¿Tu deseo de control compite con la soberanía de Dios?

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de Nadie como Él: 10 maneras en que Dios es distinto a nosotras (y por qué eso es algo bueno) (Poiema Publicaciones, 2019), por Jen Wilkin. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.

Como Dios controla todo, puede hacer que todas las cosas obren para nuestro bien, aun aquellas que otros pretendan para mal. Los teólogos hablan de su voluntad activa y su voluntad pasiva. Él obra activamente a través de nuestra obediencia, pero también puede obrar pasivamente a través de la desobediencia, como en el caso de los hermanos de José. José reconoció que aquello que hicieron sus hermanos para causarle mal, Dios lo usó para lograr Sus buenos propósitos.

Aunque Dios controla todo, aquellos que hacen el mal siguen siendo responsables de sus decisiones pecaminosas. ¿Cómo puede ser esto? ¿Cómo podemos ser responsables de nuestras decisiones si Dios es soberano? La soberanía divina y la responsabilidad humana son verdades paralelas que debemos sostener simultáneamente. La Biblia afirma reiteradamente la soberanía absoluta de Dios y el libre albedrío del hombre. El mismo Jesús que afirmó: “Nadie puede venir a Mí si no lo atrae el Padre que me envió”, también dijo: “Vengan a Mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y Yo les daré descanso” (Jn. 6:44; Mt. 11:28 NVI). Dios nos llama a salvación. Nosotras respondemos a su llamado por nuestra propia voluntad. Si no tuviéramos libre albedrío, entonces Dios sería injusto al castigar el pecado.

Cómo pueden coexistir nuestro libre albedrío y la soberanía de Dios es un misterio. Nuestros límites humanos nos impiden entender plenamente cómo dos puntos aparentemente contradictorios pueden ser verdad. Es bueno meditar en este asunto, pero si permitimos que nos distraiga de una pregunta de mayor importancia, hemos perdido el enfoque. Lo que deberíamos preguntarnos es: ¿Cuán comprometidas estamos con el mito de nuestra propia soberanía?

Para responder con honestidad, considera las cuatro áreas en que luchamos por el control.

1. Nuestros cuerpos

La forma en que manejamos nuestros cuerpos dice mucho sobre nuestra necesidad de controlar. Ocuparnos de nuestros cuerpos es un asunto de mayordomía. No nos pertenecen. Nos han sido dados para que los mantengamos en salud. Pero cuando cruzamos la línea hacia un control enfermizo, pasamos de la mayordomía a la idolatría. Esto puede manifestarse de diferentes formas: preocupación obsesiva con la dieta o el ejercicio, trastornos alimenticios, temor excesivo ante la enfermedad o los gérmenes, hipocondría, temor a envejecer, o simplemente vanidad.

La forma en que manejamos nuestros cuerpos dice mucho sobre nuestra necesidad de controlar.

¿Cómo podemos saber si hemos pasado del cuidado al control excesivo? Sin duda, por la forma en que afecta nuestro tiempo, pero también nuestras palabras y nuestras billeteras. Cuando nos esforzamos por tener un control enfermizo sobre nuestros cuerpos, hablamos sobre ellos constantemente. Nuestros métodos, expectativas, y resultados siempre surgen en nuestras conversaciones y nuestras redes sociales. Racionalizamos el costo económico de cualquier suplemento, procedimiento médico, crema rejuvenecedora, licuadora, o membresía de gimnasio con tal de lograr nuestra meta.

Nuestra necesidad de controlar también termina afectando nuestras relaciones. Juzgamos a aquellos que no siguen nuestros regímenes estrictos, menospreciándolos por su “indisciplina” en cuanto a su salud o por su “descuido” en cuanto a su apariencia. Preferimos invertir el tiempo y los recursos que tengamos en nosotras mismas y no en otras personas.

2. Nuestras posesiones

Lo mismo sucede con nuestras posesiones. Nuestro llamado es a administrarlas bien, no a hacer con ellas lo que queramos. No es malo tener cosas, pero sí es malo adorarlas. Nuestro deseo de controlar excesivamente nos lleva a obsesionarnos con adquirir, multiplicar o mantener lo que tenemos. Esto es lo que está detrás de la acumulación de ciertos artículos, de las compras compulsivas, del miedo a usar lo que poseemos porque podría dañarse o sufrir desgaste, del cuidado obsesivo de alguna propiedad, del control excesivo de las finanzas, y de la incapacidad de prestar o regalar bienes a otros.

¿Te enfurece encontrar un rasguño en tu automóvil? ¿Te enorgullece que ese automóvil sea mantenido con toda meticulosidad? La manera en que reaccionamos al daño o a la pérdida de las posesiones revela si tenemos problemas de control en esta área. ¿Te parece racional acumular deudas para mantener cierto estilo de vida? Algo no anda bien con tu percepción de tus posesiones.

3. Nuestras relaciones

Todas nuestras relaciones humanas son ordenadas por Dios; son oportunidades para mostrar amor preferencial por otras personas hechas a su imagen. Los conflictos en las relaciones suelen ser por un asunto de control. Ese deseo enfermizo de controlar en una relación puede manifestarse como intimidación o manipulación (verbal, emocional, o física), que son los sellos distintivos del abuso. Sabemos cómo lucen los extremos —los vemos cada día en las noticias, o tristemente los conocemos de primera mano. La mayoría de nosotras no caemos en la categoría de “agresoras”, pero eso no significa que no somos controladoras de alguna forma u otra.

Hay formas de controlar que son más sutiles, como la incapacidad de admitir que nos pasa algo, la necesidad de tener la última palabra, la necesidad de tener ventaja sobre otros, y la resistencia a hacer las cosas de una forma diferente a la nuestra. Ya sea que actuemos de esta manera con un niño, un esposo, una amiga o un(a) colega, estamos queriendo controlar.

Lo más común es que caigamos en conductas controladoras hacia aquellos que Dios ha puesto bajo nuestra autoridad. Los padres, los líderes en las iglesias, y los dirigentes empresariales que tienen un deseo excesivo por el control terminan siendo líderes autoritarios, dando más importancia a las reglas que a las relaciones. Ser una autoridad significa establecer límites que preserven la relación, no que la hagan más difícil.

El amor preferencial por otros exige que aplastemos nuestro deseo de controlarlos.

Una amiga me dijo una vez que cuando sus hijos se acusaban en medio de una pelea (una evidente lucha por el control), ella preguntaba: “¿Quién está siendo el más amable?”. ¡Qué pregunta más reveladora para cualquier conflicto relacional! El amor preferencial por otros exige que aplastemos nuestro deseo de controlarlos. ¿Permites que tus cambios de humor lleven a otros a andar con cuidado para no ofenderte o enojarte? ¿Esperas que otros puedan leer tu mente cuando han herido tus sentimientos? ¿Hay un mensaje oculto en tus palabras? Escoge la amabilidad en vez del control, y verás cómo mejoran tus relaciones.

4. Nuestras circunstancias o entornos

La vida es incierta. Dios conoce el futuro, pero nosotras no, y la mayoría de nosotras no manejamos muy bien la incertidumbre. Las que quieren controlar las circunstancias tratan de hacer provisión para todo imprevisto que pudiera surgir. Tienen por costumbre planificar demasiado, y convierten las tareas más simples en grandes proyectos. Mientras menos control crean que tengan, mayor será su tendencia a controlar. Son las que se la pasan dando órdenes, las que ofrecen “ayuda” no solicitada para proyectos o situaciones que no tienen que ver directamente con ellas, las que son estrictamente puntuales aun cuando nadie las está esperando, y las que luchan contra un deseo abrumador de ser la persona a cargo del control remoto. Saben cuál es la mejor manera de llenar el lavaplatos, y lo reordenan disimuladamente cuando piensan que nadie está viendo.

Hurgan en la basura después de que la fiesta se ha terminado —sin importar la hora ni la cantidad de basura— para sacar todo lo que sea reciclable. De todos modos, no serán capaces de dormir hasta que se haya hecho. Desarrollan rituales y rutinas de los cuales depende su tranquilidad. Hay reglas para todo, desde el orden en que debe comerse la comida en el plato hasta la manera en que debe ordenarse el cajón de las medias. Si ves un espejo torcido en la pared, ¿puedes pasarle por delante sin acomodarlo? Si no puedes, quizás la próxima vez que lo hagas debas tomarte un momento para reflexionar. Yo tuve que hacerlo para encontrar estos ejemplos. No me identifico con todos, pero sí con muchos. Nadie me acusaría de ser compulsivamente puntual, pero muchos saben que soy una farisea con el reciclaje y una legalista con el lavaplatos. No tienes que padecer del trastorno obsesivo-compulsivo para tener problemas de control en cuanto a tus circunstancias o entornos. Solo tienes que ser una humana limitada.

Recordemos que cuando intentamos controlar, estamos declarando que somos nosotras quienes deberíamos gobernar el universo, y no un Dios infinitamente bueno, omnisciente, omnipotente, y soberano. Oremos que Él nos conceda no tratar competir con su soberanía en nuestras vidas.


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Imagen: Lightstock.
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