el Nuevo Testamento. Se manda a las esposas que se sometan a sus propios esposos: “Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia” (Ef. 5:23). Y se le ordena al esposo que ejerza su autoridad con amor, así como Cristo amó a la Iglesia con amor sacrificial (Ef. 5:25). De nuevo, es importante enfatizar que el esposo y la esposa son iguales en cuanto a la imagen de Dios, pero se relacionan entre sí en roles de autoridad y sumisión diferentes. Este es el patrón del liderazgo establecido en la creación. Pero no se limita a la familia.

El patrón de liderazgo establecido para el hogar también se ha de reflejar en la iglesia. Como en el hogar, hombres fieles, apartados por el Espíritu Santo, están llamados a dirigir, proteger y proveer para la iglesia (Hch. 20:28; 1 P. 5:1-4). Es cierto que la opinión de que solo los hombres deben ser pastores no se ve con buenos ojos en nuestra cultura actual. Vivimos en medio de movimientos de lucha a favor de los derechos de las mujeres los cuales, como la Biblia hace, declaran que hombres y mujeres son iguales.

Los hombres y las mujeres son iguales ante Dios porque somos la imagen de Dios, no porque hagamos las mismas cosas

Sin embargo, a diferencia de la Biblia, tanto las feministas seculares como las evangélicas sostienen que si los hombres y las mujeres son iguales, ellas pueden hacer lo que los hombres hacen. Lamentablemente, los movimientos de lucha por los derechos de las mujeres que se iniciaron en Inglaterra y en Estados Unidos fueron necesarios; inicialmente, las activistas lucharon con toda la razón por la igual dignidad de las mujeres en un momento en que eran tratadas como inferiores a los hombres y ni siquiera se les permitía votar. También es cierto que la segunda ola del movimiento feminista también luchó con razón por la igualdad de las mujeres en el lugar de trabajo, en particular, la igualdad salarial al desempeñar el mismo trabajo que los hombres. Sin embargo, el problema es que, cuando este movimiento feminista golpeó nuestra cultura en una tercera ola, enfocó la igualdad en el lugar equivocado: aquello que hacemos (nuestras funciones).

La Biblia, por otro lado, basa nuestra igualdad en lo que somos (el ser): la imagen de Dios. Los hombres y las mujeres son iguales ante Dios porque somos la imagen de Dios, no porque hagamos las mismas cosas. Cierto es que, probablemente, nuestra negligencia como cristianos de celebrar la igualdad entre hombres y mujeres a la imagen de Dios sea, al menos en parte, responsable de la reacción feminista de hoy en día. Sin embargo, cuando entendemos el hermoso diseño divino, celebraremos la igualdad entre hombres y mujeres como imagen de Dios, al mismo tiempo que celebramos nuestros distintos roles.

Este patrón del liderazgo, en el que experimentamos relaciones de autoridad y sumisión, es bueno porque ha sido diseñado por Dios. Pero, no se limita al hogar y la iglesia. Debido a que es el buen diseño de Dios, todos nosotros estamos en relaciones de autoridad y sumisión. Dios establece gobiernos para dirigir, proteger, y proveer a sus ciudadanos, promoviendo el bien y castigando el mal; por tanto, como ciudadanos de un gobierno terrenal, debemos someternos a las autoridades gubernamentales (Ro. 13:1-7; 1 P. 2:13-17). Nuestro Dios es un Dios de orden, no de caos, por lo que no nos permite vivir en la anarquía. Él nos creó para tener relaciones de autoridad y sumisión. 

Tristemente, nuestra cultura confunde el fundamento de nuestra igualdad y, como resultado, rechaza el patrón del liderazgo establecido por Dios. Pero ese patrón es un reflejo de cómo, en la economía de la historia de la salvación, Dios nos ha revelado que se relaciona con Él mismo. Así como Jesús es la cabeza de toda la humanidad, y el esposo es la cabeza de la esposa, así, “Dios [es] la cabeza de Cristo” (1 Co. 11:3).

No hay forma de escapar de las relaciones de autoridad y sumisión, pero todos reflejamos la autoridad de Dios en este mundo y sobre nosotros

El único Dios existe en tres personas y, en la historia de la redención, Dios nos ha revelado que Él es Padre, Hijo, y Espíritu Santo: el Hijo se somete al Padre (Jn. 5:19,30; 8:28), y el Espíritu se somete al Padre y al Hijo (Jn. 14:16; 15:26). Y, sin embargo, el Padre es plenamente Dios; el Hijo es plenamente Dios (Juan 1:1-5; 8:58); y el Espíritu es plenamente Dios (2 Co. 3:18). Con lo cual, dentro de la Divinidad, el Padre, el Hijo, y el Espíritu son iguales en ser, porque comparten la misma esencia divina. No obstante, cada uno cumple con un papel o una función distinta. El misterio de la Trinidad es profundo, pero la Escritura enseña que la relación de igualdad en el ser y la distinción en los roles está arraigada en la propia revelación que Dios hace de sí mismo cuando se relaciona con nosotros y con el resto del mundo.

No debería sorprendernos que, por ser a la imagen de Dios, nosotros también experimentemos relaciones de igualdad en el ser y de diferencia en los roles. Todos somos iguales ante Dios como su imagen, tanto creyentes como incrédulos, hombres y mujeres, ricos y pobres, instruidos e incultos. Pero también experimentamos diferentes relaciones de autoridad y sumisión. En algunas situaciones, dirigiremos, mientras que en otras, seguiremos. Los esposos están llamados a guiar a sus esposas; los padres, a guiar a sus hijos; los pastores están llamados a guiar a la Iglesia de Cristo; los empresarios a dirigir a sus empleados; los funcionarios públicos están llamados a dirigir a los ciudadanos.

No hay forma de escapar de las relaciones de autoridad y sumisión, pero todos reflejamos la autoridad de Dios en este mundo y sobre nosotros, ya que representamos el cuidado amoroso de Dios sobre todos los que están bajo nuestra autoridad, y voluntariamente nos sometemos a aquellos a quienes Él ha puesto como autoridad sobre nosotros.


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