La Nueva Perspectiva sobre Pablo: una evaluación evangélica

Nota del editor: 

Este es el segundo artículo (de dos) sobre la Nueva Perspectiva sobre Pablo. Puedes leer el primero aquí.

En el primer artículo acerca de la Nueva Perspectiva sobre Pablo (NPP de aquí en adelante), mencionamos que es importante conocerla puesto que nos brinda la ocasión de acercarnos de nuevo a las cartas de Pablo y reflexionar sobre nuestra interpretación de ellas. Aunque seré crítico de la NPP en este segundo artículo, quiero empezar reconociendo que sus defensores suelen plantear preguntas interesantes que considero que nos pueden ayudar a refinar nuestro entendimiento del mensaje del apóstol.

No obstante, concluiré que sus respuestas a estas preguntas son erróneas. Las cuestiones que consideraremos en este artículo son las siguientes: ¿Qué papel juegan las fuentes extra-bíblicas en nuestra interpretación? ¿Es acertada la imagen que tenemos de los judíos del primer siglo? ¿Qué dice Pablo acerca de la reconciliación racial en sus cartas? ¿En qué sentido son necesarias las obras para la justificación?

La relativa importancia de las fuentes extrabíblicas

Las fuentes extrabíblicas son aquellas evidencias que son externas a la Biblia pero que pueden ayudarnos a conocer el contexto histórico y lingüístico de ella. Ejemplos de estas fuentes incluyen hallazgos arqueológicos del oriente próximo y tierras mediterráneas, textos griegos anteriores y contemporáneos al Nuevo Testamento, y textos judíos del período del segundo templo (más o menos 200 a. C. a 200 d. C.). Estas fuentes ciertamente pueden arrojar luz sobre el texto bíblico y enriquecer nuestra interpretación de él.

No obstante, debemos andar con cuidado con el uso de tales recursos. Las fuentes extrabíblicas pueden aportar clarificación y riqueza a nuestras interpretaciones, pero nunca deben forzarlas ni ser conclusivas para ellas. Dicho de otra manera, nuestras interpretaciones del texto bíblico no deben depender de fuentes extrabíblicas al grado de llegar a ser imposible sostenerlas sin su apoyo, en parte porque las evidencias extrabíblicas son parciales y, por ende, de interpretación incierta (por ejemplo, las conclusiones arqueológicas suelen cambiar de una generación a otra debido a nuevos hallazgos). Pero sobre todo es así porque las Escrituras son suficientes en sí mismas para comunicar al pueblo de Dios su voluntad. Parte de esta suficiencia es el contexto que ellas mismas aportan.

Las fuentes extrabíblicas pueden aportar clarificación y riqueza a nuestras interpretaciones, pero nunca deben forzarlas ni ser conclusivas para ellas.

Tal vez el problema principal de la NPP es la prioridad errónea que da a las fuentes judías. ¿Será el caso que la iglesia no pudo saber lo que el apóstol Pablo verdaderamente quiso decir hasta la obra de Sanders en 1977? Sugiero que los contextos principales para la interpretación de Pablo son el Antiguo Testamento, los Evangelios, el libro de los Hechos, y las cartas mismas de Pablo. De estas fuentes podemos extraer un retrato suficientemente claro de los fariseos y su teología para entender al apóstol en su mensaje central.

La evidencia que Sanders y otros recopilan de fuentes extrabíblicas puede servir para detallar y definir con más exactitud este retrato, sin que este acabe dependiendo de esa evidencia. Es decir, no debemos razonar de la siguiente forma: “La literatura judía parece reflejar un judaísmo no legalista en el primer siglo; por lo tanto, los oponentes de Pablo no eran legalistas y de ninguna manera Pablo pudo haber polemizado contra este error”.

Lo que entendemos acerca de la polémica del apóstol tiene que basarse primeramente en el texto bíblico. Es muy probable que el estudio de fuentes extra-bíblicas nos rete a volver a evaluar el retrato que tenemos de la teología judía de la época bíblica y sus implicaciones para el Nuevo Testamento, pero no puede ser la autoridad final en nuestra interpretación.   

El legalismo del judaísmo

Hay que mencionar algo más sobre esto. Si uno de los errores comunes de los proponentes de la NPP es depender demasiado de fuentes extrabíblicas, otro es aceptar sin sentido crítico la interpretación que Sanders hace de ellas. Todos reconocen que la obra de Sanders es útil porque corrige algunas percepciones erróneas del judaísmo del día de Pablo. Sobre todo, existe en círculos evangélicos una imagen distorsionada de los fariseos como legalistas puros y duros, que creían que según sus propios recursos y por sus propios méritos serían capaces de merecerse el cielo. Esta descripción es falsa, y Sanders nos ayuda a verlo. No obstante, lo que Sanders propone en sustitución a esta percepción tampoco es del todo acertada.

¿Qué significa ser legalista? Pelagio (siglo IV) decía que la gracia de Dios no es necesaria para salvarse. Argumentaba diciendo que así como muchos siguen el mal ejemplo de Adán y se pierden, uno puede por sí solo escoger seguir el buen ejemplo de Cristo y obrar bien para ser salvo. Podemos clasificar la teoría de Pelagio como legalismo fuerte, el cual enseña que una persona puede salvarse a sí misma sin necesariamente depender de la ayuda y de la gracia de Dios. Esta clase de legalismo, no obstante, no es común. No parece haber ninguna religión de importancia en el mundo que lo sostenga, ni siquiera el judaísmo del primer siglo.

No obstante, no es necesario referirnos al pelagianismo para hablar del legalismo. En la historia de la iglesia se ha producido lo que se conoce como semipelagianismo, el cual también es legalista en el sentido de no descansar por completo en la provisión divina para la salvación. Los sistemas semipelagianos incorporan gracia y ayuda divina (incluso mucho de ella), pero en última instancia el factor determinante resulta ser la aportación del propio ser humano.

Esta mezcla de ayuda divina y esfuerzo humano es evidente en los judíos retratados en Lucas 18. Vemos en el v. 9 que Jesús se dirige a “unos que confiaban en sí mismos como justos”, y en una parábola los representa en la persona de un fariseo que, dando gracias por no ser como el publicano, reconoce que su justicia se debe en parte a Dios (vv. 11-12). De la misma manera que este fariseo, una persona legalista puede confiar en Dios, pero piensa que Dios le ayuda a llegar a ser lo suficientemente justo para ser aceptado por él. Eso lo podemos definir como legalismo débil.

Con esto dicho, podemos discrepar con Sanders cuando concluye que el judaísmo del primer siglo no era legalista. Es cierto que no era legalista en el sentido fuerte que hemos descrito anteriormente. No obstante, aun aceptando la reconstrucción del “nomismo de pacto” tal como Sanders lo propone, deberíamos concluir igualmente que los judíos eran legalistas del tipo débil. Puedes pensar que Dios te ha incluido en la comunidad del pacto por la gracia, pero sigues siendo legalista si crees que el veredicto en el último día depende en alguna medida de tus esfuerzos.

Según el nomismo de pacto de Sanders, lo que distingue entre el judío que se salva y el que no se salva no es la gracia de Dios (puesto que Dios extiende la misma gracia a todos), sino el esfuerzo humano por obedecer la ley (el cual hace posible permanecer dentro del pacto). Al final, los que se salvan son los que se destacan por su fidelidad y obediencia, aun con la ayuda de Dios. Los oponentes de Pablo parecen ser un buen reflejo de esta teología legalista (ver Gá. 3:1-5). Seguro que daban gracias a Dios, pero Pablo dice que dependían de sus obras (Gá. 3:10), y seguirles significaba caer de la gracia (Gá. 5:3-4).

La reconciliación racial y las obra de la ley

¿Cuál es el problema con las obras de la ley? Debemos concluir que Dunn y otros de la NPP se equivocan cuando dicen que Pablo criticaba a los que defendían el papel de las obras de la ley en la salvación por ser racistas. Por una parte, es cuestionable acusar a los judaizantes de racismo, porque en realidad no necesariamente trataban de excluir a los gentiles, sino de incluirlos, aunque bajo ciertas condiciones. Por otra parte, Pablo argumenta que los que son de las obras de la ley están bajo la ira de Dios no porque siguen ritos judíos de forma exclusivista, sino porque no logran la obediencia necesaria para ser salvos por ellas (Ro. 3:20; Gá. 3:10; 5:3-4).

El problema con las obras de la ley en el discurso de Pablo no es el hecho de hacerse judío culturalmente. Pablo dice que la circuncisión es indiferente (1 Co. 7:19, Gá. 6:15); él mismo puede vivir como judío cuando conviene (1 Co. 9:20). Más bien el problema con las obras de la ley es el hecho de hacerse judío teológica y soteriológicamente. Pablo enfatiza en Gálatas 3:10 que “todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición”. ¿Por qué? Porque es “maldito el que no permanece en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas”. El problema con las obras de ley es la inhabilidad del ser humano de obedecerlas. El problema es la desobediencia, no el racismo.    

¿Qué de la reconciliación racial? Sin duda este es un tema que merece más atención en las iglesias evangélicas. Las cartas de Pablo son una de las fuentes principales a trabajar en esta conexión. No obstante, no pongamos el carro delante del caballo. La reconciliación racial y, más ampliamente, la unidad en la iglesia, se basan no en una serie de normas de conducta suficientemente inclusivas, sino en una común salvación en Cristo (Gá. 3:28-29). El pueblo de Dios está formado de gente de toda tribu, lengua, y nación porque todos comparten la misma aceptación con Dios por medio de la fe. Esto nos lleva al último punto.

Las obras y la justificación

Es imprescindible que entendamos bien la enseñanza paulina sobre la justificación. En este sentido, debemos discrepar con la presentación de Wright. En ningún diccionario léxico del griego bíblico vamos a encontrar una definición para la palabra justificar como la que nos presenta Wright. La justificación simplemente no significa una declaración de la membresía en la comunidad del pacto. Es un veredicto, eso sí, pero no sobre una relación horizontal –como propone Wright–, sino una que es vertical. Es un término claramente soteriológico en Pablo. Significa ser declarado justo por Dios. Es lo opuesto a ser condenado (Ro. 8:33-34). En vez de ser castigado por Dios (Ro. 1:18-3:20), ser justificado significa ser aceptado por Él, tener paz con Él, y recibir la vida eterna (Ro. 3:21-4:8; 5:1, 21).

¿Cuál es el papel de las obras en la justificación? Los proponentes de la NPP tienen razón al insistir que debe haber transformación en la vida del creyente (Gá. 5:22-23). Hacen bien en recordarnos que habrá un juicio final en el que nuestras obras se harán evidentes (1 Co. 3:10-15). Incluso tienen razón en decir que estas obras juegan un papel necesario en nuestra salvación final. No obstante, nuestras obras no son más que la evidencia de una fe verdadera (Gá. 5:6). La base de nuestra aceptación final para con Dios, el mérito por el cual heredaremos las bendiciones celestiales, es la justicia de Cristo que nos es imputada por la fe. Pablo es claro cuando declara que la justificación es aparte de nuestras obras (Ro. 3:28; 4:6), ahora y para siempre (Ro. 8:1). En realidad, nuestra justicia proviene de Cristo (Ro. 5:12-21; 2 Co. 5:21). No podría ser de otra forma, porque incluso con la ayuda del Espíritu, nuestra propia justicia nunca será perfecta. La única justicia válida delante de Dios es la que él mismo nos concede por fe (Fil. 3:3-11).

La base de nuestra aceptación final para con Dios, el mérito por el cual heredaremos las bendiciones celestiales, es la justicia de Cristo que nos es imputada por la fe.

Conclusión

A largo plazo, parece que la NPP fracasará. No ha podido generar ningún consenso entre los estudiosos de Pablo, y lo más probable es que no lo hará. Considero que en el futuro se mirará atrás y se dirá que esto fue así por dos motivos:

  1. La NPP falla justo al comenzar cuando da una importancia desmesurada a una cierta lectura (errónea) de fuentes extrabíblicas
  2. Hay demasiados datos en el texto de Pablo que resisten las definiciones de la NPP.

No obstante, podemos apreciar las preguntas que la NPP nos obliga a plantear acerca de carácter verdadero del judaísmo del primer siglo, de la cuestión de la reconciliación racial en los escritos de Pablo, de la verdadera naturaleza de la justificación por la fe, y el rol que las obras juegan en ella. Espero que estas preguntas nos ayuden a entender mejor la antigua perspectiva sobre Pablo, que la justificación es por la fe sola, y que de la predicación de esta doctrina brotan iglesias sanas y unidas.


Imagen: Lightstock
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