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Mientras empiezas la dieta: 3 verdades sobre la imagen corporal

Las metas relacionadas con la salud, la condición física y la pérdida de peso encabezan las resoluciones de cada año nuevo. Hay algo en la primera semana de enero que nos convence: Este será el año en que volveré a entrar en mis jeans de la universidad. Los descuentos en gimnasios y ropa deportiva alimentan nuestra nueva determinación, mientras que las opciones de entrenamiento para el bienestar están al alcance de nuestros dedos, incluso en Facebook.

He luchado con mi peso desde que tengo uso de razón. En la escuela primaria, me escondía de los chicos crueles de la piscina bajo camisetas holgadas. A los doce años, perdí algo de peso y por fin conseguí la atención que ansiaba, así que decidí hacer todo lo posible por mantenerla. Los años siguientes estuvieron marcados por ciclos de dietas, planes de ejercicio y vómitos forzados, pero esto nunca era suficiente. Me miraba al espejo y solo sentía vergüenza y asco.

Tener un bebé mucho antes que mis amigas exacerbó el problema, ya que comparaba sus cuerpos jóvenes y sin marcas con el mío, estirado y desgastado. Aunque la seguridad de una nueva relación con Jesús y un esposo amoroso me trajeron una confianza que no había experimentado antes, no deshicieron de manera automática los años de una imagen corporal distorsionada. Dos bebés más y varios años después, todavía lucho por reconciliar lo que sé que es verdad sobre mi identidad en Cristo con la imagen que veo en el espejo.

Algunos teólogos llaman a Romanos 8 el capítulo más importante de la Biblia. Está lleno de indicaciones gloriosas que son fundamentales para la identidad cristiana. Las riquezas teológicas que se encuentran aquí no son abstractas y desconectadas; tienen implicaciones de largo alcance, incluso para algo como la imagen corporal.

Estas son tres verdades extraídas de Romanos 8 que pueden guiarnos a la hora de considerar nuestros propósitos de año nuevo relacionados con la salud.

1. Dios nos libera de la condenación.

La belleza se define de forma cultural y arbitraria. Algunas culturas quieren caderas fértiles; la nuestra, piernas del tamaño de palillos de dientes. ¿Cuál es el estándar que intentamos alcanzar? Las Escrituras no nos dan un tipo de cuerpo ideal, sino una norma moral ante la que todos nos quedamos cortos.

El deseo de que nos guste lo que vemos en el espejo es fruto del anhelo del alma por estar bien. El sobrepeso, las dietas fracasadas, los entrenamientos incumplidos… se convierten en más evidencias que nos acusan. Así que respondemos intentando justificarnos. Hacemos un plan, empezamos el lunes y trabajamos para alcanzar ese esquivo estándar de perfección.

En Romanos 8 leemos: «Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu» (v. 1). Esta es la realidad del evangelio: Debido a la sangre de Cristo, estamos bien, incluso en nuestro estado físico actual.

Si somos honestos, no es a Dios a quien queremos complacer alcanzando un determinado estado físico (aunque creo que ese debe ser el objetivo de todos nuestros esfuerzos). Queremos agradar a los demás. Queremos que la gente piense que somos bellas, atractivas, seguras y fuertes. Tememos que nos juzguen.

El amor de Dios por nosotros es inmutable porque está basado en Él, no en nosotros. Pero el amor de las personas es cambiante. Alcanzar un tipo de cuerpo ideal o la aprobación de los demás nunca nos dará la satisfacción que anhelamos. Nunca será suficiente. Aunque haya problemas de corazón y de pecado que deban abordarse en lo que se refiere a la comida y el ejercicio, es cuando confiamos en que somos aceptados como hijos amados de Dios que encontraremos la libertad para despojarnos de esas capas y enfrentarnos a lo que hay bajo la superficie.

Por definición, la imagen corporal se refiere a cómo nos vemos a nosotros mismos. Queremos mirarnos al espejo y que nos guste lo que vemos. Pero la sangre de Cristo supera cualquier acusación, ya sea externa o interna. Cuando nuestros corazones nos condenan, Dios es más grande que nuestros corazones (1 Jn 3:2).

2. Dios obra en todas las cosas.

La Biblia declara que Dios obra en todas las cosas para el bien de los que le aman (Ro 8:28-30). El bien en cuestión es la transformación de nuestro carácter, para que nos parezcamos cada vez más a Cristo.

Esto apunta a la prioridad de Dios para nuestras vidas: nuestra santificación. Alcanzar un cierto tipo de cuerpo no te hace más o menos santo. «Disciplínate a ti mismo para la piedad», escribe Pablo, «Porque el ejercicio físico aprovecha poco, pero la piedad es provechosa para todo, pues tiene promesa para la vida presente y también para la futura» (1 Ti 4:7-8). No dice que el ejercicio físico no tenga valor, sino que lo sitúa en el lugar que le corresponde. La prioridad es el carácter semejante al de Cristo, no tener una figura culturalmente aceptable.

Como Dios está obrando para llevarnos a la santidad, y como obra en todas las cosas, se deduce que nuestras dificultades relacionadas con la disciplina física dan frutos espirituales. Nuestras luchas y éxitos en esta área son medios que Dios utilizará para exponer nuestros ídolos, desarraigar nuestro orgullo y desafiar nuestro egoísmo. Esto ofrece esperanza en la lucha. Cuando estropeo mi dieta por enésima vez, puedo confiar en que Dios utilizará incluso este fracaso para seguir moldeándome a la imagen de Su Hijo. Él terminará lo que empezó (Fil 1:6).

3. Nuestros cuerpos son para la gloria de Dios.

Pablo describe nuestro gemir interior junto a la creación caída (Ro 8:23). Esperamos con ansias el cumplimiento pleno de nuestra adopción como hijos y la redención de nuestros cuerpos. Sin embargo, por ahora nuestros cuerpos existen en un estado caído. Tenemos la promesa de gloria futura, de un cuerpo resucitado que nunca experimentará la enfermedad o la muerte. Pero hasta entonces, vivimos en el «todavía no», con cuerpos que envejecen constantemente y que inevitablemente morirán.

Cuando Pablo dijo a la iglesia en Corinto: «Tu cuerpo es un templo», no les estaba retando a que buscaran una buena forma física, sino confrontando la facilidad con la que usaban sus cuerpos para pecar. Debemos usar nuestro cuerpo para honrar a Dios (1 Co 6:19-20). ¿Lo hacemos principalmente haciendo ejercicio a diario y comiendo alimentos orgánicos, o principalmente entregando nuestras vidas por los demás?

Nuestros cuerpos son herramientas que Dios nos ha dado para cumplir Sus propósitos en la tierra, por Su poder y para Su gloria. Llevamos el tesoro del evangelio en vasos de barro. ¿Por qué Dios nos deja en esta forma? ¿Por qué no nos transforma ahora en hermosos jarrones de porcelana dignos de una estantería? Porque, como vasos débiles, demostramos que el extraordinario poder pertenece a Dios y no a nosotros (2 Co 4:7).

Un amigo me dijo una vez: «Tienes que cuidar tu “traje de la tierra”. Hay personas que dependen de ti». Si consideramos nuestros cuerpos en términos de mayordomía, estamos dando pasos de gigante hacia una imagen corporal más saludable. Nuestros cuerpos son caídos, pero mientras estamos aquí, pueden ser más o menos útiles, dependiendo de cómo los cuidemos. Pero el objetivo no es tanto la forma sino la función. Ofrecemos nuestros cuerpos como sacrificios vivos, listos para lo que Dios nos llame a Su servicio y el de los demás. Él nos hizo únicos a cada uno de nosotros. No debemos esforzarnos por conseguir un molde inalcanzable, sino celebrar al Creador que no utilizó uno.

Anhelo de novedad

Nuestros cuerpos revelan los problemas de nuestro corazón. Nuestra relación con la comida, nuestro deseo de obtener la aprobación y el reconocimiento de los demás, la mentira de que alcanzar cierto peso o talla nos dará satisfacción… vale la pena luchar contra todo eso. El ejercicio físico tiene algún valor. Los propósitos de año nuevo pueden ser útiles para avanzar hacia una mejor mayordomía.

Pero aunque luchemos por alcanzar una vida saludable, nuestros cuerpos seguirán gimiendo. Anhelamos ser renovados. Por eso esperamos el día en que estos cuerpos perecederos se vuelvan incorruptibles (1 Co 15:42). Aguardamos con esperanza la redención de nuestros cuerpos, pues con esta esperanza fuimos salvados (Ro 8:24).


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
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