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Es probable que alguna vez hayas asistido a un evento evangelístico como el que voy a describir.

Para comenzar, se ofrece una actividad que llame la atención, como un drama teatral, una comida, una charla, etc. Luego se realiza alguna forma de predicación bíblica, donde se argumenta sobre la necesidad de huir del infierno o llegar al cielo. Por último, el encargado del evento hace repetir una oración a aquellos que fueron afectados por el mensaje, aún cuando probablemente no lo entienden por completo. Entonces, a quienes la repiten, les asegura que hay fiesta en los cielos porque sus nombres han quedado escritos en el libro de la vida.

¿Es correcta o precisa esta forma de entender la conversión?

Por favor, no me mal entiendas: pienso que debemos evangelizar. Debemos esforzarnos por predicar a los inconversos y es importante guiarlos a través de la Palabra para que puedan entender su pecado, arrepentirse y creer en Dios. Pero con este artículo quiero animar a tener cuidado con asegurar a las personas diciéndoles que ya son salvas solo por repetir una oración.

Por eso quiero reflexionar sobre algunas prácticas que deberíamos evitar cuando estamos evangelizando y cuáles deberían ser las formas apropiadas de actuar.

La mala práctica de asegurar la salvación con una oración 

Es importante mencionar que en el proceso de evangelización y discipulado debemos presentar el evangelio y enseñar a las personas a cómo orar; Jesucristo lo hizo a través del padrenuestro (Mt 6:5-15).

Lo que debemos evitar es la práctica de asegurar a las personas que por solo pronunciar una oración ya son salvas, indiferentemente de si esa persona en verdad tenga arrepentimiento y fe. Jesús mismo estuvo en contra de las repeticiones sin sentido o con declaraciones altisonantes que no tienen asidero con la realidad (v. 7).

En su libro La evangelización, el pastor John MacArthur explica: «Una relación correcta con Dios comienza con una valoración precisa de nuestra necesidad y nuestro estado pecaminoso… Una oración mecánica parece casi frívola comparada con la gravedad del problema del género humano» (loc. 155).

No predicamos el evangelio con simple elocuencia, sino con fidelidad y esperamos en Dios para haga germinar la semilla del evangelio

La Palabra de Dios es clara en recordarnos nuestra condición de muertos antes de venir a Cristo (Ef 2:1-3). Por eso debemos tener cuidado con la mala práctica de hacer que las personas reciten una combinación de palabras como un acto mágico salvador, por más teológica que esta sea. Mucho menos debemos asegurarles livianamente que con eso basta para ser salvos, sin llamarlos a que respondan al evangelio en arrepentimiento y fe.

El problema de asegurar la salvación con solo repetir una «oración de fe» puede ser devastador, tanto para la persona que la repitió, porque cree que es hijo de Dios cuando es muy posible que todavía no lo sea; como para la iglesia, que estará mal representada por personas que dicen ser cristianas, pero quienes por no tener la morada del Espíritu no pueden dar testimonio del evangelio.

La buena práctica de predicar el evangelio y esperar frutos

Entender que es Dios el que salva, y no una combinación de palabras, no debe desalentarnos de evangelizar. Estoy consciente de que Dios podría hacer la evangelización Él mismo y de una manera más adecuada que nosotros, si así lo quisiera. Pero por Su gran soberanía y Sus misterios decidió hacerlo a través de Sus discípulos y nos encomendó la misión de llevar el evangelio a todas las naciones (Mt 28:19-20).

El apóstol Pablo nos recuerda que «la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro 10:17). Esto nos ayuda a estar convencidos de que el evangelio es un mensaje que debe ser transmitido a través de palabras que sean fieles a lo establecido por Dios en la Escritura. Las personas serán salvadas por Dios a través de la comprensión de este mensaje y es ahí donde la iglesia juega un rol importante en la transmisión del evangelio.

Jesús ilustró esta tarea con la figura de un sembrador (Mt 13:3-9; Lc 8:4-8). El mundo entero está lleno de sembradores, por eso tenemos tantos vegetales y tubérculos de los cuales nos alimentamos cada día. Pero ninguno de esos sembradores tiene la capacidad de hacer que la semilla germine y dé fruto. Ellos pueden sembrar, abonar, regar y tomar todos los recaudos necesarios para que la semilla crezca, pero solo Dios hace a la semilla crecer (Mr 4:26-29). De la misma manera, no predicamos el evangelio con simple elocuencia, sino con fidelidad y esperamos en Dios para que transforme el corazón del pecador y haga germinar la semilla del evangelio.

La mala práctica de manipular a otros para que repitan una oración

Relacionado con la repetición de una oración, está la mala práctica «evangelística» de manipular las emociones de los oyentes.

Los resultados de nuestra predicación están en manos de Dios. No es necesario manipular a la gente para lograr cierta cantidad de supuestas conversiones

A lo largo de mi vida he escuchado a muchos predicadores presentar como medallas a las personas que llevaron a recitar la oración de fe. Sus mensajes suelen estar fuertemente basados en la promesa de llegar al cielo o en el temor de acabar en el infierno. En otros casos, simplemente se promete una mejor vida aquí en la tierra, donde todos los problemas terrenales concluirán si realizan una oración; algo que está muy lejano a la verdad bíblica (Hch 14:21-22).

Estoy de acuerdo con que debemos predicar sobre la promesa del cielo y advertir sobre el castigo del fuego eterno. El problema surge cuando usamos estos temas, o cualquier otro, para simplemente manipular las emociones de las personas y así generar una mera respuesta emocional rápida. Puede que este tipo de predicaciones esté motivada por el deseo de tener éxito en el evangelismo, pero esta práctica nos aleja de glorificar a Dios, el verdadero dueño de la salvación, y exalta nuestra capacidad de oratoria o de manejo de la audiencia, por encima del poder salvífico que solo pertenece a Dios.

Si nuestro interés es solo la cantidad de personas que levantan la mano o repiten una oración, corremos el peligro de dar una falsa seguridad de salvación a personas que todavía necesitan un salvador. Debemos tener cuidado porque una verdad a medias puede ser más peligrosa que una mentira completa.

La buena práctica de recordar la soberanía de Dios

Nuestro interés principal en el evangelismo debe ser glorificar a Dios y ser fieles a Su Palabra, incluso cuando no veamos tantas conversiones como anhelamos. Necesitamos recordar que Dios es soberano en todo este proceso. Considera, por ejemplo, los ministerios de los profetas Jonás y Jeremías: en el caso de Jonás, muchos se arrepintieron a pesar de que su conducta no fue la mejor; mientras que en el de Jeremías, a pesar de su gran fidelidad a Dios, fue poco escuchado en su tiempo.

Los resultados de nuestra predicación están en manos de Dios. Por eso no es necesario manipular a la gente con el deseo de lograr cierta cantidad de supuestas conversiones. Más bien, expongamos la verdad con fe y precisión para que Dios sea glorificado.

La salvación es más que una combinación perfecta de palabras bien seleccionadas que alguien debe repetir; es una obra soberana de Dios de principio a fin

Por otra parte, saber que Dios es quien salva debe darnos paz. Debemos predicar el evangelio porque el Espíritu Santo actúa a través de su mensaje (1 Co 2:12-13). Es nuestra responsabilidad cumplir la gran comisión. Pero en todo tiempo debemos estar confiados en que Dios es soberano y, una vez cumplido nuestro mejor esfuerzo, podemos dejar todo en Sus manos para que Él sea glorificado en la salvación de muchas personas.

La salvación es más que una combinación perfecta de palabras bien seleccionadas que una persona debe repetir; es una obra soberana de Dios de principio a fin.

Cristo en el centro del evangelismo

Entonces, la próxima vez que seamos parte de un grupo evangelístico o presentemos el evangelio a una persona, procuremos que el centro de nuestro mensaje sea Cristo.

Busquemos mostrar toda Su obra redentora y la necesidad que cada persona tiene de Dios. Es más, si alguien quiere que le enseñes a orar, ¡hazlo! El padrenuestro tiene muchos principios sobre cómo orar y cómo enseñar a otros a orar (Mt 6:5-15).

Enseñemos a nuestros oyentes que deben arrepentirse y creer en Cristo para ser salvos (cp. Mt 4:17), pero tengamos cuidado de no guiarlos a simplemente recitar una oración apresurada que no nace de un corazón arrepentido y que probablemente sea pronunciada sin mayor convicción. Si el Señor salva a alguien por medio de nuestra predicación —y confiamos que lo hará—, esa salvación será evidente por los frutos que la persona demuestre en el tiempo (Mt 7:15-23).

Confiemos en la soberanía de Dios mientras damos nuestro mejor esfuerzo por cumplir con la misión de anunciar el evangelio.

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