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Hermanas, ordenemos nuestras prioridades en un mundo de afanes.

Hoy parece que todo exige nuestra atención. Nos sentimos abrumadas por las necesidades que debemos atender y los ataques masivos de los que debemos proteger a nuestros seres queridos, como las ideologías que tratan de confundirnos o los peligros del mal uso de la tecnología. Sentimos que debemos atender los mensajes que llegan sin parar, mantener el televisor en las noticias y procesar la información que recorre en las redes sociales. Además de este bombardeo constante, se suma la presión de alcanzar los estándares como hijas, hermanas, esposas, trabajadoras y madres.

Precisamente, he notado que el mayor peligro muchas veces no está en las distracciones de afuera, sino en permitir que ellas trastornen las prioridades de nuestro corazón. Como esposa y madre de tres niñas, muchas veces me siento invadida por compromisos, expectativas externas e incluso por oportunidades que parecen buenas pero que, si no las discierno con sabiduría, me alejan de mi enfoque con Dios y mi familia. Es una guerra constante entre lo que parece urgente y lo que realmente es de valor eterno.

Por eso nosotras, como mujeres cristianas, necesitamos identificar aquello de valor eterno, y ese reconocimiento empieza con priorizar nuestra comunión con Dios y buscar Su gloria.

Priorizando la comunión con Dios

Los distintos afanes de hoy me recuerdan la historia de Marta y María. Jesús las visitó y, mientras Marta estaba afanada con muchos quehaceres, los cuales en sí no eran malos, su hermana María simplemente se sentó a los pies de Jesús para escucharlo. El Señor Jesús no reprochó lo que Marta hacía, pero sí su distracción, falta de enfoque o prioridades desordenadas; le dijo: «Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada» (Lc 10:41-42).

El mayor peligro muchas veces no está en las distracciones de afuera, sino en permitir que ellas trastornen las prioridades de nuestro corazón

Del mismo modo que Marta, muchas veces también nosotras nos encontramos ocupadas con cosas que parecen necesarias, pero que en realidad no son lo más importante en este momento o etapa de nuestras vidas. Yo también tengo días en los que soy como Marta, cuando lo urgente me roba la atención de lo esencial, de la comunión con nuestro Dios Salvador. Sin embargo, cada día es una nueva oportunidad para ser como María, eligiendo detenerme, priorizar lo eterno y quedarme a los pies de Jesús.

Hermanas, nuestra mayor victoria como familias no está en hacer más, sino en escuchar mejor; es decir, escuchar a Dios por encima de las distracciones. Como bien dijo Charles Spurgeon: «Aprendamos a mantenernos tranquilos en medio del bullicio del mundo, pues el alma más plena no es la más ruidosa, sino la más reposada en Cristo».

En una cultura que aplaude la productividad constante, esta verdad nos recuerda que nuestra plenitud no se encuentra en cuánto hacemos, sino en cuánto descansamos en Aquel que lo llena todo.

Priorizando el reino

En medio de las presiones del día a día, muchas veces el afán se apodera de nuestro corazón. Sin embargo, la Palabra de Dios nos recuerda que no debemos vivir preocupadas, sino confiadas en que el Señor cuida de nosotras. Jesús mismo nos llama: «No se preocupen, diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿qué beberemos?” o “¿con qué nos vestiremos?”. […] Pero busquen primero Su reino y Su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas» (Mt 6:31, 33).

El Señor Jesús es nuestro ejemplo de cómo vivir con las prioridades ordenadas. No se dejó llevar por las distracciones, sino que siguió la voluntad de Su Padre

No podemos silenciar las presiones del mundo, pero sí podemos decidir escuchar la voz de Dios y buscar hacer Su voluntad por encima de todo. La mejor manera de lidiar con los distintos afanes no es escapando del mundo, sino enfocándonos verdaderamente en lo eterno. Como bien expresa Nancy Leigh DeMoss en su libro En la quietud de Su presencia: «La verdadera paz no viene de vaciar la mente, sino de llenarla con la verdad de Dios».

¿Cómo hacemos esto? Te comparto cuatro prácticas sencillas que creo que pueden ayudarte tanto como a mí, para priorizar tanto la comunión con Dios como la importancia de Su reino:

  1. Estableciendo momentos diarios de quietud. Me refiero a un tiempo en el día exclusivamente para dedicarlo a la Palabra de Dios y la oración.
  2. Evaluando nuestras actividades. Podemos hacer esto con preguntas sencillas: ¿Esto contribuye a lo eterno o solo alimenta lo urgente? ¿Mi agenda refleja que Cristo es mi prioridad? ¿Esto tendrá repercusiones en veinte años? ¿Esto tendrá peso en la eternidad?
  3. Limitando el ruido digital. He notado cuánto ayuda reducir el tiempo en las redes sociales y establecer horarios sin pantallas para pensar en el reino de Dios.
  4. Meditando en la eternidad. Recordemos constantemente la esperanza que aguardamos por el evangelio.

Priorizando la gloria de Dios

El Señor Jesús es nuestro ejemplo de cómo vivir con las prioridades ordenadas. Él no se dejó llevar por las distracciones externas, sino que siempre fue guiado por la voluntad de Su Padre celestial. Piénsalo, cada paso que daba reflejaba Su compromiso eterno, Su obediencia y Su amor hasta el final. Cada decisión que tomaba demostraba cuál era Su verdadera prioridad. Él mismo lo declaró al final de Su ministerio, en Su oración al Padre: «Yo te glorifiqué en la tierra; habiendo terminado la obra que me diste que hiciera» (Jn 17:4).

Que Dios nos ayude cada día a seguir el ejemplo de Jesús a la luz de su evangelio. No nos dejemos arrastrar por las distracciones terrenales, sino que enfoquemos nuestra mirada en lo que realmente vale la pena: El Señor, Su gloriosa voluntad y Su reino eterno.

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