Todos los cristianos son santos

Una introducción a la santificación

En las Escrituras, el concepto de la santificación en el creyente forma parte de la doctrina básica del cristianismo. Es lamentable que esta doctrina ha sido mal entendida y enseñada de maneras tan diversas, habiendo confusión en la iglesia evangélica acerca de qué realmente es la santificación.

La iglesia medieval había desarrollado una doctrina de la santificación tergiversada que enseñaba que los santos eran un grupo selecto de supercristianos cuyos méritos podían ser adjudicados a una persona a través de indulgencias. Entonces, aquellas personas que vivían una vida santa de acuerdo a los lineamientos de la misma Iglesia católica romana, pasaban por un proceso de “canonización”,1  para ser declarados como santos por la Iglesia. Y ya que la vida de dichos santos había excedido en mérito, este podía ser administrado por la Iglesia a través de indulgencias. Así dice el Catecismo de la Iglesia católica: “La Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos”.2 Aunque el día de hoy en las indulgencias no se venden, se sigan otorgando.

En la providencia de Dios, la doctrina bíblica de la santificación fue recuperada en los tiempos de la Reforma protestante. Aún así, es necesario que cada generación se asegure de que su entendimiento de esta doctrina es correcto. Hay dos verdades fundamentales que nos ayudan a entender este concepto.

En Cristo, ya soy santo

Aquella persona que se arrepiente de sus pecados y deposita una fe verdadera en Cristo Jesús, es santificada, y por lo tanto es santa. Dice Pablo sobre los creyentes en la iglesia de Corinto:

“Y esto eran algunos de ustedes; pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios”, 1 Corintios 6:11 (énfasis agregado).

Cuando una persona recibe la justicia de Jesucristo en la conversión (2Co. 5:21), es santificada por Dios, y por lo tanto, es santa delante de Dios en virtud de la justicia de Jesucristo en esa persona. Es por eso que los cristianos son llamados “santos” en el Nuevo Testamento, como se ve en Efesios 1:1, “Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios: A los santos que están en Éfeso y que son fieles en Cristo Jesús” (énfasis agregado; ver también Hch. 9:32; 41; Ro. 15:25; 31; 2Co. 9:12; Ef. 4:12; Col. 1:2; He. 6:10; Jud. 3).

Cuando una persona recibe la justicia de Cristo, es santificada por Dios. Es por eso que los cristianos son llamados “santos”.

Cuando el reformador Martín Lutero encontró esta doctrina en las Escrituras, la enseñó con una frase que ahora es famosa. Dijo que el creyente es simul justus et peccator, “simultáneamente justo y pecador”. Es decir, que el cristiano es justo (y por lo tanto santo) ante los ojos de Dios, pero ya que no ha sido glorificado todavía, al mismo tiempo es también un pecador en necesidad continua de arrepentimiento y perdón.

Esta verdad es contraria a lo enseñado por la Iglesia romana. Inclusive el día de hoy, todo verdadero creyente debe entender que es santo ante Dios no por sus obras, sino por la obra y mérito de Jesucristo. Jesucristo vivió una vida perfecta y cumplió toda la ley (Mt. 5:17), y cuando deposito toda mi fe en Jesucristo, no solamente mis pecados son puestos sobre Él, sino que su justicia es puesta sobre mí. De esa manera soy declarado justo y santo ante Dios.

Pero si usted es como yo, muchos días no me siento como santo, ¡sino todo lo contrario! Esto nos lleva a una segunda verdad.

Por el Espíritu, estoy siendo santificado

El cristiano dejará de pecar por completo cuando sea glorificado. La glorificación está asegurada para el creyente (Ro. 8:30). Pero mientras estemos en este cuerpo terrenal, seguiremos batallando con el pecado (Ro. 7:24). Por tanto, todo cristiano debe esforzarse en la gracia, por el poder del Espíritu, para vivir una vida santa ante Dios. En la teología llamamos a esta doctrina la santificación progresiva.

La Biblia enseña que si bien por un lado ya somos santos ante los ojos de Dios, por el otro, estamos siendo santificados continua y progresivamente por el Espíritu Santo. Pablo habló de esta transformación gradual en 2 Corintios 3:18,

“Pero todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu”.

Dios usa de los medios ordinarios de gracia —como la meditación de la Palabra, la oración, la reunión con los santos, la participación de las ordenanzas— para transformarnos a la imagen de su Hijo. Es por esto que en la Biblia vemos constantes llamados a la santificación. A esto se refería el apóstol Pedro cuando dijo:

“Sino que así como Aquél que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir. Porque escrito está: ‘Sean santos, porque yo soy santo’”, 1 Pedro 1:15-16.

De la misma manera, Pablo dice que “ésta es la voluntad de Dios: su santificación” (1Tes. 4:3). Nuestra santificación es solamente posible a través del Espíritu: “Si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán” (Ro. 8:13).

Dios usa de los medios ordinarios de gracia para transformarnos a la imagen de su Hijo.

Sería un error, sin embargo, pensar que la santificación progresiva no requiere esfuerzo. De hecho, el cristiano coopera con el Espíritu en su santificación. Como ha dicho el pastor John Piper famosamente: “Haz guerra”.3 El teólogo reformado Wayne Grudem escribe lo siguiente al respecto:

“Algunos objetan a decir que Dios y el hombre «cooperan» en la santificación, porque ellos quieren insistir en que esa es la obra primaria de Dios y que nuestra parte en la santificación es solo secundaria. Sin embargo, si nosotros explicamos con claridad la naturaleza del papel de Dios y nuestro papel en la santificación, no es inapropiado decir que Dios y el hombre cooperan en la santificación”.4

Por esta razón encontramos un gran número de imperativos en la Biblia que nos instan a despojarnos del viejo hombre (Ef. 4:22), vestirnos y tomar la armadura del Espíritu (Ef. 6:11, 13), huir de la inmoralidad (1 Co. 6:18), no participar de las tinieblas (Ef. 5:11), y así la lista continúa. La santificación no es pasiva. No es para los flojos. Es para aquellos que, en el poder del Espíritu y confiando en la gracia, se consideran muertos al pecado y luchan contra él con todas sus fuerzas.

Así que la doctrina bíblica de la santificación enseña que el verdadero creyente en Jesucristo ya es santo, y por lo tanto tiene acceso directo al Padre y al reino celestial. Al mismo tiempo, al estar en este cuerpo terrenal, todo cristiano debe hacer guerra al pecado, esforzándose por erradicarlo de su vida, confiando en el poder del Espíritu y la gracia de Dios.


1. Catecismo de la Iglesia católica, http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p123a9p3_sp.html, artículo 828.

2. Ibíd., artículo 1471.

3. Make War: The Pastor and His People in the Battle Against Sin.

4. Grudem, Teología Sistemática (Editorial Vida), 791.


Imagen: Lightstock.
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