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A lo largo de los años, un aforismo común que he oído entre los misioneros reformados es: «Lo que importa es la fidelidad, no los frutos». En lugar de aspirar incansablemente al fruto espiritual, estos obreros descansan en la verdad de que, en el ministerio, «los resultados dependen de Dios».

Por supuesto, esta perspectiva tiene justificación bíblica. Como escribió Pablo, el principal requisito del trabajo de los administradores del evangelio es la fidelidad (1 Co 4:2). Además, los ministros cristianos no pueden atribuirse el mérito final de los frutos de su labor. Uno planta, otro riega, pero Dios es quien da el crecimiento (1 Co 3:5-7).

Sin embargo, al centrarnos adecuadamente en la fidelidad, no debemos pasar por alto un objetivo paulino complementario: la búsqueda del fruto del evangelio. Para Pablo, descansar en la soberanía de Dios no equivalía a resignarse a la futilidad. Por el contrario, los misioneros más fieles son aquellos que trabajan con amor para ver resultados duraderos, resultados que conducen a nuestro gozo y recompensa y, en última instancia, a la gloria de Dios.

Sufrir pérdidas

1 Corintios 3:10-15 ilustra vívidamente el deseo de Pablo por un fruto duradero. A propósito, este pasaje se encuentra en medio de su discusión sobre la soberanía divina y la fidelidad ministerial.

Descansar en la soberanía de Dios no equivale a resignarse a la futilidad

El apóstol describe el ministerio del evangelio mediante la metáfora de una obra de construcción. Cristo es el fundamento, y distintos artífices construyen sobre él: incorporan oro, plata, piedras preciosas, madera, heno y paja. En el día final, los fuegos del juicio ponen a prueba y manifiestan el trabajo de todos. Si la obra de alguien sobrevive, «recibirá recompensa». Si se quema, «sufrirá pérdida» (vv. 14-15).

He luchado a menudo con esta ilustración. ¿Cómo sabemos qué obras sobrevivirán y cuáles arderán? ¿A qué tipo de recompensa se refiere Pablo y qué significa sufrir pérdidas?

Para responder a estas preguntas, necesitamos situar la ilustración de Pablo en su contexto. En los versículos inmediatamente anteriores y posteriores, Pablo escribe: «Ustedes son… el edificio de Dios» (v. 9) y «Ustedes son el templo de Dios» (v. 16). La interpretación más directa de la metáfora de Pablo es que el edificio es la iglesia y los materiales de construcción (oro, piedras, madera y paja) son los individuos.

Si eso es cierto, Pablo está utilizando esta metáfora de forma muy parecida a como lo hace Pedro (1 P 2:5), donde las personas son los bloques de construcción que conforman la estructura de la iglesia. Sin embargo, a diferencia de la ilustración de Pedro, Pablo supone que algunos en la iglesia visible no son realmente «piedras vivas». Son palos y paja que no sobrevivirán a las llamas del juicio de Dios. ¿Por qué esto es importante para los misioneros? Porque cuando su trabajo es consumido en el día final, experimentan una pérdida personal.

Trabajar en vano

Como reconoce Pablo en otro lugar, las labores misioneras pueden ser en vano. Los ministros del evangelio pueden perder a los que aparentemente habían ganado una vez. Pueden llegar al último día y no tener nada que demuestre sus esfuerzos (Fil 2:16). Si tus convertidos abandonan el evangelio, sucumben a la tentación o no resisten, tu labor se desperdicia (Gá 4:11; 1 Ts 3:5). Sin un legado que sobreviva, en vano se esfuerza el constructor.

Como ese legado son personas, está constantemente en peligro. Los materiales de construcción pueden arder. Sí, es cierto que, en el Señor, nuestras labores nunca son completamente en vano (1 Co 15:58). El ministerio del evangelio fiel es valioso en sí mismo, independientemente de los resultados. Sin embargo, debemos tener cuidado de no dejar que esta verdad teológica se trague todas las demás. En el contexto de su ministerio entre los corintios, Pablo sabe que pueden haber creído en vano (vv. 1-2) y que su labor podría convertirse en una pérdida.

Afortunadamente, cuando Pablo escribe 2 Corintios, tiene la esperanza de que no sea así. Se siente reconfortado por el crecimiento de ellos en la gracia y espera el día en que, ante el Señor, se gloríe de ellos, como ellos se gloriarán de él (2 Co 1:14; cp. Ro 15:17). Al igual que los de otras iglesias, estos creyentes son su orgullo y alegría (cp. Fil 4:1; 1 Ts 2:19-20). Ellos son su recompensa.

Amor paternal

Hace poco escuché a un predicador decir: «El objeto de nuestro gozo no debe ser el resultado de nuestro trabajo». En principio, esas palabras suenan verdaderas. Los misioneros no deben ser mercenarios que solo se preocupan por los resultados. Sin embargo, cuando Pablo se describe a sí mismo como constructor y agricultor, no está pensando en meros productos; está pensando en personas. Se apasiona por los que ama como un padre espiritual.

No, el objeto supremo del gozo y la recompensa de Pablo no son los resultados de sus labores ministeriales. Sin embargo, como cualquier padre, la felicidad de Pablo está claramente relacionada con el resultado de la fe de sus discípulos (2 Co 7:7; 1 Ts 3:8). No es difícil imaginarlo haciéndose eco de las palabras de Juan: «No tengo mayor gozo que este: oír que mis hijos andan en la verdad» (3 Jn 4; cp. 1 Jn 1:4).

Por el contrario, Pablo puede hablar de su angustia maternal (Gá 4:19) y de su constante ansiedad (2 Co 11:28) por los creyentes y las iglesias en apuros. En tales situaciones, ¿necesitaba Pablo que alguien le recordara que «los resultados dependen de Dios»? No lo creo. Eso sería como decirle a una madre afligida que no se preocupe por sus hijos rebeldes y descarriados. ¿Qué pasaría si la consolara casualmente con esta verdad: «En la paternidad, lo que importa es la fidelidad, no los frutos»?

Si los misioneros no trabajamos para obtener frutos duraderos, no somos verdaderamente fieles

Por supuesto, los misioneros pueden obsesionarse con los resultados de una manera poco saludable. Pero si descansamos en la soberanía de Dios de una manera en que nos resignamos respecto a los resultados, esto revela que no amamos a las personas como un padre ama a su hijo o como Pablo amaba a los creyentes a su cuidado. Si los misioneros no trabajamos para obtener frutos duraderos, no somos verdaderamente fieles.

Resultados para la gloria de Dios

No debemos intentar separar la fidelidad del ser fructíferos. Ambos aspectos van de la mano. Tampoco debemos suponer un conflicto entre trabajar para obtener resultados —incluso el gozo de nuestra recompensa— y glorificar a Dios.

Cuando, al igual que Pablo, tenemos el privilegio de ver a creyentes e iglesias crecer hacia la madurez, podemos y debemos alegrarnos. Podemos estar orgullosos de nuestro trabajo y esperar una recompensa. Podemos jactarnos de lo que Dios ha hecho, sabiendo que al final se debe a Su obra en nosotros (Ro 15:15-18). Él se lleva la gloria por todo lo que se logra a través de nuestros ministerios.

Dios recibe mayor gloria a medida que más y más personas son transformadas por el evangelio. El objetivo de Pablo como embajador de Cristo lo deja claro. Fue apartado y enviado «para promover la obediencia a la fe entre todos los gentiles, por amor a Su nombre» (Ro 1:5). Los resultados de las misiones contribuyen directamente a la gloria de Dios. Creo que ese propósito sigue siendo válido para los misioneros de hoy. Si nos apasiona la gloria de Dios, debemos apasionarnos por los frutos del evangelio.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Eduardo Fergusson.
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