¡Únete a nosotros en la misión de servir a la Iglesia hispana! Haz una donación hoy.

×

Todos los cristianos hemos sido adoptados como hijos de Dios por medio de Jesucristo (Ef 1:5). Sin embargo, son pocos los que dejan que la doctrina de la adopción transforme su vida cotidiana. Entender y meditar en la doctrina de la adopción es un ejercicio que tiene el potencial de enriquecer y transformar tu manera de vivir.

La doctrina de la adopción

La doctrina de la adopción es una de las más importantes de la vida cristiana. J. I. Packer la describió como «la bendición suprema» y «el más alto privilegio que ofrece el evangelio: más alto aún que la justificación». James Buchanan observa que «el privilegio de la adopción presupone el perdón [justificación] y la aceptación [reconciliación], pero es superior a ambos».

De hecho, la adopción es una doctrina que distingue al cristianismo de las demás religiones. Los cristianos llamamos «Padre» a nuestro Dios, pues fuimos hechos verdaderos hijos mediante la fe en Cristo (Gá 3:26). Somos hijos en el Hijo. Dios no solo decidió perdonar a un grupo de pecadores perdidos en su rebeldía, no solo decidió reconciliarse con Sus enemigos. Él fue más allá y tomó el paso audaz de adoptarnos como Sus propios hijos y hacernos herederos de todas las cosas. La adopción es una muestra de Su gran amor por nosotros (1 Jn 3:1).

Dios nos ha hecho parte de Su familia mediante la unión con Cristo: somos Sus hijos amados y Él es nuestro Padre para toda la eternidad.

Estas son cinco maneras en que la doctrina de la adopción enriquecerá tu vida:

1. Te permite disfrutar más tu relación con Dios.

Un hijo suele poseer una relación inquebrantable con su padre que lo ama. Así como el hijo pródigo nunca dejó de ser hijo, incluso cuando estaba perdido (Lc 15:20), ser hijo de Dios significa tener un vínculo eterno de amor con Él, un vínculo que rebosa en bendición y es imposible de romper (Ro 8:38-39).

Meditar en la adopción tiene el potencial de cambiar la manera distante, atemorizada o impersonal con la que usualmente nos relacionamos con Dios

Meditar en la adopción tiene el potencial de cambiar la manera distante, atemorizada o impersonal con la que usualmente nos relacionamos con Dios. Es una verdad que allana el camino para disfrutar de una confianza más sólida, íntima y gozosa en la relación con nuestro Padre celestial.

2. Te ayuda a entender el valor de la iglesia.

La adopción no es una realidad individual. Los cristianos no somos adoptados como hijos únicos, sino que Dios nos ha hecho parte de Su familia para vivir en comunidad.

En general, cuando la Biblia habla de esta doctrina, utiliza el lenguaje en plural. No dice «eres hijo», sino «somos hijos» (Ro 8:16-17; 1 Jn 3:1-2; Gá 3:26). Esto nos ayuda a entender que la iglesia es esencial para la vida de cada cristiano. Sin ella, el entendimiento de nuestra identidad está incompleto. Además, esta verdad nos recuerda que ser parte de la familia de la fe conlleva deberes, expresados en el Nuevo Testamento como los mandamientos «unos a otros», como orar unos por otros (Ef 6:18), perdonarnos (Col 3:13), corregirnos (Ro 15:14), cuidarnos (Heb 12:15) y edificarnos unos a otros (1 Ts 5:11).

La iglesia es una familia eterna: estamos unidos a Dios y a nuestros hermanos para siempre. Nuestra familia espiritual es más real y trascendental que las relaciones familiares de sangre, que son temporales y terrenales.

3. Fortalece tu vida de oración.

Jesús nos enseñó a orar dirigiéndonos a Dios como «Padre nuestro» (Mt 6:9). El acceso a nuestro Padre en oración es un privilegio único que ningún incrédulo puede comprar y ningún cristiano puede perder.

Antes estábamos excluidos de la presencia de Dios, pero ahora podemos venir «con confianza al trono de la gracia» (He 4:16). Antes «éramos por naturaleza hijos de ira» (Ef 2:3), pero ahora se nos «dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1:12).

Estas verdades enriquecen y fortalecen nuestra vida de oración, pues sabemos que podemos acercarnos a Dios con plena confianza, llamándole «¡Abba, Padre!» (Ro 8:15).

4. Fortalece tu vida de santidad.

Hay un sentido real en que los hijos se parecen a sus padres (cp. Ez 16:44; 1 P 1:18). De hecho, Jesús les dijo a los fariseos que su comportamiento demostraba de quién eran hijos realmente: «Ustedes hacen las obras de su padre… Ustedes son de su padre el diablo y quieren hacer los deseos de su padre» (Jn 8:41, 44).

La iglesia es esencial para la vida de cada cristiano. Sin ella, el entendimiento de nuestra identidad está incompleto

Entonces, si hemos sido hechos verdaderos hijos de Dios, eso se verá reflejado en nuestro modo de vida. El apóstol Pedro nos recuerda que debemos comportarnos «como hijos obedientes», porque si nuestro Padre es santo, nosotros también debemos ser santos en toda nuestra manera de vivir (1 P 1:14-15).

Esto significa, entre otras cosas, que nuestra actitud hacia los demás debe ser llena de bondad, justicia, pureza, amor y sabiduría, como un reflejo de nuestro Padre celestial.

5. Transforma tu actitud ante la vida.

Los cristianos que meditan constantemente en el privilegio de ser hijos de Dios tendrán una actitud ante la vida llena de confianza y esperanza. Después de todo, si somos Sus hijos, Él provee para nuestras necesidades diarias (Mt 6:32). Nuestro Padre celestial nos dará buenas dádivas (7:11). Podemos vivir confiados porque estamos seguros en Sus manos (Jn 10:29).

En conclusión, al meditar cada día en el privilegio de la adopción, tu vida se llenará de frescura, confianza y estabilidad. Tu relación con Dios y con Su familia, la iglesia, se volverá más profunda e íntima. Tu vida de oración recobrará su vitalidad y tu manera de vivir será impulsada hacia la madurez y la santidad.

Tal como dijo J. I. Packer: «Si quieres juzgar qué tan bien una persona entiende el cristianismo, averigua cuánto valora el pensamiento de ser hijo de Dios, y tener a Dios como su Padre» (Knowing God [El conocimiento del Dios santo], p. 226).

Recibe cada día los artículos, podcasts, y vídeos más recientes.
CARGAR MÁS
Cargando