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La semana pasada estrenó en la pantalla grande la última entrega de Los Juegos del Hambre: Sinsajo Parte 2. Con críticas mixtas pero positivas, quizás el elemento más valioso de la película ha sido el hecho de que, a diferencia de la primera parte de Sinsajo —donde abundaba el relleno— esta segunda y última entrega está cargada de acción, drama, y hasta suspenso. Alcanza el climax rápidamente para luego descender en una montaña rusa de emociones y explosiones. Como película, la adaptación de la tercera novela de Suzanne Collins no decepciona.

El impacto de Sinsajo no pudo haber sido más relevante de lo que hubiera sido hace una semana. Mientras observaba varias de las escenas fuertes de la película, recordaba los recientes atentados en París, en Beirut, en Malí, el conflicto bélico en el Medio Oriente, el auge del grupo terrorista ISIS, y la crisis de los refugiados sirios. La ironía del concepto de las sociedades distópicas es que, en ocasiones, se asemejan más a la realidad que a la ficción. Sinsajo, nos recuerda de forma inquietante que, fuera de los elementos de ciencia ficción, las cosas que suceden en la película suceden en la vida real.

Los estados totalitarios existen hoy en día, y vidas inocentes son sacrificadas para empujar agendas político-militares. Tal vez lo que llega más a casa: el mundo no se divide pulcramente entre los buenos y los malos, como bien muestra la relación entre Alma Coin y el presidente Snow. Y en cuanto a las secuelas de la guerra, simplemente, tal y como el realismo de la película da a entender, a lo máximo muchos terminamos con finales agridulces o grisáceos. Las cicatrices no pueden ser borradas por completo.  El mundo real se asemeja a una distopía mucho más de lo que pensamos.

Si hacemos una introspección honesta de nosotros mismos, descubriríamos que nosotros también estamos rotos. Que nosotros también hemos sido los perpetradores de mal moral. Hemos roto promesas, herido corazones, mentido, robado, humillado, lujuriado, envidiado, cotilleado y odiado. Nos hemos consumido en nuestro egoísmo, hemos sido indiferentes al dolor ajeno, nos hemos rebelado contra nuestros padres, hemos pagado mal por mal, hemos sido hipócritas, nos hemos atacado los unos a los otros de forma despiadada, hemos sido condescendientes y nos hemos sumergido y embriagado en nuestra propia soberbia. Para colmo de males, hemos racionalizado muchos de nuestros pecados para calmar nuestra conciencia. En las palabras del apóstol Pablo, “No hay justo, ni aún uno” (Ro. 3:10). Si nos atrevemos a decir que no tenemos pecado, mentimos y nos engañamos a nosotros mismos (1 Jn. 1:8).

Es en este punto en que muchos aventurarían que si tuviéramos más educación, más recursos, más ayudas sociales, quizás no estaríamos en medio de una bancarrota y decadencia moral. Aunque probablemente sean observaciones con cierto valor objetivo, parte del problema es que nuestro mundo en el siglo XXI es uno altamente educado, lleno de recursos tecnológicos  y de un sinnúmero de ayudas sociales y aún así, el mundo sigue siendo una distopía. El Capitolio pareciera tener un alto nivel de educación. Sin duda no tenía dificultades económicas. No tenía dificultades con la delincuencia. Sin embargo, su mayor fuente de entretenimiento era el observar a niños matarse unos a otros. El problema está adentro nuestro.

Debido a lo profundo de nuestra condición caída, a lo corrompido de nuestra realidad, necesitamos algo más que cambios externos. En primer lugar, y de manera más importante, nosotros, tú y yo, de manera personal, necesitamos encontrarnos de frente con Cristo. Solo Cristo, a través del evangelio, puede genuinamente transformar una vida de manera radical. Dios pudo salvar y transformar al apóstol Pablo, una persona altamente involucrada en el encarcelamiento y asesinato de cristianos, quien irónicamente, por la gracia de Dios, se convirtió en el mayor autor del Nuevo Testamento. Dios transformó a un traficante de esclavos llamado John Newton, irónicamente también convirtiéndolo en un abolicionista y en el compositor de uno de los himnos más gloriosos y atesorados en la historia de la cristiandad, Sublime gracia. Un día, irónicamente, el evangelio de Cristo también transformó a un adolecente agnóstico en decadencia moral que aborrecía a Dios y nunca imaginó que escribiría esto.

Pero el evangelio no solo presenta la transformación de una vida individual. Sabemos por el evangelio que es posible ser parte de una sociedad mejor, una iglesia, compuesta por pecadores arrepentidos, que reconocen su condición y su necesidad de un Salvador. También nos presenta la realidad de que esta colectividad crea una real contracultura, permeando la sociedad en general y, persona a persona, institución a institución, va revolucionando la sociedad en general con un mensaje que da vida a los muertos. Lo que es más, el evangelio nos asegura que, al final, Dios gana, y que este mundo tan espeluznantemente similar a una distopía terminará como por fuego, y una ciudad mejor, con calles de cristal y un Cordero que irradia luz, va a descender del cielo, y ya no habrá más muerte ni dolor ni corrupción.

¿Real o no real? Real.

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