No solamente leas solo

Aprendí a leer cuando tenía 25 años. Por lo menos es cuando realmente aprendí a leer en comunidad. Empecé a participar semanalmente en un grupo de lectura donde discutíamos a Agustín, Calvino, Edwards, Lewis, y otros en una discusión interactiva, en un ambiente que impulsaba el diálogo. Podría haber leído esos libros solo, pero no hubiera podido entenderlos a profundidad, ni me hubieran formado tan dramáticamente.

Escuché a los autores de manera diferente cuando nuestro grupo hablaba de ellos, cuando 20 santos traían sus perspectivas compartidas, experiencias, y estudios, producto del texto. Fue en ese momento cuando me di cuenta de cuán importante es leer en comunidad.

Fue solo después de esa experiencia que me percaté que estaba participando en una tradición en que el pueblo de Dios había estado envuelto desde el primer siglo y antes.

¿Qué es leer comunalmente?

Pablo instruyó a Timoteo: “Entretanto que llego, ocúpate en la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza” (1 Ti 4:13). Él les dijo a sus discípulos que leyeran las Escrituras en voz alta a la iglesia, de manera que el pueblo de Dios podría oír la Palabra de Dios juntos, en comunidad, en lugar de hacerlo de manera individual. Él estaba priorizando la lectura comunal versus la lectura individualista, tanto pública como privada. La lectura comunal es cuando dos o más personas se reúnen juntos a leer, escuchar, y discutir el texto escrito.

Leer con otros no era un nuevo fenómeno en el primer siglo. Es mencionado por primera vez en el Antiguo Testamento, cuando Dios le ordenó a Moisés escribir eventos recientes, y luego leérselos a, y leerlos con, Josué (Ex. 17:14). Otros ejemplos de leer en comunidad abundan y aparecen con frecuencia en momentos claves en la historia del pueblo del pacto de Dios, como en la conclusión de la Torá (Dt. 31:11–12), el reavivamiento durante el reinado de Josías (2 Cr. 34:30), y el retorno de la comunidad del exilio en Nehemías (Neh. 8:7–8). Cosas importantes pasan cuando el pueblo de Dios se junta para escuchar y responder a Su Palabra.

Durante el tiempo de Jesús, los eventos de lectura en grupo eran muy comunes en el contexto greco-romano, judío, y cristiano. En efecto, todos los libros del Nuevo Testamento se escribieron para ser leídos en comunidad, inclusive Filemón y 3 Juan. El apóstol Pablo puso a la iglesia bajo “encargo solemnemente por el Señor” para que leyeran juntos su carta (1 Ts. 5:27). Les instruyó eso, y esperaba que la comunidad cristiana circulara sus cartas y las leyeran en voz alta (Co. 4:16). Juan empieza el Apocalipsis con estas palabras: “Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de la profecía y guardan las cosas que están escritas en ella, porque el tiempo está cerca” (Ap. 1:3).

De acuerdo con el Nuevo Testamento, la lectura en comunidad envolvía una extensa variedad de puntos de encuentro, participantes, y culturas socialmente y geográficamente extensas. Estos puntos podían ser tan pequeños e inesperados como un carro (Hch. 8:26–40), o tan grandes como un servicio rutinario en la sinagoga (Lc. 4:16–30). El escenario podría ser formal, como la escuela de Tirano (Hch. 19:9), o informal, como una casa (Lc. 1:63) o un apartamento (Hch. 28:23). Las lecturas comunales tenían tanto interacción como retroalimentación (Hch. 13:15–16; 18:26). Judas y 1 Pedro igualmente parecen estar dirigiéndose a una comunidad aficionada a la lectura de libros, inclusive con literatura apócrifa judía tal como es 1 Enoc, el Testamento de Abraham, y el Testamento de Moisés.

El evangelismo, el discipulado, y el estudio profundo se centraba en leer juntos. Al leer en comunidad, los creyentes eran capaces de:

  1. Resolver debates (Hch. 15:16–30)
  2. Regocijarse juntos (Hch. 15:31)
  3. Mantener la unidad en diversidad (Hch. 14:33)
  4. Traer la luz de Cristo a un mundo de no creyentes (Hch. 17:2)
  5. Recommender personas (Ro. 16:1–2)
  6. Entender las ideas de Pablo dentro del ministerio de Cristo (Ef. 3:4)

Leer juntos era frecuentemente más fructífero que leer a solas. Esto ayudaba el entendimiento (Hch. 8:31; Lc. 24:32), fomentaba relaciones en la comunidad (Co. 4:16), y permitía que los cristianos discutieran su confesión común (He. 3:1), además de escuchar hablar al Espíritu (Ap. 2:29). En efecto, las vidas de los creyentes debían ser eventos de lectura comunitaria andantes, para que todos pudieran examinarlos y leerlos (2 Co. 3:2–3).

Un hecho importante oscurecido en las traducciones de la Biblia en inglés es que, en las epístolas, casi todos los pronombres en segunda persona y los mandatos están en plural. Pablo estaba escribiéndole a ustedes, no a usted como individuo, que es como nosotros tendemos a interpretar cuando leemos individualmente.

Las vidas de los creyentes debían ser eventos de lectura comunitaria andantes, para que todos pudieran examinarlos y leerlos

Leamos juntos

La lectura comunal tiene un prestigioso “pedigrí”, empezando desde Moisés hasta Jesús (Lc. 4), al igual que a Pablo (Hch. 17), la iglesia primitiva (Co. 4), y continúa. Muchos cristianos hoy leen poco, y raramente se juntan. ¿Cómo podemos recobrar esta gran tradición y reinstituir esta importante práctica espiritual?

Primero, en vez de desafiar al creyente a que simplemente “lea”, anímelo a que “leamos juntos”. Los pastores pueden promover esta práctica en comunidad, proveyendo listas de lectura para su congregación, escuelas dominicales, y ministerios. Algunos empezarán a leer en grupo, reuniéndose para discutir no solo las Escrituras y literatura cristiana, sino también novelas clásicas, poesía, y otros géneros. No es un pecado leer libros que no sean la Biblia, porque sola scriptura significa leer primordialmente la Escritura, no exclusivamente la Escritura.

Los padres también necesitan darse cuenta que una educación apropiada incluye, y aun más, enfatiza la lectura comunal. La escuela clásica cristiana a la que asiste mi hija cumple con esta meta de varias maneras. Separan tiempo cada semana para la lectura comunal en el salón de clases, con lectores ocasionalmente visitando. También animan a los padres a leer con sus niños por lo menos 600 minutos por mes (como 20 minutos al día), y nos dan una plantilla práctica para monitorear nuestro progreso.

Leer comunalmente debe tomar parte en iglesias, escuelas, y hogares, no solo como edificación, sino también como diversión. Para muchos judíos y cristianos del primer siglo (4 Mac. 18:10–18; 2 Ti. 3:15), leer en comunidad era una actividad recreativa, y también sagrada y erudita. Ellos leían, discutían, y recitaban las Escrituras juntos, en el hogar. Tal vez su familia podría leer (o releer) Las Crónicas de Narnia, o aprender el Catecismo de la nueva ciudad.

Como sea que lo implemente, lea con otros. Lea en voz alta. Lea en comunidad y como comunidad, para beneficio de la comunidad redimida de Dios y el bien de su comunidad como grupo.

¡Tome un libro y leamos juntos!


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Daniella M. Wright.
Imagen: Lightstock.
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