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Soy consejero… ¡¿y ahora qué?!

El proceso de la consejería bíblica

Si estás empezando a servir como consejero bíblico podrías sentirte nervioso y hasta un poco mareado. Tal vez vas a reunirte con un aconsejado por primera vez y estás buscando ganar una relación de confianza, infundir esperanza y recopilar datos. O quizá es la quinta o sexta vez que te encuentras con un aconsejado, y estás buscando asignar tareas o ayudarlo a asimilarse a la vida en su iglesia local. 

Todas las sesiones de consejería tienen una estructura (¡o deberían!). Aquí hay algunos elementos de la consejería bíblica que te ayudarán a estructurar el proceso:

1. Involucramiento

Uno de los aspectos más importante en un proceso de consejería es crear una relación de confianza con el aconsejado. Como consejeros debemos enfocarnos en la persona en su totalidad, no solo en sus dificultades. Esta es la única manera de atender sus problemas en el contexto adecuado.

Para poder involucrarnos de manera sólida, primero debemos tener compasión y respeto por el aconsejado, recordando que en cada persona hay un reflejo de la imagen divina (Gn 1:26-28). También debemos ver a la persona como miembro de nuestra familia. Pablo escribe sobre esto: “No reprendas con dureza al anciano, sino, más bien, exhórtalo como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos, a las ancianas, como a madres; a las más jóvenes, como a hermanas, con toda pureza” (1 Ti 5:1-2). Nuestros aconsejados son hermanos y hermanas espirituales y nuestro Padre celestial nos demanda que los tratemos con amor, misericordia y gracia.

Debemos tener compasión y respeto por el aconsejado, recordando que en cada persona hay un reflejo de la imagen divina

2. Investigación

Uno de los mayores desafíos en el proceso de consejería bíblica es saber hacer buenas preguntas y estar atentos a lo que se nos va diciendo. Debemos procurar escuchar primero y hablar después (Stg 1:19); debemos adquirir entendimiento antes de impartir sabiduría (Pr 18:13, 17).

Pídele al aconsejado que te comparta su testimonio de fe en Cristo, que te brinde información sobre eventos clave en su vidas, rutinas y chequeos médicos. Observa su receptividad a la Palabra de Dios y usa hojas de recopilación de datos (puedes encontrar un ejemplo en el Apéndice C de este libro gratuito). Permanece atento tanto a lo que dice la persona como a la manera en que lo dice. Reúne tanta información como puedas.

En su libro Instrumentos en las manos del Redentor, Paul Tripp nos recuerda: “El ministerio personal eficaz, que honra a Dios y que transforma el corazón, depende de una base rica en información personal. No se puede ministrar a alguien que no se conoce” (p. 177).

3. Interpretación

Una vez que hayamos recopilado información suficiente, debemos interpretar correctamente los datos; esto es fundamental para el desarrollo del proceso de consejería. Es importante no solo interpretar nosotros, sino también ayudar al aconsejado a reinterpretar de manera correcta y bíblica sus propias conclusiones. Debemos evaluar la condición espiritual del aconsejado (1 Ts 5:14), usar lenguaje bíblico que describa el problema y observar juntos lo que dice la Biblia sobre las causas probables de tales problemas (Stg 4:1).

Por ejemplo, tal vez la investigación de la situación de nuestro aconsejado nos llevó a observar ansiedad, preocupación y problemas para dormir. En la interpretación podríamos ayudarlo a ver que Jesús mismo nos manda a no preocuparnos (Mt 6:25); muchas veces la ansiedad o los problemas para dormir son resultado de no estar confiando totalmente en la providencia y poder de Dios.

Quizá en otro caso, la investigación revela ataques de ira de una madre hacia sus hijos. Notamos que estos momentos iracundos se intensifican cuando hay gente observándola o cuando se pone a pensar en qué dirán las demás personas. Podemos interpretar que muchas veces su ira surge del temor a la gente y de la falta de control sobre las situaciones. 

4. Instrucción

El objetivo del consejero debe ser inculcar un entendimiento de la Palabra de Dios en la mente y el corazón del aconsejado (Ro 12: 1-2), para que este pueda ser estimulado a la fe y a vivir en obediencia a Dios en todas las áreas de su vida. Por tanto, el consejero debe abrir su Biblia desde el principio y tenerla siempre abierta. Esto es clave para recordarnos que debemos aconsejar sobre la base de la Escritura, no de nuestras experiencias y opiniones. Además, tener la Biblia a la vista ayudará a que el aconsejado comprenda la centralidad de las Escrituras (2 Ti 3:16-17).

El objetivo del consejero debe ser inculcar un entendimiento de la Palabra de Dios en la mente y el corazón del aconsejado

Es por eso que debemos prepararnos bien antes de cada sesión. Es importante leer las notas de las sesiones anteriores, investigar sobre los problemas que presenta el aconsejado y buscar tareas específicas. Sobre todo, es vital orar por nuestro aconsejado, recordando que el Espíritu Santo es quien hace la obra y no nosotros. La preparación nos llevará a enseñar de manera interactiva y creativa, evitando que la consejería se convierta en un sermón (monólogo) o que se base solamente en experiencias y opiniones personales. 

En todo esto, somos llamados a enseñar de manera redentora. Si no tenemos cuidado, podemos caer en el legalismo al solo pedirle al aconsejado que cambie patrones de conducta, colocando sobre ellos un peso enorme que no pueden sostener. Debemos apuntarlos siempre a Cristo… Él tiene todas las respuestas, Él es la esperanza eterna.

5. Implementación

Una vez dada la instrucción, es necesario que el aconsejado se comprometa a obedecer a Dios, a “ocuparse de su salvación” (Fil 2:12-13). Por supuesto, es fundamental recordarles que la motivación de su obediencia debe ser agradar a Dios (Col 3:20).

Las sesiones de consejería no son un fin en sí mismas; no se puede cambiar a una persona en unos minutos. Se necesita acción y obediencia por parte del aconsejado, pero también se necesita un plan —una meta— por parte del consejero. Debemos planear estrategias específicas a fin de que el aconsejado pueda actuar bajo directivas bíblicas claras.

Es importante dar tareas; los deberes prácticos animarán al aconsejado a poner en práctica la Palabra de Dios en su vida diaria. Algunas tareas esenciales son: lectura y meditación de las Escrituras, memorización de versículos, asistir a la iglesia, tomar notas del sermón que incluya alguna aplicación práctica, pedir perdón, rendir cuentas, leer algún capítulo de un libro en específico, entre otras.

No olvidemos filtrar todas las estrategias mediante la obra de Cristo en nosotros, es decir, brindar esperanza. La esperanza es vital para traer consuelo cuando se presentan los fracasos (Pr 24:16), cuando hay que enfrentar el pecado (1 Jn 1:9), trabajar duro y huir de la tentación. La esperanza dará al aconsejado la perseverancia en la aplicación de esos principios bíblicos hasta que su manera de pensar, sentir y vivir sea regida por patrones piadosos.

El cuerpo de Cristo debe ser el lugar que ayude al aconsejado a mantener su responsabilidad en el proceso del cambio

6. Incorporación

La iglesia local es el instrumento que Cristo ha designado para ayudar a los creyentes a crecer a su imagen y semejanza. Por ello, el cuerpo de Cristo debe ser el lugar que ayude al aconsejado a mantener su responsabilidad en el proceso del cambio.

Contar con la iglesia local es sumamente importante, porque no buscamos solo una solución a un problema, sino una reestructuración total de vida. Queremos que el aconsejado se involucre en el servicio, en la adoración y en relaciones bíblicas que lo lleven a crecer en santidad. Gálatas 6:6 anima a que aquel que es enseñado en la Palabra pueda compartir con otros toda la verdad.

Identificarnos con los aconsejados, reunir la información que necesitamos, hacer una interpretación bíblica de los aconsejados y sus problemas, instruirlos de manera bíblica, inducirlos a un compromiso decisivo para la obediencia e infundirles esperanza son dimensiones vitales para el proceso de consejería.

Como consejeros, es nuestra responsabilidad buscar el desarrollo de cada parte del proceso, para poder cumplir con el objetivo primordial de la consejería bíblica: promover santidad y un estilo de vida bíblico, a medida que los aconsejados son transformados a la imagen de Cristo.

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