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La mayoría de los cristianos que leen la Biblia admitirán que, como regla general, los creyentes deben estar sujetos a los gobernantes. Pablo declara el principio y lo respalda con una advertencia:

“Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan. Porque no hay autoridad sino de Dios, y las que existen, por Dios son constituidas. Por tanto, el que resiste a la autoridad, a lo ordenado por Dios se ha opuesto; y los que se han opuesto, recibirán condenación sobre sí mismos” (Romanos 13:1-2).

El apóstol Pedro dice algo similar en su epístola, probablemente escrita durante el reinado de Nerón:

“Sométanse, por causa del Señor, a toda institución humana, ya sea al rey como autoridad, o a los gobernadores como enviados por él para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen el bien” (1 Pedro 2:13-14).

Esos mismos cristianos lectores de la Biblia probablemente traerán a colación la “cláusula de excepción”:

“Cuando los trajeron, los pusieron ante el Concilio, y el sumo sacerdote los interrogó: ‘Les dimos órdenes estrictas de no continuar enseñando en este Nombre, y han llenado a Jerusalén con sus enseñanzas, y quieren traer sobre nosotros la sangre de este Hombre’. Pero Pedro y los apóstoles respondieron: ‘Debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron y colgaron en una cruz. A Él Dios lo exaltó a Su diestra como Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento a Israel, y perdón de pecados. Y nosotros somos testigos de estas cosas; y también el Espíritu Santo, el cual Dios ha dado a los que le obedecen’” (Hechos 5:27-32).

Aquí notamos que Pedro, el mismo apóstol que dijo “honren al rey” (1 P 2:17), ahora dice: “Debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres” (Hch 5:29).

Por lo tanto, tenemos la excepción reconocida a la regla general:

Si el gobierno nos prohíbe hacer lo que Dios manda, o requiere que hagamos lo que Dios prohíbe, debemos obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres.

Pocas historias ilustran el compromiso cristiano, tanto con la regla general como con la excepción, que la historia de Justino Mártir. Justino dirigió su defensa del cristianismo al emperador Antonino Pío. Su objetivo era obtener, si era posible, un permiso más amplio para la práctica y la misión cristiana. Sin embargo, como su nombre lo indica, el propio Justino fue martirizado bajo el emperador Marco Aurelio. En el año 165, él, junto con otros cristianos, fue llevado ante el prefecto de Roma y obligado a ofrecer sacrificios a los dioses romanos.

Él se negó, junto con todos sus compañeros, diciendo: “Hagan lo que quieran, porque somos cristianos y no ofrecemos sacrificios a los ídolos”. Así que fueron sentenciados a muerte.[1]

Llegará un momento en que los cristianos deben estar preparados para pagar un precio por desobedecer al estado debido a sus convicciones. Pero, ¿ha llegado ese momento a nuestros países?

Algunos evangélicos dicen que sí.

Después de todo, la Biblia nos manda a congregarnos para la adoración cristiana. La Biblia dice:

“Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca” (Hebreos 10:24-25).

Sin embargo, como señala amablemente Jonathan Leeman:

“Existe una asimetría en lo que significa obedecer mandatos negativos y mandatos positivos. Siempre es un pecado romper un mandato negativo como ‘no robarás’. Sin embargo, hay al menos cierta flexibilidad sobre cómo y cuándo cumplimos muchos de los mandatos positivos de las Escrituras”.[2]

¿Con qué frecuencia se nos ordena reunirnos? ¿Cuánto tiempo podemos aplazar las reuniones en interés de la salud pública? ¿Podemos obedecer la orden del gobierno de detener temporalmente las reuniones generales de adoración pública como parte de una estrategia comunitaria para limitar la propagación de un virus como el COVID-19?

Durante la mayor parte de la historia cristiana, la respuesta a esa última pregunta habría sido “sí”.

En su libro A Christian Directory (Un directorio cristiano), el pastor puritano Richard Baxter aborda este mismo tema:

“Pregunta 109: ¿Podemos omitir las asambleas de la iglesia en el día del Señor, si el gobierno las prohíbe?

Respuesta: 1. Una cosa es prohibirlas por un tiempo, por alguna causa especial (como infección por pestilencia, fuego, guerra, etc.) y otra cosa es prohibirlas de manera declarada o profana”.[3]

Baxter distingue entre un estado que prohíbe la adoración de manera declarada y profana, y un estado que prohíbe la adoración temporalmente por razones relacionadas al bien público. Menciona específicamente el caso de “infección por pestilencia”.

Del mismo modo, en el siglo XVI, Johannes von Ewich advirtió que los gobernadores estaban en su derecho de prohibir, durante una época de pestilencia “las asambleas públicas, los juegos, las fiestas, las bebidas, los matrimonios, los bailes, las ferias, las escuelas, las iglesias y los baños públicos; porque… no es que no exista un gran riesgo de contraer y esparcir la infección. Por lo tanto, los hombres sabios aconsejan que en tales ocasiones rara vez nos encontremos en compañía de muchas personas”.[4]

Por tanto, basados en una lectura de las Escrituras aplicables, usando nuestro sentido común e informados por la interpretación histórica y la aplicación de la iglesia, todavía no parece que hayamos alcanzado el umbral bíblico de desobediencia civil con respecto a las restricciones actuales relacionadas al COVID-19.

Entonces, ¿qué nos llevaría a ese punto?

Es bueno que estemos hablando de esto. Sería prudente que usemos la presión de esta pandemia para aclarar nuestra comprensión sobre estos principios. Con ese objetivo, como pastor en Canadá, ofrezco mi umbral personal hacia la desobediencia civil en un mundo de COVID-19.

Para ser doblemente claro: este es mi umbral personal.

No hablo por mi iglesia; no hablo en nombre de TGC Canadá y ciertamente no hablo en nombre del mundo reformado.

Considera esto como una publicación para pensar o un punto de partida para una conversación muy esperada.

Creo que estaríamos justificados en desobedecer los protocolos del gobierno con respecto al COVID-19 en las siguientes circunstancias:

1. Si las restricciones obvia y maliciosamente se dirigen a la iglesia

Si los cines de mi ciudad pudieran hacer uso del 80% de su capacidad de pre-COVID, mientras que a mi iglesia solo se le permite el 30%, lo interpretaría como una evidencia convincente de malicia particular por parte del gobierno.

Pero ese no es el caso.

De hecho, lo opuesto es cierto. En la ciudad donde está mi iglesia, los cines actualmente tienen permitido un máximo de 50 personas por sala, mientras que a nosotros se nos permite el 30% de la capacidad de nuestro salón, asumiendo un distanciamiento físico. Dados esos parámetros, podemos sentar a casi 230 personas por servicio, lo que hace que nuestras experiencias de adoración del domingo por la mañana sean las reuniones públicas más grandes de nuestra ciudad.

Por lo tanto, no hay evidencia convincente de que los protocolos actuales de COVID-19 hayan sido diseñados de manera específica o maliciosa para atacar a la iglesia.

Sin embargo, si surgiera tal evidencia, eso cambiaría la ecuación y podría justificar alguna medida de desobediencia civil.

2. Si las restricciones prohíben absoluta e indefinidamente reunirse para adorar

Como Leeman aclaró anteriormente, hay cierta flexibilidad cuando se trata de mandatos positivos. ¿Con qué frecuencia vamos a celebrar la Cena del Señor? La Biblia no dice exactamente, solo dice:

“Hagan esto cuantas veces la beban en memoria de Mí” (1 Corintios 11:25).

¿Cuántas personas deben estar presentes en nuestras reuniones de adoración? ¿O qué porcentaje de nuestra congregación total debe estar presente en una sola reunión de adoración?

Nuevamente, la Biblia no responde este tipo de preguntas. Por lo tanto, no se puede argumentar de manera convincente que una pausa temporal en las grandes reuniones de adoración justifica desobedecer a los gobernantes.

Sin embargo, si la restricción se volviera absoluta y si se extendiera por un período de tiempo indefinido, el argumento a favor de la desobediencia civil se fortalece considerablemente.

3. Si las restricciones parecieran no haberse hecho de buena fe

Si se dijera que las restricciones se hicieron en aras de contener el virus, pero de hecho se descubrió que se hicieron en pos de otros objetivos no declarados e ilegales, entonces obviamente sería apropiado participar en la desobediencia civil.

Sin embargo, no hay absolutamente ninguna evidencia creíble de que este sea el caso.

Realmente (al menos en mi país) parece que estas restricciones se están imponiendo cuidadosa y conscientemente hacia el objetivo público y declarado de proteger a los más vulnerables y administrar los recursos limitados del sistema de atención médica.

Por lo tanto, lejos de levantar un grito de protesta, los cristianos de este país deberían estar dando ejemplo de perseverancia alegre y paciente. Si eso significa que atraeremos la ira de nuestros amigos y hermanos más rigurosos, que así sea:

“Pues es mejor padecer por hacer el bien, si así es la voluntad de Dios, que por hacer el mal” (1 Pedro 3:17).

Soli deo gloria,

Pastor Paul Carter


[1] F. F. Bruce, The Spreading Flame (La llama que se esparce) (Exeter: The Paternoster Press, 1978), pág. 177.
[2] https://www.9marks.org/article/the-government-says-we-cant-sing-what-should-we-do-a-forum/
[3] Como se cita aquí (en inglés).
[4] Como lo cita Ian Clary aquí (en inglés).

Una versión de este artículo apareció primero en The Gospel Coalition: Canadá. Traducido por Equipo Coalición.
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