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“Por tanto, amados, teniendo estas promesas, limpiémonos de toda inmundicia de la carne y del espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios”, ‭‭2 Corintios‬ ‭7:1‬.

Este es un versículo que nos llama a ser proactivos en nuestra lucha contra el pecado.

Pablo nos exhorta a limpiarnos, no solo de toda contaminación de la carne, sino también de toda inmundicia del espíritu, pues no solo luchamos contra el mundo y el maligno, sino con la presencia misma del pecado en nosotros, y contra los argumentos que se levantan en nuestro propio corazón contra el conocimiento de Dios, tal como lo afirma el apóstol Pablo en esta misma carta (2 Co. 10:5‬).

La inmundicia de la carne y del espíritu nos afectan funcionalmente y espiritualmente. Se trata de una lucha de valores y afectos en nuestro corazón, que enfría nuestra devoción y comunión con Dios.

En el temor de Dios cooperamos con el Espíritu –quien se encuentra siempre obrando en nosotros–, ayudándonos a practicar una auto-disciplina que Él ha prometido perfeccionará y completará Su obra en nosotros.

Yo creo que hasta allí estaremos todos de acuerdo con esto. Sin embargo, no debemos pasar por alto un elemento muy importante, y es que el apóstol nos hace este llamado en función de algo más. El versículo comienza con una expresión que nos conecta con todo lo que ha estado hablando anteriormente: “Por tanto”.

Es cierto que somos llamado a vivir misionalmente en nuestras comunidades, siendo instrumentos de reconciliación y restauración en medio del quebrantamiento, con gracia y verdad, en humildad, sirviendo a nuestro prójimo. Sin embargo el capítulo 6 nos recuerda que debemos hacerlo también conscientes de que somos templo del Dios viviente, y en la tensión de hacerlo y sin tener comunión con las tinieblas.

Pero adicionalmente, el “Por tanto” en 7:1 también nos conecta con las promesas descritas en el capítulo anterior: “Yo seré un padre para ustedes, y ustedes serán para mí hijos e hijas, –dice el Señor Todopoderoso” ‭‭(2 Co. 6:18‬).

Esta es la verdad transformadora que hace posible continuar nuestra batalla con fe y gozo, sabiendo del compromiso y agrado del Padre, independiente de nuestro desempeño. Y todo gracias al precioso intercambio de nuestra culpa por la justicia perfecta de Jesucristo, acreditada a nuestra cuenta. Esta promesa es una verdad fundamental de nuestra vida: que somos hijos amados de Dios.

¡Qué grandiosas noticias para ti y para mí! Gracias a la obra de Cristo en la cruz del calvario en nuestro lugar, podemos estar seguros de esta obra a nuestro favor. Sabemos que Jesús mismo es la promesa cumplida del Padre, tal como lo expresó el apóstol Pablo: “Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí. Por eso también por medio de Él, es nuestro Amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros.” (2 Co. 1:20‬).

Piensa en esto y encuentra tu gozo y descanso en Él.


Imagen: Lightstock.
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