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El 2022 ya está aquí. ¡Increíble! Después del año más largo de nuestras vidas, pasaron otros 12 meses en un abrir y cerrar de ojos. Es interesante ver cómo las cosas han cambiado. En enero de 2020 estábamos tan emocionados como cada año nuevo. En enero de 2021 teníamos la esperanza de que las cosas empezarían a mejorar. Para enero de 2022, pretender que tenemos incluso la más remota idea de lo que nos espera el año nuevo parece una broma pesada.

La incertidumbre —especialmente cuando viene acompañada de decepción tras decepción— podría llevarnos a cruzarnos de brazos y simplemente no hacer nada. ¿Para qué? ¿Cómo avanzo si no sé a dónde voy? ¿Cómo planeo si el camino está en tinieblas? Muchos nos hemos paralizado; esperar que todo vuelva a la normalidad (o «la nueva normalidad», sea lo que eso sea) se ha convertido en la única tarea de nuestra lista.

Ciertamente, hay ocasiones en las que Dios nos llama a abrazar temporadas de pausa y reflexión, momentos en la vida en que nuestra labor principal es aferrarnos al Señor mientras Él va aclarando el camino. Pero corremos peligro cuando este «esperar al Señor» se ve privado de un corazón «esforzado y alentado» (Sal 27:14).

La espera a la que Dios nos llama no es una espera pasiva y cínica. No es una espera que se rehúsa a obedecer hasta que tenga todas las respuestas. La espera a la que Dios nos llama es una espera que se aferra a Él y camina en obediencia, paso a paso, por pequeños que estos sean.

La misión de Dios para ti y para mí —para todo creyente en el 2022 y hasta que Cristo vuelva— es muy clara: «Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28:19).

La productividad es más que utilizar agendas y aplicaciones para registrar hábitos. La productividad que agrada a Dios es una disposición del corazón

Cada uno de nosotros podemos vivir en obediencia a esta misión en el lugar donde estamos y con los recursos que tenemos, aunque no estemos seguros de cómo lucirán los detalles de nuestras vidas en las próximas semanas, meses o incluso años. Podemos vivir en obediencia gozosa a esa misión, incluso en medio de la angustia, porque confiamos en el Dios que sostiene el universo en sus manos y que cuida de nosotros a cada instante (Mt 6:26).

Pero… ¿¡productividad!?

Puede ser que abracemos lo anterior y que aún así, por la gran incertidumbre en la que vivimos, pensar en la productividad nos parezca una absoluta ridiculez. Esto no me resulta extraño, considerando la idea de productividad que tienen la mayoría de las personas.

Cuando hablamos de productividad, la mayoría de las personas piensan en calendarios bien organizados, en planeaciones a mediano y largo plazo, y en listas de tareas completadas al final del día. Pero si revisamos este concepto —el manejo eficiente del tiempo, la energía y la atención— a la luz de la Escritura, nos daremos cuenta de que la productividad es más que utilizar agendas y aplicaciones para registrar hábitos. La productividad que agrada a Dios es una disposición del corazón.

Más que cumplir con una lista de tareas, la productividad es buscar utilizar los recursos que Dios te ha dado —en particular tu tiempo— de la mejor manera que puedes, para la gloria de Dios y el bien de los demás. A veces hacemos esto buscando sabiduría para desarrollar e implementar planes bien estructurados; a veces lo hacemos buscando sabiduría para tomar decisiones un día a la vez… un momento a la vez.

Ser verdaderamente productivo es ser fiel con los recursos que Dios te ha dado, paso a paso, independientemente de las circunstancias

Por supuesto, planear es parte importante de la productividad. La Biblia nos exhorta a planear en varias ocasiones (Pr 16:3; Lc 14:28). Con todo, el énfasis constante de la Escritura es que los planes de Dios son mucho mejores que los nuestros (Pr 16:9; 19:21; Is 55:8-9; Sal 33:11; Job 42:2). Él es el Señor soberano sobre todo. Nosotros podemos hacer nuestro mejor esfuerzo en planear y confiar en que, aunque las cosas no salgan como nosotros lo esperábamos, Dios se glorifica en los resultados de nuestro trabajo y los usa para nuestro bien (Ro 8:28).

Sé fiel

Entonces, ser verdaderamente productivo no es cumplir con tus planes al pie de la letra o tener una lista de tareas completada al final del día. Ser verdaderamente productivo es ser fiel con los recursos que Dios te ha dado, paso a paso, independientemente de las circunstancias.

¿Cómo? Aquí hay algunas ideas:

Haz de la productividad parte de tu vida devocional

Se dice que Martín Lutero afirmó una vez: «Tengo tanto que hacer hoy que pasaré tres horas en oración para poder hacerlo todo». El tiempo de buscar a Dios no es tiempo perdido, sin importar cuántas cosas haya (¡o quisieras que hubiera!) en la agenda. Nada se escapa de Dios; Él utiliza estos tiempos de gran incertidumbre para mantenernos aferrados a Él.

Identifica «lo poco» que el Señor te ha dado

Dios quiere que seamos fieles con lo que Él nos ha dado, sea mucho o poco a nuestros ojos (Mt 25: 23). Por supuesto, podemos pedir que nuestras circunstancias cambien, pero eso no significa que tenemos que esperar a que nuestras circunstancias cambien para ser fieles y obedientes al Señor. Quizá estás desempleado y pasas mucho tiempo en casa ¿Cómo puedes glorificar a Dios ahí? Tal vez tus labores diarias te resultan tediosas. ¿Las estás haciendo como para el Señor? (Col 3:23-24; 1 Co 10:31).

Deja espacios amplios para lo inesperado

Aunque parece algo extraño, la realidad es que podemos planear para la incertidumbre. Solo tenemos que dejar espacio abierto para ella. Pero muchas veces hacemos todo lo contrario: para aferrarnos al control que tanto anhelamos, tratamos de llenar cada minuto de nuestras agendas con actividades. No nos engañemos. Si estamos en una etapa de vida particularmente incierta, dejemos espacio libre para responder a lo inesperado cuando venga.

No necesitamos tener claro todo el camino para glorificar al Señor en cada paso

Evalúa el día y ajusta sobre la marcha

Aparta un momento al final del día para reflexionar en tu productividad personal: ¿Qué funcionó? ¿Qué no funcionó? ¿Cuáles pequeños cambios puedes implementar para que las cosas sean mejores mañana? El objetivo no es revolucionar tu vida de la noche a la mañana, sino caminar poco a poco en la dirección correcta.

No te canses de hacer el bien

Nuestra labor como cristianos no ha terminado. No importa quiénes seamos ni de donde vengamos, Dios nos tiene aquí con una misión: que su evangelio sea conocido y que Cristo sea exaltado. No necesitamos tener claro todo el camino para glorificar al Señor en cada paso.

Aunque todo a nuestro alrededor parezca oscuridad, no olvidemos a quién servimos: Aquel que dijo «sea la luz». Aunque no sepamos qué traerá el mañana, no olvidemos quién nos ama: Aquel que conoce el fin desde el principio (Is 46:10).

Incluso en medio de la incertidumbre, ocupémonos en lo que Dios nos ha llamado a ocuparnos: las buenas obras que Él ha preparado para nosotros (Ef 2:10). No desmayemos. ¡Dios nos sostiene a cada momento y nos llevará hasta el final!

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