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Las cosas eran caóticas. La iglesia se estaba dividiendo. El nuevo pastor había implementado cambios bruscos y esperaba que todos apoyaran sus decisiones. No pasó mucho tiempo antes de que fuera despedido. Sus razones eran buenas, pero sus medios toscos.

Esta historia ocurrió en mi ciudad y permite ilustrar el hecho de que algunos pastores desean que sus iglesias les sigan simplemente porque ejercen autoridad y entregan instrucciones. Esto resulta imposible porque toda relación de liderazgo-seguimiento requiere confianza mutua y convicción por parte de los seguidores.

A menos que sepamos que nuestros guías son íntegros y fieles al Señor, no tardaremos en detenernos cuando sus instrucciones o carácter choquen con nuestras prioridades o convicciones bíblicas.

Afortunadamente, Dios nos entregó todo un libro —¡un precioso y extenso libro!— que muestra muchas razones por las que debemos seguir a Jesús aunque los líderes humanos nos fallen. Las enseñanzas de Juan contienen las imágenes más exaltadas de Cristo en todas las Escrituras. Estas descripciones procuran movernos a la devoción y obediencia abnegada al Hijo de Dios.

1. Jesús es Dios

Los escritos de Juan exaltan a Cristo de diferentes maneras. En primer lugar, nos enseñan que Él es el eterno Creador del universo.

El prólogo del cuarto Evangelio dice: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios , y el Verbo era Dios… Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn 1:1-3).

Jesús es la Palabra eterna que hizo todas las cosas al comienzo de la historia (Gn 1-2). Esto implica que es Dios, pero al mismo tiempo distinguible del Padre. Este es el misterio bíblico de la Trinidad: Dios es uno en esencia, pero tres en persona.

Jesús entabla la relación más profunda con quienes le creen, y les brinda el amor más elevado que encontraremos

Este texto también muestra que Jesús tuvo eterna comunión con el Padre. Desde un pasado sin fin, el Hijo compartió una relación de gloria y amor con la primera persona de la Trinidad, como leemos en la oración sacerdotal de Jesús: “glorifícame Tú, Padre, junto a Ti, con la gloria que tenía contigo antes que el mundo existiera” (Jn 17:5).

Esto hace del Hijo la máxima fuente de revelación divina. “Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, Él le ha dado a conocer” (Jn 1:18). Por esto, quien desee conocer al Padre, debe seguir a Jesús. Él es el camino, la verdad y la vida y solo puede llegarse al Padre por medio de Él (Jn 14:6).

2. Jesús es la vida

La obra de Jesús no se limita a la creación y revelación. Él también sustenta nuestra existencia. El autor de Hebreos enseña que Jesús “sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder” (He 1:3). Por eso Juan nos declara deudores, diciendo que “de su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia” (Jn 1:16). Cada respiro es un regalo de Jesús.

Pero hay otra obra que corona esta excelencia del Mesías: Jesús es la vida y “la Luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre” (Jn 1:9). Su vida, muerte y resurrección permiten que seamos perdonados y reconciliados con el Padre. Todo el que cree en Él es salvo del juicio y recibe la vida eterna (Jn 3:14-16).

3. Jesús es cercano

En Venezuela, todavía hay seguidores de Hugo Chávez que repiten la misma historia: “¡Yo lo vi en persona, pocos presidentes llegan a ser tan cercanos a la gente!”. La realidad es que mientras más cercana sea una figura de importancia, mayor será su impacto sobre sus seguidores.

Precisamente por esto, uno de los aspectos más maravillosos de Jesús es su cercanía con los creyentes. En ninguna parte de la historia encontraremos a otro ser tan excelso que sea tan cercano a quienes le siguen.

La noche antes de su muerte, Jesús dijo: “[ruego] para que todos sean uno. Como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti, que también ellos estén en Nosotros…” (Jn 17:21). La cercanía de Jesús con el creyente es tal que se describe como “ser uno”.

Esta cercanía es tan extraordinaria, que 1 Juan nos enseña a identificar si somos cristianos diciendo: “En esto sabemos que permanecemos en Él y Él en nosotros: en que nos ha dado de Su Espíritu” (1 Jn 4:13).

Jesús entabla la relación más profunda con quienes le creen, y les brinda el amor más elevado que encontraremos. Como dijo en un par de ocasiones durante su ministerio: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da Su vida por las ovejas… Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos” (Jn 10:11, 15:13).

4. Jesús es histórico

Juan comienza su epístola diciendo: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que han tocado nuestras manos, esto escribimos acerca del Verbo de vida” (1 Jn 1:1).

Jesús debe ser objeto de nuestro amor y devoción porque todo ha sido creado por medio de Él y para Él

La persona de Jesús no es una ficción o producto del embellecimiento de una celebridad. El evangelio es un testimonio presencial de una persona y obra que cambiaron al mundo, y los escritos del Nuevo Testamento son un relato histórico de testigos presenciales de su vida y resurrección.

Recuerdo mi nostalgia por una película que me transportaba a una ficción deseable. Por momentos me desconectaba para pensar: “qué lástima que esto no sea real”. La diferencia con el cristianismo es que la grandeza de su líder y esperanza es real. No hay historia de ficción con Jesucristo. Por eso Pablo llegó a decir: “Si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos, de todos los hombres, los más dignos de lástima. Pero ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos” (1 Co 15:19-20).

Quienes hemos conocido a este Cristo, tenemos una evidencia permanente en nosotros (1 Jn 5:10). El Espíritu de la verdad nos confirma que Jesús es real y que nuestra esperanza en Él es cierta.

Conclusión

La singularidad y dignidad de Jesús ameritan que le sigamos abnegadamente. Él es el Dios eterno que nos creó y sustenta con la palabra de su poder. Solo Él nos muestra al Padre y nos da vida eterna. Solo Él es excelso pero cercano a quienes le buscan. Jesús es un ser glorioso atestiguado por la historia y por el Espíritu Santo. No existe otro como Él.

Seguir otro propósito o persona es eternamente vano. Incluso seguirnos a nosotros es un acto de necedad. Jesús debe ser objeto de nuestro amor y devoción porque “todo ha sido creado por medio de Él y para Él”, y porque “agradó al Padre… reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz” (Col 1:16, 19-20).

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