Una respuesta al relativismo

Vivimos en un mundo que cada vez avanza con mayor velocidad. El acceso a la información es abundante y, hasta cierto punto, intimidante. Lo que hace seis meses era considerado “de moda”, hoy es noticia vieja.

Irónicamente, la mayoría de las personas han desarrollado una especie de pereza metafísica: teniendo acceso a una enorme cantidad de información —literalmente al alcance de los dedos— muchas veces no se hace el mínimo esfuerzo por indagar y ahondar en temas de trascendencia. 

Esto se aplica a los creyentes también. La falta de crecimiento en cuanto a temas de importancia para el cristiano es palpable. Es común que cuando nos encontramos en medio de una conversación en la que hay dos ideas en pugna, llegamos a un punto en el que se suelta —cual bomba que busca destruir la discusión— la célebre frase: “Bueno, lo que es verdad para ti, no es necesariamente verdad para mí”.

Sí, lo admito; en algún momento de mi vida llegué a usar esa frase. No voy a justificarme. ¡No estuvo bien! Trataré de explicar por qué. 

La verdad no puede ser relativa 

Pensemos en esto: la aseveración de que lo que es verdad para unos no lo es para otros es, en sí misma, un absoluto. Es decir, si es cierto que todas las “verdades” son relativas, ese postulado tendría que ser un absoluto, y entonces caeríamos rápidamente en una contradicción (a menos, claro, que querramos decir que todas las verdades son relativas, excepto la verdad absoluta de que todas las verdades son relativas).

Supongamos que estás de visita en París y subes a lo más alto de la Torre Eiffel. Tu acompañante y tú saltan al vacío. Sorprendentemente, mientras tú caes, notas que tu acompañante sube hacia el firmamento. El ejemplo puede parecer exagerado, pero la idea es simple: la ley de la gravedad es verdad y se aplica a todos.

El relativismo por definición es un sistema de conceptos, nociones y creencias que acepta como válidas dos o más posturas antagónicas entre sí. La verdad no es más que la verdad para tal o cual persona. Desde esta perspectiva, cada cual podría decidir lo que para sí mismo es verdad y lo que no, e incluso adoptar “verdades” contradictorias entre sí.

Pero esto no puede ser. Los cristianos, siendo hijos de un Dios creador y dador de mente e inteligencia al hombre, no podemos apartarnos de lo que la propia Biblia nos enseña acerca de la verdad: la verdad es asequible; y, en última instancia, la verdad no es algo, es alguien, y ese alguien es Jesús el Cristo (Juan 14:6).

Afirmar que no existen verdades relativas representa un reto para los cristianos: en el mejor de los casos, nos van a llamar radicales, cerrados, fanáticos, retrógrados, intolerantes, y demás. En un mundo en el que cada vez más se pretende redefinir instituciones fundamentales (como el matrimonio y la paternidad, por ejemplo), el mensaje de Aquel quien es la verdad no es bienvenido (Juan 15:18-19). No se quiere escuchar la verdad, porque es incómoda.

La Verdad que vence al relativismo

Al hablar del evangelio hablamos de la verdad, que es Cristo. Hablamos la verdad acerca de la condición del ser humano, quien se encuentra enemistado con Dios (Isaías 53:6) y que constantemente busca hacer el mal (Génesis 8:21). Hablamos de que el hombre no quiere, ni puede salvarse a sí mismo: esa es la mala noticia. La buena noticia (evangelio) es que Dios, quien es rico en gracia, se reconcilia con sus enemigos a través de la suficiencia de la vida, muerte y resurrección de su Hijo, el Cordero que quitó el pecado del mundo (2 Corintios 5:18-19; Romanos 5:10).

El relativismo atenta, entonces, contra Cristo mismo: atenta contra la única verdad que hace libre al ser humano.

Los cristianos somos llamados a vencer cualquier argumento intelectual que se encuentre en franca oposición al conocimiento de Dios (2 Corintios 10:3-5) y de su verdad revelada. Por esto es de suma importancia para un creyente estar constantemente creciendo en el estudio de la Biblia, para conocer y encontrar en la Escritura a Cristo, sabiduría y poder de Dios (1 Corintios 1:24); esto, por supuesto, sin olvidar que el Espíritu Santo es quien nos convence y no nosotros mismos.

Cuando estemos testificando y nos encontremos con preguntas como, “¿Acaso no es arrogante decir que solo el cristianismo tiene la razón?”, o afirmaciones como, “Creo que todos los caminos nos pueden llevar a Dios”, no debemos olvidar que se nos llama a dar razón de la esperanza que tenemos (1 Pedro 3:15).

Que podamos siempre recordar que Jesús fue enfático respecto a que él y solamente él, siendo la única verdad, puede liberar a los cautivos (Juan 8:32; 36). Sí, tal y como lo hizo con nosotros en su debido momento. ¡A Dios sea la gloria!

Imagen: Lightstock
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