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«Quiero leer más, pero…». 

Cuatro palabras que señalan el fin de un hábito que nunca empezó. Una tragedia. También una excusa porque vivimos en una época donde, si quieres leer, puedes leer. Así de sencillo.

No pretendo minimizar las dificultades a las que te enfrentas. Si tus circunstancias solo te permiten enfocarte en lo básico para vivir, es probable que la lectura ocupe un lugar poco prominente en tu lista de prioridades. Eso está bien. Este artículo no es para ti.

Sin embargo, si eres como el promedio de las personas que navegan en Internet, entonces déjame decirte que el «quiero leer más, pero…» no es más que un escudo protector. Significa algo como: «sé que la lectura es algo bueno e importante, pero no leo y no tengo planes de cambiar eso, así que permíteme justificar mi pasividad».

Si te estás dando cuenta de que las excusas están ahogando tu crecimiento (después de todo, la lectura es una de las mejores maneras para ejercitar tu mente) estas son algunas cosas que puedes hacer al respecto:

«Quiero leer más, pero no tengo tiempo»

Todos estamos ocupados; siempre hay algo más por hacer. Los pendientes inundan nuestro calendario sin avisar. A veces se siente como si la vida se nos escapara entre los dedos y no pudiéramos hacer nada al respecto. 

Es cierto que hay mucho que no podemos controlar en el hogar y en el trabajo. Sin embargo, que no podamos hacer nada sobre algunas cosas no significa que no podamos hacer nada sobre nada. A veces, todo lo que necesitamos es un ajuste pequeño.

Ser un lector experimentado no requiere tanto tiempo como pensamos. Haz las cuentas. Casi la mitad de las personas que respondieron esta encuesta dijeron que pasaban entre cinco y seis horas en el móvil todos los días. Si ellos tomaran una fracción de esas horas (digamos ciento cincuenta minutos) y las invirtieran leyendo a una velocidad promedio (doscientas palabras por minuto), ¡podrían leer un libro de 50 000 palabras en menos de dos días!

Que no podamos hacer nada sobre algunas cosas no significa que no podamos hacer nada sobre nada

No te estoy invitando a leer 175 libros al año (aunque para muchos, como vimos, no sería imposible). Mi objetivo es invitarte a reflexionar en lo que podrías lograr con el tiempo que ya tienes. ¿En qué lo estás usando? Mi propia vida de lectura no es tan dramática como algunos podrían pensar. Trato de invertir unos treinta minutos diarios entre las páginas. A veces leo más, a veces menos. Poco a poco, sin demasiado esfuerzo, acumula una considerable cantidad de libros al año.

Una buena manera de leer más es acoplar la lectura a un hábito que ya tienes. Si pasas treinta minutos en el tráfico podrías escuchar un audiolibro en lugar de la radio al azar. Si te tomas un café por la mañana, ¿por qué no leer en lugar de ver cosas que no aprovechan en Facebook? Mi familia integra la lectura en la vida cotidiana cuando estamos juntos en la mesa. Termino de comer antes que mis hijos, así que aprovecho los últimos diez minutos del desayuno o cena para leer en voz alta. Por la mañana hacemos una lectura bíblica y por la noche nos adentramos en una novela.

«Quiero leer más, pero no me puedo concentrar»

¿Cuántas veces te has detenido para hacer otra cosa mientras lees este artículo? Tal vez abriste WhatsApp un par de veces, viste medio video de YouTube o abriste otros tres artículos para leer más tarde. No te culpo. Hemos sido entrenados para que nuestra atención salte de un lado a otro, gracias a los aparatos «inteligentes» que pueden hacer todo. Los dispositivos multitarea nos han hecho creer que nosotros mismos somos multitarea. Pero no lo somos; simplemente somos multidistracción.

Sin darte cuenta has estado afirmando el desenfoque cada vez que huyes al correo electrónico cuando te enfrentas a algún reto laboral. Cada vez que atiendes a una notificación que interrumpe una conversación profunda. Cada vez que pasas al siguiente video antes de escuchar el mensaje completo, solo porque el mensaje no llegó en los primeros seis segundos.

Así como no esperas correr un maratón después de una década de sedentarismo y comida chatarra, no esperes que tu mente esté lista para enfocarse en un solo argumento durante una hora después de una década de saltar de un lado a otro al menor signo de aburrimiento. Tienes que entrenar. Empieza con sesiones de lectura de cinco minutos sin distracciones y luego ve aumentando. Que tu entrenamiento no sea solo en el tiempo de lectura. Esfuérzate por hacer una cosa a la vez, de principio a fin, durante tus labores cotidianas en el hogar y el trabajo. Ten paciencia, cuida tu enfoque y verás cómo —poco a poco— te resulta más fácil concentrarte por espacios prolongados de tiempo.

«Quiero leer más, pero no tengo dinero»

Esta es la excusa que, además de impedirte leer, daña el mundo editorial. Suele ser el razonamiento de miles de personas que descargan libros por los que no pagaron, y la justificación para crear grupos de Facebook y canales de Telegram dedicados a la distribución de libros cristianos en PDF con el objetivo de «bendecir al prójimo». Lo que nos debe detener de hacer esto es lo mismo que nos detiene de asaltar el supermercado de la ciudad para alimentar a los hambrientos y necesitados: «no robarás» (Ex 20:15).

Es nuestra responsabilidad tomar las capacidades cognitivas que el Señor nos ha dado y hacer el mejor uso posible de ellas

Ciertamente, muchos tenemos presupuestos limitados. La mayoría de los libros cuestan entre 5 y 20 dólares (lo que en realidad es una ganga, considerando los años de trabajo que un buen libro representa). Leer un libro al mes requeriría una inversión de entre 60 y 240 dólares anuales. No es algo descabellado, pero tampoco será fácil. 

Lo primero que diré respecto a este punto es que, así como uno hace tiempo para las cosas que le importan, uno invierte dinero en las cosas que le importan. Todavía recuerdo cuando me propuse empezar leer seriamente, me comprometí a comer solo un sándwich al día durante un viaje con mi grupo de jóvenes. ¿La razón? Apartar la mayor cantidad de dinero posible para comprar libros en la conferencia a la que asistimos. Es una anécdota, no una sugerencia. Uno no necesita matarse de hambre para leer. Aquí hay algunas ideas para que la economía no te impida acercarte a los libros:

  • Haz de los libros parte de tu presupuesto mensual.
  • Compra libros en conjunto con amigos o familiares y tomen turnos para leer.
  • Adquiere libros de segunda mano.
  • Saca una tarjeta de biblioteca.
  • Suscríbete a un servicio de lectura digital.
  • Lee libros de dominio público.
  • Aprovecha los libros gratuitos, como estos de Coalición por el Evangelio (directamente con la editorial o en Amazon, no en grupos de distribución ilegal).

Dios nos dio una mente para Su gloria (Mr 12:30). Es nuestra responsabilidad tomar las capacidades cognitivas que el Señor nos ha dado y hacer el mejor uso posible de ellas, en especial cuando consideramos la salvación que tenemos en Cristo y nuestro llamado a exaltarlo en todo lo que hagamos (1 Co 10:31). La lectura es una de las mejores maneras de desarrollar las habilidades mentales que con tanta frecuencia atrofiamos consumiendo un montón de basura en Internet.

No todo el mundo leerá. Pero los que no leen —la enorme mayoría— no leen porque no quieren, no porque no pueden. Deja de engañarte a ti mismo. Hoy, convertirse en un lector es más fácil que nunca. ¿Qué estás esperando?

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