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Las personas importan más que las cosas

¿Qué es más importante para ti, las personas o las cosas?

Estoy segura de que —¡por supuesto!— tu respuesta será “las personas”. Si hiciéramos esta misma pregunta a los que nos rodean, me atrevo a decir que casi el 100% contestaría lo mismo. Pero hagamos una pausa y examinémonos. Reflexionemos en estas situaciones:

  1. Pasamos todo el día trabajando, engañándonos a nosotras mismas de que lo hacemos para que a nuestros hijos no les falte nada. Mientras tanto, a nuestros hijos les falta una madre que podría estar con ellos y no lo hace.
  2. Cuando tu hijo pequeño te pide que te sientes con él a jugar, sabiendo que tienes la cocina sin recoger y la ropa sin planchar, ¿qué haces?
  3. ¿Cómo reaccionas cuando recibes una llamada inoportuna, cuando una mujer necesita de tu ayuda y consejo? ¿Exhalas fastidiada? ¿O dejas todo lo que tienes entre manos y escuchas con agrado e interés?
  4. Estás relajada en casa o viendo tu programa favorito en la televisión, y llega una visita inesperada. ¿La recibes con alegría aunque haya perturbado tu tiempo de descanso?

Como estos hay muchos ejemplos que nos ponen a prueba en la vida diaria. No sé qué habrás contestado tú, pero te aseguro que yo tuve que aprender (y sigo aprendiendo) a no caer en estos errores. Las personas deben estar antes que cualquier cosa en nuestra vida, por buena que sea. Somos llamadas a dejar nuestra comodidad y nuestras listas de tareas a un lado para valorar y amar al prójimo.

Ama como Jesús te ha amado

Nuestro Señor Jesucristo es el mejor en enseñarnos lo que significa amar a las personas por encima de las cosas o circunstancias. En sus tres años de ministerio nunca rechazó a nadie que se acercara a Él pidiendo ayuda, o clamando por algún milagro:

  • Aun siendo de noche, la gente le seguía e importunaba, trayéndole enfermos para que los curara. Él no tenía horarios (Mr. 1:32-34). No decía: “Vengan mañana, que hoy estoy muy cansado, ya he hecho mi jornada de trabajo”. Cuando Dios pone a alguien en tu camino, ¿eres accesible?
  • Jesús no hizo acepción de personas. Él se atrevió a tocar a los que eran despreciados, como a los leprosos que iban tocando una campana, avisando de su presencia, diciendo: “Inmundo, inmundo” (Mr. 1:40-42). ¿Prefieres la compañía de ciertas personas, o tratas a todos por igual?
  • El Señor comía con publicanos y pecadores para ganarlos para el Reino de los Cielos. No le importaban las críticas o comentarios de los fariseos. ¿Y si te vieran en compañía de una prostituta o drogadicto? ¿Te importaría? ¿O temes por tu reputación?
  • Jesús permitió que sus discípulos arrancaran y comieran espigas un día de reposo porque tenían hambre. Esto era contrario a la ley de los fariseos, pero Él antepuso la necesidad de sus discípulos a las tradiciones de los hombres, enseñando que Él es Señor del día de reposo (Mr. 2:23-28).
  • Él sanó al endemoniado gadareno al que nadie se atrevía a acercarse (Mar. 5:1-20). Cuando algún mendigo mal vestido y mal oliente va a la iglesia, ¿te acercas a saludarle, le extiendes tu mano? ¿O más bien lo evitas? Quizá te excuses pensando que esa es función del pastor y los líderes de la iglesia, no la tuya.

En los Evangelios vemos una gran cantidad de ejemplos donde Jesús pone a las personas y sus necesidades, tanto físicas y sobre todo espirituales, antes que las cosas o incluso los ministerios. Si no tenemos cuidado, es fácil caer en la religiosidad de darle más importancia al ministerio como tal que al atender y valorar a las personas. ¡Oh!, que el Señor nos libre de caer en ese fariseísmo.

Y tú, ¿cómo muestras tu amor?

Si Dios pone a una persona necesitada en tu camino, deja tu comodidad y tu trabajo ministerial para atenderla. Pasa tiempo con ella, escúchala, y pon interés en sus problemas o necesidades. Haciendo así, estás poniendo en práctica uno de los mayores mandamientos que Jesús enseñó: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt. 22:36-40).

¿Cómo puedes mostrar amor a las personas? Disponiendo tiempo para ellas y valorándolas por lo que son: criaturas hechas a imagen de Dios. Qué mejor que atesorar amigos y personas que han pasado por tu vida, en lugar de atesorar cosas materiales. Las experiencias compartidas con otros, risas y llantos, son de más estima que las riquezas materiales.

Sé que todo esto requiere mucho esfuerzo. Tendrás que sacrificar parte de tu tiempo ya escaso, y sacrificar tu lista de deberes, o tu comodidad. Sin embargo, recuerda que Dios te amó tanto que dio a su Hijo para morir en la cruz por ti. Él lo dio todo, y cuando digo todo, es todo: dejó su gloria, se humilló; siendo que era el Rey de reyes, no tuvo riquezas terrenales.

Valora a las personas por encima de todas las cosas. Así vivió Cristo sobre la tierra y así nos llama a vivir.

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