Varón y hembra: Aprovechando nuestras diferencias

Nota del editor: 

Este es un fragmento adaptado de la introducción del libro Revolución sexual: Una mirada bíblica y científica (B&H Español, 2018), por Catherine Scheraldi de Núñez y Miguel Núñez.

“Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”, Génesis 1:27.

El hombre y la mujer son diferentes, pero complementarios. Podríamos ilustrar esta afirmación al expresar que los varones demuestran su amor arreglando los problemas del otro, así como un mecánico compone un automóvil o como un matemático resuelve una ecuación numérica, y no tanto expresando el tierno cariño propio de una mujer o de una madre.

Las féminas, en cambio, no demuestran el poder desde una posición de autoridad o de fortaleza física, sino por la facilidad con que logran convertirse en agentes de influencia para bien o para mal, como hemos visto en la historia, tanto bíblica como secular.

Por ejemplo, al leer las epístolas de Pablo, notamos un amor tierno en sus palabras (Ro. 1:8-10; Ef. 1:15-16; Fil. 1:3-8), pero siempre escribió sus cartas con el propósito de instruir y en múltiples ocasiones con el objetivo específico de resolver problemas presentes en las iglesias. Esto no fue distinto en Moisés, quien llegó a ofrecer su propia vida para evitar la muerte de los israelitas (Éx. 32:32). 

Eso es amor, pero también manifiesta a un Moisés firme, con una voluntad de hierro, que ejercía un liderazgo fuerte y resolvía problemas de modo habitual. Por su parte, la Biblia demuestra el poder de influencia de la mujer, como vemos en Proverbios: “La mujer virtuosa es corona de su marido, pero la que lo avergüenza es como podredumbre en sus huesos” (12:4). 

El liderazgo no tiene que ver con títulos, posiciones, ni diagramas de flujo; se trata más bien de una vida que influencia a otros.

La palabra utilizada para virtuosa en el lenguaje hebreo es kjáil, que también se traduce como fortaleza. La diferencia radica en la forma en que la mujer lo demuestra. No a través de un poder físico, sino mediante su capacidad para influenciar a otros. Su poder puede ser abrumador. No fue casualidad que Satanás se acercara a Eva para llegar hasta su marido y hacerlo caer.

Si las mujeres realizan esta función conforme al diseño divino, se convierten en un arma poderosa en las manos de Dios. En la actualidad, el liderazgo no tiene que ver con títulos, posiciones, ni diagramas de flujo; se trata más bien de una vida que influencia a otros.

El pecado cometido en el Jardín de Edén produjo el alejamiento de Dios y esto distorsionó todo lo que Él había creado. El hombre entonces utilizó su poder físico de forma equivocada y vio a la mujer como inferior a él. La mujer, para compensar su falta de poder físico, distorsionó su diseño y utilizó su influencia para manipular las situaciones. Esa capacidad es poderosa. El hombre y la mujer deben ejercerla en una actitud de confianza en la sabiduría y la soberanía del Señor. Dios nos guiará para producir el resultado que Él desea en cada situación.

En Su Palabra, el Señor enseña a la mujer cómo debe vivir: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos, de modo que si algunos de ellos son desobedientes a la palabra, puedan ser ganados sin palabra alguna por la conducta [influencia] de sus mujeres al observar vuestra conducta casta y respetuosa” (1 P. 3:1-2 RV60).

Es importante que la mujer cumpla de modo adecuado el rol que Dios le ha asignado pues, como ya dijimos, esa capacidad de influenciar a otros puede convertirse en un arma poderosa si se usa con santidad. De lo contrario, las consecuencias podrían ser graves, según nos advierte Proverbios: “La mujer sabia edifica su casa, pero la necia la derriba con sus manos” (Pr. 14:1).

Dios ha otorgado a cada género distintos atributos y fortalezas con el propósito de reflejar Su gloria en medio de un mundo caído y perdido. Nuestro trabajo es descubrir ese objetivo y utilizarlo para que la humanidad vea a Dios a través de nosotros.

Dios ha otorgado a cada género distintos atributos y fortalezas con el propósito de reflejar Su gloria en medio de un mundo caído y perdido.

Por otro lado, la Escritura también le enseña al hombre a ejercer su liderazgo. Así lo expresa 1 Pedro 3:7: “Ustedes, maridos, igualmente, convivan de manera comprensiva con sus mujeres, como con un vaso más frágil, puesto que es mujer, dándole honor por ser heredera como ustedes de la gracia de la vida, para que sus oraciones no sean estorbadas”. 

Este texto nos permite ver de manera implícita que la tendencia del hombre es ser más áspero o rudo por naturaleza, mientras que la mujer es más frágil y vulnerable en lo emocional, aunque eso no le impide elevarse por encima de numerosas circunstancias.

Dios asignó al hombre y a la mujer diferentes roles. Pero, en ocasiones, el rol de la mujer se superpone al del varón cuando, por ejemplo, una madre confronta y corrige la conducta de sus hijos. Sin embargo, la mujer aporta una perspectiva diferente a esa tarea, la presentada por el vocablo ézer (ayudadora). 

El apóstol Pablo, al instruir a Timoteo en los deberes hacia los demás, enumeró las siguientes virtudes en las viudas: “… que tenga testimonio de buenas obras; si ha criado hijos, si ha mostrado hospitalidad a extraños, si ha lavado los pies de los santos, si ha ayudado a los afligidos y si se ha consagrado a toda buena obra” (1 Ti. 5:10). 

El rol que expresa el término ézer no solo se cumple en el hogar, sino que también debe ser un estilo de vida. Si la mujer fue creada de esta manera, entonces debe vivir ese diseño en todos los roles y en todas las áreas donde el Señor la coloque como persona de influencia. Y si ese papel se desempeña de manera correcta, las mujeres que le sucedan podrán imitarlo y se convertirá en un legado transmitido de una generación a otra, sin importar lo que la cultura secular enseñe a sus hijos.

Vale la pena preguntarnos: ¿estamos procurando vivir conforme a nuestro diseño para la gloria de Dios?


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Imagen: Lightstock.
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