Buenas noches, teléfono inteligente.

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de Familias tecnológicamente sabias: pautas para situar la tecnología en el lugar que le corresponde (2018, Andamio Editorial), por Andy Crouch.

Si hay algo que resuma la diferencia entre los seres humanos y nuestros dispositivos tecnológicos (así como entre nosotros y nuestro Creador) es esto: Necesitamos dormir. Mucho. Fuimos diseñados para estar quietos, en silencio, inconscientes, y vulnerables durante aproximadamente un tercio de cada día, y aún más si somos jóvenes.

Los dispositivos no necesitan este tipo de descanso. A pesar de que todo aquello que tenga partes que se mueven necesita un mantenimiento periódico (e incluso los dispositivos electrónicos acaban por desgastarse y fallar), la mayoría de nuestra tecnología puede funcionar durante días, meses, o incluso años sin nada que se parezca a dormir.

Sin embargo, nosotros no somos dispositivos, sino personas. Aunque estamos creados según la imagen de Dios, en este caso no nos parecemos en nada a Dios. Dios “jamás duerme ni se adormece” (Sal. 121:4 NVI), sino que está constantemente presente y disponible para toda la creación. El cuidado continuo de Dios es una buena noticia: nosotros, criaturas que precisan dormir, podemos confiar en que nuestras necesidades serán cubiertas aunque no estemos haciendo nada por nosotros mismos.

El cuidado continuo de Dios es una buena noticia: podemos confiar en que nuestras necesidades serán cubiertas aunque no estemos haciendo nada por nosotros mismos.

Ofrecer un entorno para dormir, un lugar en el que podamos descansar, idealmente sin interrupciones y sin temor, es una de las funciones más básicas de un hogar. Trabajo, comidas, ocio, vida social… todo ello puede ocurrir fuera de casa, pero casi todos nosotros nos acostamos en nuestras propias camas por la noche (y aquellos que viajamos, raramente dormimos tan bien en otro lugar).

Sin embargo, nada en nuestras vidas dentro del hogar ha sufrido una alteración mayor a causa de la tecnología que el sueño. Esta alteración empezó con la primera ola de tecnología, la electrificación generalizada que permitió que las luces de nuestras casas permanecieran encendidas de manera constante y no perdiéramos su luz después de que se pusiera el sol.

El problema es especialmente grave para la generación emergente (nuestros hijos), que dependen de las aplicaciones de mensajería para la mayor parte de su compromiso social. Los mensajes llegan día y noche, constantemente: “¡A alguien le gustó mi foto en Instagram!”, “¡Tengo un mensaje de un amigo!”, “¡Alguien ha dejado un comentario sobre lo que escribí!”, “¡Me han añadido a un grupo!”. Estos mensajes están llenos de la reafirmación positiva que todos anhelamos, sea cual sea nuestra edad, y de las señales sociales de desaprobación y vergüenza que todos tememos.

Por ello, necesitamos una disciplina simple: nuestros dispositivos deberían “irse a dormir” antes que nosotros. Y, para hacer que esta disciplina sea un poco más fácil, lo mejor es si su “habitación” está lo más lejos posible de la nuestra. Es posible que al menos un adulto necesite tener un teléfono cerca por la noche por si hay una emergencia, pero la mayoría de niños y adolescentes (y también los padres) no tienen suficiente autodisciplina como para activar el modo “No disponible” y colocar el teléfono boca abajo sobre la mesita de noche durante ocho o nueve horas.

Así pues, encuentra un lugar céntrico de la casa, lejos de las habitaciones, donde los teléfonos puedan dejarse antes de ir a dormir. Compra un despertador barato para que no tengas que depender de tu teléfono inteligente para despertarte. La mayoría de los especialistas del sueño recomiendan que, al llegar la noche, la habitación solo debería usarse para una cosa: dormir (y para los padres, cortejar). Que así sea.

Al despertar, practica el respiro agradecido de alguien que durmió y se despertó, y recibió el regalo de un nuevo día.

En el tiempo que haya entre dejar los dispositivos en su nuevo lugar de descanso y descansar tu cabeza sobre la almohada, pasa algunos minutos a oscuras charlando, orando, o leyendo bajo una luz tenue.

A la mañana siguiente, en vez de darte la vuelta para ver si has tenido algún aviso, mensaje, o lo que sea durante la noche, levántate y haz algo, lo que sea, antes de conectarte de nuevo.

Estírate. Dúchate. Abre la ventana por unos instantes y respira el aire matutino, por muy húmedo y gélido que sea. Hazte un café o té y espera mientras se hace. Siempre habrá algo que puedas descubrir en estos momentos justo después de despertarte que nunca conocerás si vas a toda prisa: un sueño casi olvidado, un temor secreto, o un destello de algo creativo. Ya tendrás el resto del día para estar atado al mundo y a su impaciencia; deja que espere un momento. Deja que tus dispositivos descansen un minuto más en sus “camas”. Practica el respiro agradecido de alguien que durmió y se despertó, y recibió el regalo de un nuevo día.

Dormiste y dejaste que Dios fuera suficiente. Ahora, al menos por un momento, despiértate y quédate quieto. Deja que hoy Él sea suficiente. Entonces, puedes dar los buenos días a lo que te depare este día.


Imagen: Lightstock.
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