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El estado de la religión en Latinoamérica es vibrante y confuso, pero también es cierto que está cambiando rápidamente. Para aquellos que necesitan una introducción a este tema, dudo mucho que se pueda encontrar un mejor ensayo que el que Miguel Núñez escribe en el libro Gracia sobre Gracia: “La evangelización de Latinoamérica: Un problema histórico”.

Parte del problema que enfrentamos al dialogar sobre estos temas es que usamos etiquetas muy ambiguas. Por ejemplo, hablamos del catolicismo romano en Latinoamérica, pero, ¿cuál catolicismo romano? Algunos sectores reflejan un catolicismo tradicional y medieval, otros sectores reflejan los efectos residuales de la teología de la liberación y muchos otros sectores están llenos de sincretismo —teología católica mezclada con religiones folclóricas y animismo—. Por supuesto, lo mismo sucede con el término “evangélico”. Lo que se cataloga como evangelicalismo en Latinoamérica es extremadamente diverso. Una gran parte de ello no es más que el evangelio de la prosperidad y sanidad, que, teológicamente hablando, realmente no tiene nada de evangelio. Otras secciones del evangelicalismo leen partes de la Biblia totalmente fuera de contexto, esperando que el poder del Espíritu los ilumine, pero realmente no tienen una teología centrada en la cruz. En otras palabras, una proporción sustancial de lo que se conoce como evangelicalismo demuestra muy poco interés en promover el evangelio de Jesucristo. Es por eso que el evangelicalismo se convierte en una etiqueta social para referirse a los no-católicos que también creen en la Biblia, pero deja de ser una etiqueta teológica. No es de sorprenderse que este tipo de evangelicalismo carezca de un poder transformador. Cuando algunas personas aplauden el crecimiento tan rápido del evangelicalismo en Latinoamérica, realmente no se han percatado de que tiene muy poco evangelio en su raíz.

El evangelio son noticias, buenas noticias. Es por eso que debe ser anunciado; debe ser proclamado. El evangelio no debe ser confundido con el primer y segundo mandamiento —amar a Dios con todo el corazón y toda el alma y todas las fuerzas, y amar al prójimo como a nosotros mismos—. Estoy de acuerdo que esos mandamientos son importantes, pero no son noticias; son deberes. En contraste, el evangelio son noticias. Son las buenas nuevas de lo que Dios ha hecho para salvarnos de nuestros pecados. Particularmente, son las buenas nuevas acerca de lo que Dios ha hecho a través de Jesucristo para salvarnos de nuestros pecados. Más específicamente aún, son las buenas nuevas de lo que Dios ha hecho a través de Jesucristo, en su muerte y resurrección, para salvarnos de nuestros pecados. Como dijo el apóstol Pablo, esto es el corazón de las Escrituras. Cada parte de la Biblia está ligada a estas buenas noticias.

Ya que Jesús ha muerto y resucitado de entre los muertos, ahora está a la diestra del Padre como lo estuvo desde antes de la fundación del mundo, y reina con toda autoridad en el cielo y en la tierra. Él manda a toda la gente a arrepentirse, a creer y a ser bautizada. También ha derramado Su Espíritu Santo sobre nosotros como la primicia de la herencia prometida. La justa ira de Dios ya ha sido satisfecha, debido a que Cristo ha cargado con nuestros pecados, muriendo en nuestro lugar y tomando nuestro castigo. Nuestros pecados han sido cancelados, y así, Dios, sabiendo que nuestra culpa ha sido removida, nos ha declarado justos: nos ha justificado en Cristo Jesús. No solo nos ha justificado, sino que nos ha regenerado mediante su Espíritu, permitiendo que podamos confiar en Él, transformándonos para que ahora el pecado sea vergonzoso ante nuestros ojos, mientras que la santidad sea cada vez más hermosa y gloriosa. Además, Dios ha tejido a su pueblo redimido en un solo cuerpo: la iglesia. Después de todo, el apóstol Pablo nos recuerda que el evangelio es el poder de Dios para salvación —es decir, el evangelio no solo cambia nuestro estatus delante de Dios, sino que nos transforma poderosamente—. Cualquier noción de que un verdadero cristiano puede ser indistinguible del mundo en carácter y conducta es simplemente ingenua, ya que la Biblia insiste en que los frutos son la evidencia de la profesión de fe. Todo el supuesto evangelicalismo que no transforma a las personas realmente no tiene mucho evangelio en él.

Lo que necesitamos más que nada en Latinoamérica, y en todo el mundo, es un entendimiento robusto del evangelio, así como la unción de Dios para anunciarlo y explicarlo a todas las personas. La mejor forma de hacer esto es estudiando la Escritura misma. En la noche en que Cristo fue traicionado oró por sus seguidores, diciendo: “Santifícalos en Tu verdad; Tu palabra es verdad”. No hay santificación sin el poder de la Palabra de Dios y, en mi opinión, el legado cristiano que ha entendido y proclamado este evangelio con mayor consistencia, construyendo iglesias que son moldeadas por las enseñanzas de las Escrituras, es el legado reformado.

Es por esta razón que estoy entusiasmado por ver este libro de Gracias sobre gracia circular ampliamente en Latinoamérica y en todo el mundo. En este libro encontraremos testimonios de conversiones genuinas, análisis de varios sectores de la vida religiosa en Latinoamérica, consejos prácticos de cómo vivir el evangelio en la iglesia local, entre muchas otras cosas. Por encima de todo, en este libro encontraremos un llamado a regresar a las Escrituras con el fin de reformar nuestras creencias y nuestras prácticas a la luz de la santísima Palabra de Dios, recordando que Él escucha a aquellos que son humildes y contritos de espíritu, y que tiemblan ante Su palabra.

 


Nota del editor: Este artículo fue adaptado del prólogo de Gracia Sobre Gracia, un nuevo libro de Poeima Publicaciones sobre la nueva reforma y redescubrimiento de las doctrinas de la gracia en América Latina. Sus autores incluyen a Miguel Núñez, Sugel Michelén, Juan Sanchez, Carlos Contreras, Giancarlo Montemayor, y más. Este libro será lanzado en la conferencia de Coalición: Pastoreando a la Iglesia en el Siglo XXI.

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