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Discipulado. Es una palabra muy utilizada en muchos medios cristianos. En otros no es tan utilizada y ha sido reemplazada por “enseñanza” en general, y con un rango diverso de definiciones en el espectro. Por su parte, en la Biblia podemos ver una aproximación más personal en el ejemplo de Jesús y sus discípulos, e incluso con Pablo y algunos de sus “hijos espirituales”.

En mis años de adolescencia, mientras asistí a un taller de discipulado y liderazgo juvenil, recuerdo algo que dijo el predicador y que siempre quedó en mi mente. Probablemente era una cita de otra persona, pero eso no minimizó su impacto: “Ser testigos de un nuevo nacimiento y no discipular a un nuevo creyente es como ver nacer a un bebé y dejarlo morir de inanición”. Extremo, pero cuánta verdad.

Discipulado para toda la vida

Mateo 28:19-20 incluye explícitamente el mandato a “hacer discípulos”. Cristo nos dice cómo hacer esos discípulos: “bautizándoles… enseñándoles que guarden todas las cosas que les he mandado”. Si observamos atentamente no solo lo que Cristo enseñó, sino también cómo enseñó a sus discípulos en la vida diaria –al levantarse, al orar, al retirarse, al descansar– veremos que no solo les enseñó en los milagros y señales que tenemos registrados, sino al hacer vida con ellos durante tres años y medio.

En las dos décadas que llevo discipulando jóvenes (y no tan jóvenes) en distintos niveles y estaciones en su caminar con Dios, he podido aprender que así como cada hijo no viene con un manual de instrucción para los padres, de igual forma los nuevos discípulos de Cristo vendrán con distintos trasfondos y problemas, y no tenemos un manual detallado para cada situación específica. Aunque la palabra de Dios no cambia, y contiene todos los principios que necesitamos para vivir piadosamente, la aplicación en la vida de cada discípulo necesitará ser dirigida por el Espíritu Santo en cada una de sus vidas de manera específica y personal.

Sin duda alguna la Palabra de Dios tiene que ser el fundamento del discipulado y el Espíritu Santo el guía, instructor y consejero por excelencia. Sin embargo, en esta ocasión queremos enfocarnos, en tres elementos esenciales, especialmente en el caminar con nuevos discípulos. Esto lo entendemos a partir de observaciones a través de los evangelios en el caminar y la relación de Cristo con sus discípulos.

1) Paciencia

Ya fuese que los discípulos estuviesen discutiendo sus aspiraciones de grandeza, o el hecho de que no llevaran pan (poco después de ver a Jesús haber alimentado miles); ya sea que no entendieran el hecho de que Él moriría o que impidieran a los niños venir a Él, Cristo fue paciente. Él no los abandonó. No entregó a Judas Iscariote hasta que su tiempo no había llegado. El no dijo: “No voy a perder mi tiempo con él o lavando sus pies cuando sé que me va a traicionar”. No. Cristo ha tenido misericordia y paciencia con cada uno de nosotros, y nuestro llamado es a “dar por gracia, lo que por gracia hemos recibido” (Mt. 10:8).

2) Verdad

Cuando somos nuevos creyentes, somos como ex-presidiarios que acaban de recibir libertad. La libertad es nuestra, pero no sabemos cómo manejarla, qué hacer, cómo caminar luego de haber vivido esclavos del pecado, de patrones conductuales, actitudes y hábitos pecaminosos. Pero la verdad en este proceso es vital. Cristo es la verdad, y solo la verdad los puede hacer verdaderamente libres (Jn. 8:32). Mientras más conozcan a Cristo y le vean manifiesto en sus vidas, mientras más verdad pueda traerse a todas las áreas de la vida, en más libertad podrán caminar.

Para muchos nuevos creyentes, el postmodernismo y la mentalidad relativista son las aguas en las que nacieron y todo lo que conocen. Por esta razón, los conceptos de qué es la verdad, quién la determina y dónde la conocemos, son básicos. Probablemente nunca los han visto como absolutos predeterminados por Dios mismo, ya que Cristo es la verdad. Y todo lo que ha salido de su boca (Jn. 17:17). Algo muy importante con respecto a la verdad es que requiere ser sazonada con sal (Col. 4:6), envuelta en paciencia, gracia.

3) Gracia

Todos los que confesamos a Cristo reconocemos que la salvación es por gracia. Mas sin darnos cuenta, lo que enseñamos a nuestros discípulos muchas veces es diferente. Es imperante el ser cuidadosos de no poner cargas o leyes y reglas humanas a personas que apenas están comenzando su caminar con Dios. Van a cometer errores. En algunos casos, van a caer en pecados que venían arrastrando y practicando por años. Necesitamos enseñarles a entender lo que es la gracia y que no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Ro. 8:1) Necesitamos modelar gracia en la forma en la que confrontamos esas actitudes pecaminosas y hábitos que eran de esperarse en aquellos que no aman a Dios. Pero esperar que tengan una vida ejemplar desde el principio es irreal y a la vez destructivo, e induce a la culpa y al temor más que al arrepentimiento y la honestidad.

Es indispensable proveer un ambiente de confianza, transparencia y vulnerabilidad, donde podamos incluso compartir nuestras propias fallas. Con esto evitamos actitudes farisaicas en nosotros mismos y damos ejemplo de humildad. Siempre debemos recodarles que todos estamos quebrantados y en proceso de santificación. Con esto, dejamos ver que tanto el que discípula como el discípulo estamos en constante dependencia de Cristo, porque “separados de mí (Cristo) nada pueden hacer” (Jn. 15:5).

Existe un último elemento y probablemente el más importante del discipulado. Siempre debemos recordar que el mandato es a hacer discípulos de Cristo. Necesitamos siempre apuntarles a Cristo. Que todo lo que hagamos, digamos y modelemos sea únicamente para que ellos vean a Cristo grande y nosotros mengüemos. Que su necesidad de recurrir a nosotros por sabiduría sea cada vez menor. Que su dependencia de la Palabra de Dios sea cada vez mayor y su círculo de rendición de cuentas e influencia continúe expandiéndose.

Por último, es necesario que ellos puedan hacer lo mismo con muchos otros. Un verdadero discípulo está llamado a ser un multiplicador. Un discípulo que no hace discípulos está en desobediencia, y es una contradicción del evangelio. Esto necesita continuar, hasta que Cristo venga y tengamos el gozo de exaltarle juntos por la eternidad, junto a muchos otros. Al final, se trata de Él. De Su gloria. Por amor de Su santo nombre. En gratitud a Su evangelio. Por los siglos de los siglos.

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