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Si somos honestos, habremos de reconocer que muchos –o quizá todos– hemos luchado en algún momento con el estudio devoto y apasionado de las Escrituras. Y estoy seguro de que esta falta de amor e interés por la Palabra de Dios no se debe a que no reconozcamos su importancia y lugar como revelación divina para sus hijos. Tampoco se trata de una falta de información o la ausencia de recursos para cultivar esta disciplina espiritual.

Nuestro problema está en el corazón. ¿Recuerdas el inicio del relato del libro de los Jueces? El Señor le había dado una instrucción clara a su pueblo sobre la posesión de la tierra prometida, lo cual incluía expulsar por completo a los pueblos paganos que habitaban en aquellas tierras.

Sin embargo, el pueblo de Dios no acató su instrucción (Jue. 1:21, 27-36). Cuando Dios los confrontó, el pueblo presentó excusas que podrían parecernos muy razonables y lógicas, y que daban la idea de que ellos no habían “podido” hacerlo. Pero entonces Dios les dijo: No es que no pudieron, sino más bien, no quisieron hacerlo. El pueblo no quiso obedecer el mandato de Dios (Jue. 2:2).

El Señor no les había dado un mandato que ellos no pudieran cumplir. ¡Y lo mismo es cierto para nosotros hoy! Así como Dios nos ha mandado a atesorar y meditar en su Palabra, así también nos ha dado todo lo que necesitamos para hacerlo.

Aunque nos cueste reconocerlo, nuestra falta de amor y meditación en la Palabra de Dios muchas veces no se debe a que no podamos o no sepamos cómo hacerlo. Simplemente, no deseamos lo suficiente la Palabra de Dios o —más cierto aún— no deseamos lo suficiente al Dios que se revela en la Palabra.

Así como Dios nos ha mandado a atesorar y meditar en su Palabra, así también nos ha dado todo lo que necesitamos para hacerlo

Aquí hay tres verdades de 1 Pedro 2:1-3 que te ayudarán a entender mejor por qué no deseamos la Palabra de Dios, y tres cosas que podemos hacer al respecto.

“Por tanto, desechando toda malicia, y todo engaño, e hipocresías, y envidias y toda difamación, deseen como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación, si es que han probado la bondad del Señor”, 1 Pedro 2:1-3.

No tendremos ganas de leer la Biblia si no hemos nacido de nuevo

Piensa por un momento en tu comida favorita; aquella delicadeza culinaria que capturó tus sentidos desde el primer instante, y que añoras probar cada vez que puedes.

Ahora, con esa imagen en tu mente, quiero que leas lo que dice 1 Pedro 2:3: “si es que han probado la bondad del Señor”. Este versículo nos presenta una cláusula condicional sobre la que se plantean las demás. Es decir, si esto es cierto —que has probado la bondad del Señor—, entonces lo demás también debe ser cierto en tu vida. Y lo opuesto también es verdad: Si no has probado la bondad del Señor, entonces lo que dice este pasaje no será una realidad en tu vida.

Si tú y yo hemos probado la bondad de Dios —su salvación, su gracia, su bendición— entonces desearemos su Palabra con intensidad, porque no hay otra cosa que pueda satisfacer nuestro corazón, y no hay nada que la pueda reemplazar.

El capítulo 2 de esta epístola inicia con la expresión “Por tanto”, la cual nos conecta con el contexto anterior del pasaje. Lo que Pedro ha dicho está directamente relacionado al mandato de desear la Palabra: “Ustedes han nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece” (1:23).

En otras palabras, si hemos nacido de nuevo mediante la Palabra de Dios, entonces (o “por tanto”) debemos desear la Palabra de Dios. Si tu vida ha comenzado por la Palabra de Dios, se sostendrá por la Palabra de Dios.

¿Qué puedes hacer al respecto? Quizás tu falta de deseo por la Palabra de Dios no se debe al método que has usado para leerla o la compleja rutina de vida que tienes. Es posible que esa falta de deseo se deba a que en realidad no has probado la bondad de Dios; no has nacido de nuevo mediante la Palabra de Dios que vive y permanece. Pídele a Dios que examine tu corazón y que te muestre si en verdad has creído en Él. Si no has nacido de nuevo, arrepiéntete de tus pecados y cree en el evangelio (Mr. 1:14-15).

No tendremos ganas de leer la Biblia si aún somos esclavos del pecado

Muchos piensan que la vida cristiana es una donde mágicamente, después de una oración, todo cambiará de repente, sin hacer ningún esfuerzo. Si ponen atención, después de un tiempo descubrirán que no es así. La naturaleza pecaminosa se resiste a morir y a ser crucificada. Una cosa es creer que Jesús murió por nuestros pecados, pero otra muy distinta es unirse con Cristo en su muerte, para vivir a la luz de esta verdad.

Ser cristiano es ser transformado por la muerte y la resurrección de Jesucristo, para andar en novedad de vida (Ro. 6:4). Nuestra unión con Cristo no es simplemente recordar un acto histórico pasado –como la muerte y resurrección de Cristo–, sino más bien vivir a la luz de esa verdad en el presente (Ef. 4:22-24; Col. 3:9-10). 

Los pecados que Pedro menciona en este pasaje —engaño, e hipocresías, y envidias y toda difamación— no pretenden ser una lista exhaustiva sino representativa del pecado que obstruye nuestro crecimiento espiritual. Si la Palabra de Dios es la leche espiritual no adulterada por la cual crecemos para salvación, entonces el pecado es la comida chatarra por la cual nos dirigimos hacia la perdición.

El efecto del pecado en nuestras vidas es similar al de la comida chatarra. No le hace ningún bien a tu cuerpo, te hace alejar e incluso sentir repulsión por la buena comida, y te impide crecer de manera saludable.

Si la Palabra de Dios es la leche espiritual no adulterada por la cual crecemos para salvación, entonces el pecado es la comida chatarra por la cual nos dirigimos hacia la perdición

¿Qué puedes hacer al respecto? Como hijos de Dios, sabemos que el pecado ya no nos domina, pero sigue presente en nuestros cuerpos. Sin embargo, no se trata de una batalla perdida. Por favor, ¡no te frustres ni te desalientes en la lucha diaria contra el pecado! La presencia del pecado en nuestras vidas no quiere decir que seguimos siendo sus esclavos.

Más bien, como nos exhorta el apóstol Pablo, considerémonos muertos al pecado (Ro. 6:11). Y con esto, no me refiero a un ejercicio mental o una especie de mantra espiritual donde tratamos de convencernos de ser algo que no somos. Se trata de creer en verdad que Cristo nos ha hecho libres, y que por el poder del Espíritu Santo podemos andar en novedad de vida. Solo aquellos que andan en el Espíritu, y permiten que Él les controle, serán capaces de agradar a Dios (Ro. 8:8).

No tendremos ganas de leer la Biblia si no la consideramos nuestro alimento

Pedro describe el deseo que debemos tener por la Palabra usando la figura de un recién nacido que desea la leche materna. Esto nos da una idea bastante clara de la intensidad y urgencia que debe caracterizar nuestra búsqueda del alimento espiritual.

Un bebé depende de su madre para recibir el alimento y crecer. Nadie lo convence de esta necesidad. Él lo sabe y lo busca con insistencia. Y de la misma manera, nosotros –si hemos nacido de nuevo– buscaremos con intensidad e insistencia la leche espiritual de la Palabra de Dios, porque de ella depende nuestra existencia.

En este sentido, la Palabra de Dios no solamente es el único alimento que satisface, sino también es el alimento verdadero y puro, como lo describe Pedro. Es decir, es una leche “no adulterada”, un alimento “sin engaño”.

Deleitarnos en y desear la Palabra de Dios es deleitarnos y desear a Dios mismo

En ocasiones, nuestra falta de deseo por la Palabra y nuestro fracaso al leerla y estudiarla se debe a que la vemos como un fin en sí misma. Vamos a la Palabra porque nos sentimos obligados, por presión de otros, por completar un proceso mecánico, una tarea más, un check-list de mi agenda diaria, o como un buen libro de consejos, promesas, y palabras de aliento al cual acudo cuando estoy en problemas.

¿Qué puedes hacer al respecto? Pídele a Dios que te dé hambre por su Palabra, y que renueve la manera en que entendemos la meditación bíblica. Como dijo el reconocido teólogo J. I. Packer, la meditación bíblica es “la actividad que consiste en recordar, pensar y reflexionar sobre todo lo que uno sabe acerca de las obras, el proceder, los propósitos y las promesas de Dios. Es la actividad del pensar consagrado, que se realiza conscientemente en la presencia de Dios, a la vista de Dios, con la ayuda de Dios, y como medio de comunión con Dios… con el fin de aclarar la visión mental y espiritual que tenemos de Dios y permitir que la verdad de la misma haga un impacto pleno y apropiado sobre la mente y el corazón”.[1]

Desear la Palabra es desear a Dios

El objeto final de nuestro deleite y deseo no es la lectura bíblica en sí misma como una actividad mecánica y religiosa, sino el Dios que se ha revelado y que nos habla en las páginas de la Biblia. Cuando la leemos y meditamos en ella, estamos profundizando en el conocimiento de Dios. ¡Deleitarnos y desear la Palabra de Dios es deleitarnos y desear a Dios mismo!


[1] J.I. Packer, “Hacia el conocimiento de Dios”, p. 18.
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