Una cultura impulsada por la juventud

Tal vez comenzó antes de las décadas de los 50s y 60s, pero esas décadas parecen marcar el aumento de una fascinación por la juventud en la cultura estadounidense. La famosa frase que celebra todo lo joven, a menudo erróneamente atribuida a James Dean, dice: “Vive rápido, muere joven, y deja atrás un cadáver bonito”.

La música popular, ese barómetro revelador de la cultura popular, ha seguido el ritmo de esta tendencia. Casi todas las bandas de heavy metal de los años 80 y 90 tenían una balada sobre héroes jóvenes que morían en un “resplandor de gloria”. Otras referencias de la música pop enfatizan el poder invencible de la juventud. Rod Stewart canta de ser “Forever Young (Siempre joven)”. En su exitoso tema “We Are Young (Somos jóvenes)”, el súper grupo contemporáneo Fun (Diversión) dice que estos mismos jóvenes “prenderán fuego al mundo”. El narrador de Bruce Springsteen, sentado en una silla de bar en “Glory Days (Días gloriosos)”, ahoga las decepciones de su vida al contar historias de hazañas y triunfos en el bachillerato. Ninguno de nosotros querrá revivir nuestros incómodos momentos juveniles, pero ¿quién de nosotros no alberga deseos secretos de volver a ser joven y aparentemente capaz de conquistar el mundo?

Los movimientos sutiles y no tan sutiles de la idolatría de la juventud se manifiestan en tres áreas. La primera es elevar la juventud sobre la edad. Esto invierte el paradigma bíblico. La segunda es una visión del ser humano que valora lo bonito (no debe confundirse con la belleza y la estética), la fuerza, y ​​el logro humano. Piensa en la capitana del equipo de porristas y el mariscal de campo estrella. La tercera es el dominio del mercado por parte de la juventud. Es decir, para ser relevante y exitoso, uno debe apelar a los jóvenes o a los gustos juveniles. Estas manifestaciones de nuestra cultura impulsada por los jóvenes merecen una mirada de cerca.

La tendencia de exaltar a los jóvenes y dejar de lado a los ancianos se deriva de un problema más profundo que se resume en la expresión: “Lo nuevo es mejor”. Celebramos lo nuevo e innovador, mientras miramos con desprecio lo pasado y tradicional. Hay una vitalidad verdadera en los jóvenes y en las nuevas ideas, pero eso no significa que no haya sabiduría en el pasado. Es un signo de arrogancia pensar que uno puede enfrentar la vida sin la sabiduría de aquellos que han vivido antes. Hay algo en el hecho de ser joven que hace que piensen que son inmunes a los errores de los que han vivido antes. Todos pensamos muy bien de nosotros mismos y nuestras capacidades. Pero para decirlo claramente, en realidad necesitamos la sabiduría del pasado y de los ancianos.

La tendencia de exaltar a los jóvenes y dejar de lado a los ancianos se deriva de un problema más profundo que se resume en la expresión: “Lo nuevo es mejor”.

La idolatría de la juventud incluso se filtra en la iglesia. Una de las formas en que vemos esto es en el énfasis en los grupos juveniles de la iglesia. Curiosamente, Jonathan Edwards, en su carta a Deborah Hathaway, conocida como “Carta a una joven convertida”, la animó a unirse a los otros jóvenes en la iglesia para orar juntos y discutir su progreso en santificación como un estímulo para otros. En resumen, él la animó a iniciar un grupo de jóvenes. Los grupos de jóvenes pueden cumplir un propósito importante, y pueden ser ministerios significativos. Sin embargo, pueden separar al joven de los demás en la iglesia. La iglesia necesita adorar, aprender, y orar juntos, viejos y jóvenes lado a lado. La cultura trata de alejar a los ancianos. La iglesia no puede permitir eso.

Así como necesitamos la sabiduría de los ancianos en el cuerpo de Cristo, también necesitamos la sabiduría del pasado. Lo nuevo no siempre es mejor. A veces es peor, y a veces está mal. Como iglesia, somos personas con un pasado. El Espíritu Santo no es un don único para la iglesia en el siglo veintiuno. Ignoramos o despreciamos el pasado en nuestro prejuicio.

Necesitamos la sabiduría del pasado. Lo nuevo no siempre es mejor.

Para salir de esa esclavitud que celebra indebidamente la juventud, debemos fomentar una comunidad genuinamente diversa en nuestros hogares y en nuestras iglesias. Las brechas de generación pueden ser incómodas, y pueden ser barreras que impidan que ambos lados tengan una comunión genuina y auténtica. Pero Dios ha diseñado su iglesia de tal manera que nos necesitemos los unos a los otros. Pablo ordena específicamente a Timoteo que instruya a que el mayor enseñe al menor (Ti. 2:1-4). Estamos perdidos cuando pensamos que no tenemos nada que aprender de los demás en las diferentes etapas de la vida. La iglesia de hoy también falla cuando cree que no tiene nada que aprender de la iglesia de ayer.

Los mayores pueden sentirse intimidados al tratar de llegar a los más jóvenes, pero los mayores deben tomar la iniciativa. Los jóvenes pueden quitarse los audífonos y levantar la mirada que tienen en sus iPods. Los niños y los nietos necesitan escuchar las historias de sus padres y abuelos.

La segunda manifestación de nuestra cultura impulsada por los jóvenes es una visión distorsionada de la humanidad. Nuestra cultura determina el valor de un ser humano en función de su apariencia. Los padres, maestros, pastores de jóvenes, y pastores saben cómo la imagen corporal puede ser absolutamente devastadora para los jóvenes de hoy. También sabemos teológicamente que la dignidad humana, y por lo tanto el valor humano, surge de nuestra creación a la imagen de Dios. Nuestra cultura obsesionada con los jóvenes usa una métrica defectuosa para determinar el valor humano.

Por el otro lado, también perdemos de vista la fragilidad humana y la depravación. No somos fuertes, e Isaías nos recuerda: “Aun los mancebos se fatigan y se cansan, y los jóvenes tropiezan y vacilan, pero los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas” (Is. 40:30-31a). El tema de la fortaleza de Dios manifestada en nuestra debilidad repercute en los escritos de Pablo. No lo escucharemos, sin embargo, si estamos obsesionados con imágenes de fortaleza e invencibilidad juvenil.

Necesitamos ayudar a los jóvenes a ver que su valor se deriva de haber sido hechos a la imagen del Creador y del Redentor. En la cultura actual, la adolescencia es cada vez más difícil de navegar bien. Nuestros jóvenes están rodeados de imágenes de lo bonito y delgado, lo joven y bello. Las imágenes de la perfección los bombardean. Mi amigo Walt Mueller, autor y presidente del Centro para el entendimiento entre padres y jóvenes, ha estado estudiando la industria publicitaria durante años. ¿Su conclusión? Las imágenes evidentes y sutiles pasan frente a los ojos de un adolescente típico cientos de veces a la semana. Agrega a eso el mensaje de imagen corporal que manda gran parte de la música pop y las películas, y verás el desafío. La cultura de la juventud necesita la ayuda de la iglesia para pensar bíblicamente sobre una visión saludable de Dios y de los demás.

La tercera manifestación de la cultura juvenil tiene que ver con la forma en que la demografía juvenil impulsa el mercado. El motor económico que impulsa gran parte de la cultura popular, en términos de películas y música al menos, es ese grupo con fondos discrecionales: adolescentes y jóvenes de veintitantos. Los grupos de jóvenes, e incluso las iglesias que desean tener éxito, se apresuran a ponerse al día.

La siempre perspicaz escritora Flannery O’Connor una vez intervino en un debate sobre el uso de una novela polémica en el aula de una escuela pública. En lugar de debatir sobre los méritos o deméritos particulares del libro, O’Connor planteó una pregunta más profunda. Observó que quienes estaban a favor del libro defendían su argumento al afirmar que era moderno, y por eso los jóvenes se interesaban por él. Argumentaban: “¿Por qué no hablarles en su nivel?”. En cambio, O’Connor hizo su defensa sobre el canon literario, y no sobre la ficción popular. Luego atacó en sus últimas líneas: “¿Y si el estudiante descubre que no le gusta? Bueno, eso es lamentable. Muy lamentable. Pero su gusto no debe ser consultado, pues está en formación” (“La ficción es un tema con historia, y debe enseñarse de esa manera”).

Ninguno de nosotros, jóvenes o viejos, necesita una religión terapéutica. Todos necesitamos el evangelio.

Algunos pueden descartar el argumento de O’Connor, viéndolo como una apelación elitista. Pero ella plantea un punto interesante. Hay necesidades de percepción, y hay necesidades verdaderas. A veces se necesitan bastantes décadas para ver la diferencia.

El sociólogo Christian Smith acuñó la frase deísmo terapéutico moralista para describir la manera en que la juventud ve la religión. Su descripción parece ser cierta, pero ¿cómo deberíamos responder? ¿Debemos darle el gusto a los jóvenes, así nada más? Al hacerlo, el evangelio y las demandas de la vida cristiana se perderían.

Una de esas baladas de rock a la que aludí antes hace eco una y otra vez a un pensamiento inquietante: “Dame algo en qué creer”. La canción cuenta la historia de una búsqueda en donde solo se encuentra decepción y desilusión. Sin embargo, el deseo de creer en algo persiste. Los sociólogos nos dicen que la cultura juvenil contemporánea valora la autenticidad. Impactamos la cultura juvenil de mejor manera al no complacernos y al no pretender estar a la moda, lo cual es muy difícil lograr, de todos modos. El respeto de una persona por otra crece inmensamente cuando uno simplemente habla y vive la verdad en amor.

Necesitamos una iglesia de jóvenes y mayores que en el centro proclame y viva el evangelio.

La cultura de la juventud de hoy enfrenta una gran ansiedad. En casi todos los niveles, un futuro incierto nos espera en el horizonte. Pero estas ansiedades son solo síntomas del problema real, son sombras de la ansiedad que enfrenta la humanidad debido a la alienación. Nuestro pecado nos separa de Dios. Y necesitamos a alguien en quién creer. Ninguno de nosotros, jóvenes o viejos, necesita una religión terapéutica. Todos necesitamos el evangelio. Y todos necesitamos una iglesia de jóvenes y mayores que en el centro proclame y viva el evangelio.


Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por Jorge Rivera.
Imagen: Lightstock.
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